hombre de fe inflexible. Para él, la línea de sangre
del heredero debía ser tan pura como el oro de la
Iglesia. Por ello, la corte tembló con la ira real cuando se descubrió que su hijo, el Príncipe Don Amadís, había incurrido en el "error" de amar.
El objeto de su pasión era Amira, una hermosa morisca
de linaje noble, pero de fe prohibida. El amor, sin embargo, ya había desafiado las leyes del reino, pues de esta unión secreta había nacido un hijo.
El Rey actuó con la crueldad propia de su poder. Primero, se deshizo de su hijo: envió a Don Amadís a una cruzada peligrosa en tierras lejanas, un exilio en la guerra que debía purgar su pecado y separarlo de la morisca para siempre.
Luego, se ocupó de la madre. Amira fue arrancada de sus
aposentos y arrojada a las mazmorras subterráneas del
castillo. El horror de su encierro hizo que su cuerpo rehusara el alimento. Antes de que el Rey pudiera prohibir
cualquier contacto, ella confió al recién nacido a Salwa,
una leal aya de la servidumbre, para que lo amamantara y lo mantuviera con vida.
Pero la crueldad del monarca no conocía límites. Al enterarse de que el linaje prohibido seguía alimentándose, convocó a una vieja hechicera de aspecto siniestro. La orden fue simple y despiadada: envenenar a las dos mujeres. La hechicera, experta en artes oscuras, actuó con sigilo, suministrando un veneno de acción lenta en las magras raciones de Amira.
Salwa, el aya, pronto notó el efecto corrosivo y la palidez
mortal en la morisca. Sus sospechas la guiaron hasta la
hechicera. En un acto de coraje dictado por el amor a la
vida inocente, Salwa arrastró a la mujer al corazón de los
muros subterráneos y la emparedó viva, silenciando
para siempre la fuente del veneno.
Logró comunicarse con Amira, susurrándole la verdad a través de las rejas: que no probara más la comida que le
suministraban. La princesa morisca dejó de comer, pero
su frágil paz no duró.
El Rey, que no toleraba la insubordinación, pronto descubrió el destino de su hechicera. Furioso ante la audacia de la nodriza, descendió él mismo a las profundidades. Encontró a Salwa y, sin mediar juicio, le dio muerte con un puñal, asegurándose de que nadie más desafiara su voluntad.
Amira continuó su calvario, consumiéndose lentamente
en la oscuridad. En la mazmorra, la desesperación le hizo compañía, y con ella, dos objetos que encontró: un espejo de mano y una daga corta. Sus días se convirtieron en un ciclo de penuria, mirando su rostro reflejado, lamentando la pérdida de su lozanía, y a veces, tomando la
daga con mano trémula, dispuesta a darse fin.
Mientras Amira se marchitaba, el Rey envió una orden final: el bebé debía ser ahogado. Sin embargo, la servidumbre, conmovida, confió el niño a una mujer que,
incapaz de cometer el crimen, lo depositó en una cesta
de mimbre y lo soltó en un arroyuelo rápido. La corriente
lo arrastró hasta una aldea cercana, donde los aldeanos
lo recogieron y criaron. El linaje de Don Amadís y Amira
sobrevivió.
En la oscuridad de la mazmorra, la debilidad extrema y los efectos parciales del filtro de la hechicera terminaron
su obra. Amira cayó en un prolongado letargo, un sueño
parecido a la muerte que la liberó de la hambruna y de
su pena.
Pasaron varios siglos. Las glorias y crueldades del Rey se desvanecieron hasta que el castillo de Castilla no fue más
que un montón de ruinas olvidadas.
Las mazmorras se
transformaron en una cueva húmeda llena de vegetación, sobre la cual caía un chorro de agua a modo de cascada.
Pero la tragedia se negaba a ser olvidada. Dentro de la
cueva, se escuchaban los lamentos de la morisca. Los pobladores la llamaban Xana o, simplemente, "La Dama
Encantada".
La leyenda creció: cada Día de San Juan, la Dama Encantada podía verse fuera de su cueva, bella como el día, peinando su larga cabellera con un peine de oro o contemplándose en su espejo de plata. Ella se aparecía para ofrecer a los mortales una oportunidad de romper su condena a cambio de un favor.
Un Día de San Juan, un joven conocido por su malicia y
traición pasó cerca de la cueva. Escuchó el triste canto y vio a Xana en la cascada, contemplándose en el espejo.
-¿Qué deseas de mí, buen joven? ¿Te llevarás mi daga
o mi espejo? -preguntó Xana.
El joven, siempre listo para el conflicto, le dijo: -La
Daga. El espejo que se quede con tu vanidad.
Xana, atribulada, respondió con un lamento: -¡Pues, tómala y que con ella apuñalen tu alma! ¡Me has condenado a seguir con mi pena!
El joven tomó la daga, pero su destino fue sellado: murió
apuñalado por la daga de "la encantada" en una trifulca
callejera días después.
Otro Día de San Juan, una mujer caprichosa y pretenciosa se acercó a la cascada. Llevaba a su hija en brazos, quien sostenía una muñequita de trapo. Vio a Xana peinándose y observándose en el espejo.
-¿Qué quieres de mí? ¿Quieres te obsequie mi espejo de plata o mi peine de oro?
La mujer, dominada por su vanidad, respondió: -¡Me
encanta tu espejo de plata! El oro déjaselo a los avaros.
Xana replicó con dolor: -¡Es tuyo! ¡Yo seguiré soportando mi condena!
Tras un alarido horrendo, la mujer tomó el espejo y
huyó. En su huida, la niña dejó caer su muñeca de trapo
cerca de la cueva de Xana. Desde entonces, se cuenta que "la Encantada", recordando a su hijo, lanza desconsolados quejidos que retumban en las ruinas del castillo y eriza la piel a todo aquel que le escucha.
Finalmente, otro Día de San Juan, un joven avaro se encontró con Xana, que peinaba su cabellera con el brillante peine de oro.
-¿Qué deseas? ¿Mi peine de oro o a mí? -preguntó la
doncella.
El avaro contestó: -Eres muy hermosa, pero tu belleza
es efímera. En cambio, tu peine de oro es un valioso recuerdo.
La Encantada replicó con un amargo llanto: -¡Siempre
serás desgraciado! Si me hubieras elegido a mí, no solo
el peine de oro sería tuyo, sino también un inmenso tesoro que guardan las ruinas del vetusto castillo. ¡Toma el
peine! ¡Y ahora déjame sola con mi pena y mi condena!
El avaro se llevó el peine de oro, pero al amanecer, el objeto de su avaricia solo era ceniza y carbón.
La Xana, habiendo castigado la malicia, la vanidad y la
avaricia, no encontró paz en el quebranto ajeno. Se dio
cuenta de que todo mortal solo veía el signo -la joya, la
belleza o el arma-, pero nunca el alma y el dolor que la
condenaba.
Desde aquel día, su lamento se extendió. Se escucha decir que la Dama Encantada, recordando a su hijo perdido
en la fatal cesta de mimbre, regresa con su duelo. A veces, roba recién nacidos de las aldeas cercanas y, en su
lugar, deja un monigote tosco que toma la apariencia del
niño. Es un xanín maldito que ella crea, vengando en
otros la pérdida atroz.
Y así perdura en las ruinas del castillo la pena épica y el
canto de la morisca. Un espejo roto se refleja en el agua de la cascada, donde el tiempo mantiene viva su leyenda, que murmura en los vientos los quejumbrosos llantos de "La Dama Encantada," por los siglos de los siglos en la fuente sin sol.
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