Desde la ventana de su sala, en el piso 13 del departamento de mi amigo Pablo, hay una vista privilegiada. Desde ahí se puede ver la plaza de la esquina y el almacén de don Carlos, donde paso en las mañanas por un sánguche y un café. Con él he creado una cierta amistad; siempre terminamos hablando de lo mismo: de lo malos que están los negocios y de cómo la delincuencia y las drogas están matando a todos los barrios. De hecho, desde esa misma ventana, a lo lejos y en dirección noroeste -a más o menos diez cuadras de Gran Avenida-, se pueden ver los fuegos artificiales que lanzan casi a diario. Son hermosos; me imagino Viña del Mar en Año Nuevo, es como vivir un carnaval todos los días, solo faltan las passistas o las diabladas del norte de Chile.
Siempre los lanzan de noche, por lo que se aprecian desde todos los puntos cardinales. Parece felicidad, fiesta, jolgorio, pero no es así. Si puedes achicar los ojos, afinar la vista o simplemente usar unos prismáticos, verás cómo una horda de zombis se acerca rápidamente desde todas las direcciones. Son como un aro humano o un hongo que rodea los fuegos; llegan con rapidez, como atraídos por el olor a carne.
Por mucho rato se ve cómo llegan; después los puedes ver alejarse, pero muy lentamente. Algunos caen a mitad de camino, otros ni siquiera logran salir de la zona iluminada. Ahí se quedan, con la mirada perdida en el firmamento. Y así, todos los días, sin variación alguna, a veces a los que lanzan los fuegos se les termina la pólvora, y se puede ver a los zombis mirando al cielo, desesperados por la luz, la única luz que ilumina sus vidas...
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