Lectura

Asradi

Por Elder J. Ríos · Venezuela · Fantasía

Asradi
ASRADI: LA CANCIÓN DE CRISTAL EN EL MAR DEL NORTE


Bajo la masa monolítica y oscura del Mar del Norte,
donde las aguas tienen la densidad y el frío de la
muerte, habita una estirpe de deidades olvidadas.
Ellas son las Asradi, las antiguas Vanes cuyas escamas, cristalinas y diminutas, titilan como un millón de soles moribundos en las gélidas profundidades. No parecen nadar, más bien pareciera que ejecutan una danza en una bella y lenta espiral serpentina, envueltas en la penumbra perpetua del abismo.

Estas eran criaturas de una belleza inusual y estreme-cedora, sus pieles eran de una blancura nívea que parecía robar la luz y multiplicarla. Sus cabellos, rígidos y delgados como hebras de hielo pulido, repetían el azul intenso que solo se encuentra en el corazón de un iceberg milenario. Eran las sirenas del hielo, parientes lejanas de la tenebrosa Hel, condenadas a una vida solitaria y legendaria.
Pero su naturaleza taciturna tenía una excepción: la vanidad.

Solo durante las noches de cielo abierto y cristalino,
cuando la luna proyectaba su disco plateado sobre la superficie, las Asradi ascendían. Se movían entre los islotes de hielo, rompiendo la calma con una iridiscencia ondulante que dispersaba gotas de cristal en el aire nocturno.
El propósito de este ascenso era ritual: bañar su azulada
cabellera con la luz de la luna, plateándola para los siglos
venideros. Mientras se contorneaban, el eco de su presencia era una música ligera, un rocío sónico, un murmullo misterioso que, aunque casi inaudible, tenía el poder de atravesar la gruesa niebla y la distancia.

A muchas millas de la costa, a bordo de un viejo y recio
bergantín, el Capitán Sørli oteaba el horizonte. La noche
había comenzado a teñir el cielo de un gris profundo,
pero no era la oscuridad lo que lo inquietaba, pues, en su corazón latía un misterio aún más oscuro.

-Decidme, marinero -preguntó el Capitán Sørli, su
voz tensa por el frío y una curiosa impaciencia-, ¿qué
es esa música celestial que enerva los sentidos? ¿La oís?
Allá a lo lejos, en la estepa invernal.

El viejo marinero de guardia se encogió en su abrigo de
lana. Había navegado aquellas aguas durante toda su vida y conocía los gemidos del viento y los cantos de las
focas, pero esto era diferente.

-No lo sé, Capitán -murmuró, bajando el catalejo-.
He oteado el horizonte completo. Nada he visto, solo
bloques de hielo, focas, morsas... Es solo el viento, ¿no?

-No ha de ser solo el viento -replicó Sørli con firmeza.

La melodía, tenue pero penetrante, parecía agrisar el
cielo y meter en el ánimo un curioso hechizo, un extraño
encanto. Era una canción de una melancolía infinita, como un lamento que viniera de un mundo condenado.

-¡Por mil demonios! ¿Qué será ese canto? -gritaba el
pobre capitán, ahora completamente aturdido, su mente luchando contra un anhelo inexplicable.

Obsesionado, mandó levar anclas. Su alma, impulsada
por aquel sonido embriagador, navegó sin descanso durante todo el día, buscando el origen de la melodía. El canto se oía ahora con una claridad casi dolorosa. Sin embargo, al acercarse, no encontraba más que un profuso eco del abismo. Los riscos congelados estaban vacíos, envueltos en una densa niebla bajo un pálido sol agonizante, cuya luz ya declinaba sin piedad.

Al caer la noche, Sørli ordenó anclar el barco, consciente
de haberlo acercado demasiado a un iceberg gigante. El manto de la noche se extendió, y con él vino la luz de la luna brillante, junto a las estrellas de un firmamento despejado, revelando la severa belleza del paisaje marino.

Fue bajo el gran resplandor lunar cuando la vio. Una silueta, una extraña figura, un ente femenino flotando a la
sombra del témpano de hielo.

-¡Oh, escuchad, escuchad! -dijo el capitán, conteniendo el aliento. -¡Es aquel bello canto misterioso que me ha aturdido todo el santo día!
Se acercó cauteloso, impulsado por una imprudencia que solo el hechizo podía justificar. Con el sutil resplandor de la luna, pudo distinguir a la Sirena Albina. Con su piel nacarada, casi invisible sobre la superficie helada, la Asradi se bañaba bajo la luz lunar, plateaba su hermosa y cristalina cabellera mientras entonaba sus más hermosos cantos: un réquiem a Hel y a todos los dioses del inframundo que moran en el abismo de hielo.

El capitán Sørli, enajenado, bebía aquella voz de miel.
Sus ojos errantes buscaban fijamente a la doncella camuflada en el frío iceberg.

Finalmente, ofuscado por el
deseo y la cercanía, sus ojos humanos se posaron directamente sobre ella.
La Asradi, cuya estirpe temía a los hombres más que a
ninguna otra criatura, cruzó su azul mirada cristalina con la del obstinado capitán. Al instante, lanzó un terrible grito que heló el corazón de Sørli, invadiéndolo de terror puro.

El cuerpo de la sirena, incapaz de soportar la mirada indiscreta, comenzó a disolverse en su materia esencial. En un suspiro de miedo y magia, se convirtió en fino rocío y desapareció, desvanecida en aquel frío aire.

El capitán, atónito y con el corazón destrozado, despertó
de su encanto. Había visto el fulgor de la antigüedad. Sin
embargo, esta aparición no había sido solo un encuentro mágico; fue un presagio. El témpano de hielo, al que Sørli
se había acercado peligrosamente en su búsqueda obsesiva, se desplazó con el cambio de marea. Horas antes
del amanecer, la masa helada chocó contra el bergantín,
provocando el final del capitán y su tripulación: fue el ensueño de un naufragio.


Elder J. Ríos
Relato extraído del libro:
"El Cantar de las Sirenas"
(Inédito)

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