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TELEGONÍA

Por Elder J. Ríos · Venezuela · Drama

TELEGONÍA
TELEGONÍA: LA ESTIRPE DEL MAR


Prólogo
(Ulises, envuelto en una clámide oscura, camina inquieto por el palacio. Penélope teje en un telar, pero sus manos tiemblan. La noche es cerrada.)

El viento del Egeo no trae descanso a Ítaca; roza los muros de la estancia real cargado del acre olor de la salmuera y el sedimento de los bajíos. La noche ha caído densa, azulada y opresiva, sobre los techos del palacio. Dentro, la penumbra apenas es rasgada por el titileo tenue de un candil de aceite, cuya llama vacila ante los embates de la brisa costeña. En el centro de la habitación, el choque rítmico y seco del bastón de olivo contra las losas pulidas rompe el murmullo continuo del oleaje exterior. Ulises, con la clámide oscura ceñida al pecho y los ojos hundidos en surcos de insomnio y vigilia vieja, camina sin rumbo fijo, midiendo los límites de sus aposentos como una fiera atrapada. A pocos pasos, Penélope mantiene la vista fija en las lanzaderas del telar; sus dedos, curtidos por décadas de espera y artificio, ejecutan el movimiento de la trama con una rigidez casi natural. No hay paz en el hilado: el hilo cruje bajo la tensión desmedida de sus manos.

ULISES (Golpea el suelo con su bastón) ¡Otra vez! ¡El mismo sueño, Penélope! El oráculo de Tiresias, como un cuervo sobre mi pecho: "La muerte te llegará del mar". He movido mi lecho a las colinas, lejos de la espuma traidora, ¿acaso el destino es tan burdo que no ve mi astucia? ¿O será que, como un niño, juego a esconderme de los dioses?

PENÉLOPE (Deja el telar, se acerca con cautela) Ulises, rey de los mil nombres, ¿no bastó Troya? ¿No bastó el cíclope, ni las sirenas, ni el canto de las Moiras para saciar tu sed de desafíos? El mar ya te escupió una vez. ¿Por qué provocarlo de nuevo?

ULISES (Con amargura) Porque un hombre no es más que el eco de sus victorias. Si me rindo ahora, ¿qué seré? ¿Un viejo que teme a las olas? ¡No! Prefiero caer con la espada en la mano que vivir como un mendigo de mi propia leyenda.

(Un trueno retumba en la distancia. El mar rugiente responde.)

Tras el retumbo distante del trueno, el silencio que sucede a las palabras del rey resulta aún más pesado. Ulises permanece inmóvil cerca de la columnata, mirando hacia la negra cresta del mar con la mano apoyada sobre la empuñadura mellada de su daga. Penélope no retorna a su trabajo; sus manos caen pesadas sobre el marco de madera, rindiéndose a la evidencia de un presagio que ninguna astucia humana podrá deshacer. Fuera, descendiendo por los senderos rocosos que serpentean desde los altiplanos de la isla hacia la explanada del palacio, se percibe el arrastre de sandalias gastadas y el golpe cadencioso de varios bastones contra la piedra. Son los ancianos del concejo, la memoria viva de Ítaca, marchando en hilera lenta bajo la bóveda plomiza del cielo nocturno.

[PÁRODO]

El coro avanza agrupándose frente al altar erosivo de Poseidón. Sus figuras, envueltas en mantos de lana gruesa desgastados por los inviernos, proyectan sombras alargadas contra la fachada del palacio. No hay juventud en sus rostros, solo los trazos profundos de quienes vieron desde las naves hacia Ilión y contaron, año tras año, los retornos fallidos y las pérdidas sin sepultura. Al detenerse frente a las gradas, alzan sus bastones en dirección a las olas rugientes, uniendo sus voces quebradas en un canto solemne que busca apaciguar tanto el mar visible como la fatalidad que se incuba en el interior del palacio.

(Entrada del Coro)

(Los ancianos entran en procesión, cantando. Sus voces son un lamento rítmico, acompañado por el sonido de las olas.)

CORO (Estrofa)
¡Oh Ítaca, isla de sueños rotos,
donde la paz es un velo sobre el luto!
Veinte inviernos han pasado
desde que la sangre de los pretendientes
tiñó tus salones de púrpura.
¿Acaso no es suficiente?

(Antístrofa)
El rey, el astuto, el de los mil engaños,
ahora huye de las sombras que él mismo invocó.
¿No oye el susurro de las Nereidas?
¿No ve el destello de la lanza que el mar esconde?

(Epodo)
¡Ay de quien desafía a los dioses!
Pues su red es ancha, y no hay hombre,
ni el más sabio, ni el más fuerte,
que escape a sus mallas de plata y sal.

El último acorde de las voces corales se disuelve entre el chocar rasposo de los cantos monótonos arrastrados por la marea. Los ancianos permanecen inmóviles al pie del altar, con la mirada clavada en el horizonte donde el cielo oscurecido se funde con la línea de la costa, guardando con resignada certidumbre la respuesta que las aguas habrán de enviar.

I.

El sol despunta con una luz cenicienta que no logra calentar el granito de la terraza. La brisa marina, ahora más violenta, trae consigo el bufido lejano de los rebaños dispersos y el bramido del mar abierto. De entre los matorrales de lentisco que lindan con los senderos bajos, irrumpen dos figuras a paso apresurado. Telémaco avanza a la cabeza, ajustándose las correas de la coraza sobre la túnica de lino, con el rostro endurecido por la sospecha.
A su lado, trastabillando por la fatiga y con la túnica desgarrada por los cardos de la ladera, corre el boyero real. Sus manos, curtidas por el trabajo del campo, tiemblan al señalar hacia las calas meridionales, mientras su pecho se hunde violentamente buscando el aire que la carrera le ha arrebatado.

(Telémaco y un Boyero entran corriendo. El Boyero jadea, con el rostro demacrado.)

BOYERO ¡Señor! ¡Una nave extranjera ha anclado en la cala! Un joven guerrero, de mirada fiera como un halcón, saquea tus rebaños. Sus hombres cargan las reses como si esta fuera tierra de nadie.

TELÉMACO (Desenvainando su espada) ¿Y no has intentado detenerlos? ¿Dónde está el honor de Ítaca?

ULISES (Con voz cortante, interrumpiendo) No, Telémaco. No enviaré emisarios. ¿Acaso debo suplicar al ladrón que devuelva lo que es mío? (Con arrogancia) ¡Yo, Ulises, el saqueador de Troya, el que cegó al cíclope y burló a Poseidón, iré a la playa y le mostraré el filón de mi ira!

TELÉMACO (Preocupado) Padre, el mar está bravo. Los dioses...

ULISES (Cortante) ¡Los dioses no gobiernan mi espada!
(Sale furioso hacia la costa. Telémaco lo sigue, resignado. El Coro observa en silencio.)

El dictamen de Ulises cae sobre la escena como una hoja de bronce. Telémaco ahoga cualquier réplica en la garganta; conoce esa mirada ciega en los ojos de su padre, la misma fiera determinación que antaño arrasó ciudades y rechazó la voz de los adivinos.
Sin esperar acuerdo ni comitiva, el anciano rey cruza el umbral del patio, arrastrando tras de sí una sombra larga sobre el polvo de la explanada.
Telémaco aprieta los dientes y ajusta el embozo de su manto antes de marchar tras sus pasos, resignado a ser testigo de lo inevitable. El boyero queda atrás, hincado en la grava, incapaz de erguirse. En el centro del patio, la presencia del coro se alza compacta; los ancianos se abren en abanico para tapar el paso hacia el mar con sus cuerpos encorvados, fijando sus ojos cansados en la figura del rey que se aleja hacia los acantilados.

A medida que la figura de Ulises se empequeñece en el sendero de la costa, el viento aúlla con mayor fuerza entre los fustes de las columnas, levantando remolinos de ceniza fría desde el altar de Poseidón. Los doce ancianos no se mueven. Golpean el suelo rítmicamente con el regatón de sus bastones, trazando círculos invisibles sobre la tierra seca por la sal. Sus voces ya no emergen con la fuerza de la juventud, pero resuenan con la resonancia áspera y profunda del madero seco que cruje antes de quebrarse. En su canto ya no evocan el pasado glorioso, sus voces son como una carga de deudas impagadas cuyo peso ha ido aumentando en la sombra durante cada año de olvido.

(El Coro entra en escena, cantando con voz funeraria.)

CORO (Estrofa)
¡Oh destino, tejedor de ironías!
El rey que burló a Polifemo,
el que engañó a la Muerte en el Hades,
ahora yace abatido por la mano
de quien llevó su sangre en las venas.
(Antístrofa)
¿Qué diosa rio al urdir este plan?
¿Fue Atenea, cansada de sus juegos?
¿O acaso el mismo Poseidón,
cuya ira nunca se apacigua,
sopló este viento de tragedia?

(Epodo)
Nadie escapa a la red de los dioses.
Ni el más astuto, ni el más fuerte.
El mar lo sabe. Las olas lo cantan.
Y hoy, Ítaca llora a su rey.

El coro enmudece de golpe cuando una ráfaga de viento helado cruza la explanada, apagando las últimas ascuas del altar. Los ancianos vuelven la vista hacia el sendero que desciende al puerto natural. La silueta del rey ha desaparecido ya tras las rocas del promontorio, dejando solo el rumor del oleaje deshecho contra las piedras y el presagio inminente del choque.

II.

La escena se desplaza a la franja de arena grisácea donde las olas rompen en espuma violenta y salada. El aire huele a algas descompuestas, hierro y salmuera. Entre las redes de pescar abandonadas y las reses degolladas que yacen en la orilla, dos sombras se cruzan en un combate fiero y desigual. Ulises avanza con la destreza del guerrero veterano, pero sus movimientos carecen de la elasticidad de antaño; sus rodillas tiemblan bajo el peso de la armadura ligera y el resoplido de sus pulmones se mezcla con el estruendo de la marea. Frente a él, Telégono se mueve con la fluidez y ligereza de las criaturas criadas junto a los arrecifes. En su mano diestra brilla una lanza de factura extraña: el astil de madera oscura está rematado por el agudo y venenoso aguijón de una manta raya, bruñido y translúcido bajo la luz plomiza. Tras un intercambio desesperado de estocadas, el cuerpo cansado de Ulises cede; un traspié en la grava suelta lo expone, y el joven asesta un golpe certero que penetra la coraza del rey a la altura del costado.

(La escena cambia a la playa. Ulises, con armadura ligera, enfrenta a Telégono, que lleva una lanza con punta de espina de raya. Luchan. Ulises, aunque diestro, es lento. Telégono lo hiere de muerte.)

TELÉGONO (Jadeando, con la lanza en alto)
¡Ríndete, viejo! No quiero tu vida, solo lo que es mío por derecho.

ULISES (Cayendo de rodillas, con sangre en los labios)
Dime... tu nombre, muchacho. Que no muera sin saber a quién... a quién debo maldecir...
TELÉGONO (Bajando la lanza, confundido)
Soy Telégono, hijo de Circe de Eea. Y busco a Ulises, el padre que nunca conocí.
(Silencio. Ulises palidece. La ironía trágica lo golpea.)

ULISES (Con voz quebrada)
¡Oh...! ¡Oh, Moiras crueles! La muerte no vino del mar... sino de las manos de mi propia sangre. (Tose, sangre en la boca) El oráculo... no mentía.
"La muerte te llegará del mar"... y tú, hijo mío, naciste en el mar.
(Cae sin vida. Telégono, horrorizado, se arrodilla junto al cuerpo.)

El peso del cuerpo de Ulises quebranta la firmeza de la orilla al desplomarse sobre la arena húmeda. La lanza de punzón marino resbala de los dedos de Telégono, cayendo con un sonido sordo junto al cuerpo agonizante. El joven se petrifica; sus ojos, abiertos de par en par por el espanto, contemplan el rostro arrugado del anciano, donde la altivez de la soberbia se extingue para dar paso a la sobrecogedora certeza del oráculo cumplido. La sangre del rey se diluye en el agua de las olas que besan la arena, tiñendo de un rojo pálido la espuma de Ítaca. Telégono cae de rodillas, temblando, tocando con torpeza el pecho de un padre al que apenas ha tenido tiempo de conocer antes de arrebatarle el aliento. En el límite de la playa, la figura del coro emerge entre las brumas de la costa, rodeando lentamente el escenario de la tragedia.
Los doce ancianos avanzan a pasos lentos por la arena humedecida, formando un semicírculo luctuoso alrededor del rey muerto y del hijo parricida. Sus túnicas absorben la humedad del ambiente y la sal del aire. Levantando sus bastones hacia el cielo plomizo y luego inclinándolos hacia la inmensidad del mar, rompen el silencio con una lamentación lenta y cadenciosa. Su canto no juzga la mano que ha golpeado, sino la trampa perfecta de los dioses, donde los hilos del destino han quedado finalmente anudados sin remedio.

(El Coro entra en escena, cantando con voz funeraria.)

CORO
(Estrofa)
¡Oh destino, tejedor de ironías!
El rey que burló a Polifemo,
el que engañó a la Muerte en el Hades,
ahora yace abatido por la mano
de quien llevó su sangre en las venas.

(Antístrofa)
¿Qué diosa rio al urdir este plan?
¿Fue Atenea, cansada de sus juegos?
¿O acaso el mismo Poseidón,
cuya ira nunca se apacigua,
sopló este viento de tragedia?

(Epodo)
Nadie escapa a la red de los dioses.
Ni el más astuto, ni el más fuerte.
El mar lo sabe. Las olas lo cantan.
Y hoy, Ítaca llora a su rey.

La voz del coro decrece hasta convertirse en un murmullo sordo que se confunde con el vaivén del agua sobre los guijarros. Telégono, con las manos manchadas por la sangre real, se yergue lentamente y toma en brazos el cuerpo inerte de Ulises para emprender el duro camino de regreso hacia el palacio. Los ancianos cierran filas tras él, marchando como una comitiva fúnebre a través de los senderos rocosos de la isla.


III

Las puertas del palacio se abren de par en par con un gemido de madera vieja. Por el umbral avanza Telégono, con la túnica rasgada y los brazos temblorosos bajo el peso inerte de Ulises. El cuerpo del rey, con la cabeza reclinada hacia atrás y la barba manchada de salmuera y sangre coagulada, rompe la sacralidad del hogar. Telégono deposita al héroe sobre las frías baldosas del patio interior, cerca de la pira extinta. El silencio que sigue es sepulcral. Telémaco, helado por la visión del cadáver de su padre, retrocede un paso antes de que una rabia ciega mude su rostro; la empuñadura de su espada cruje en su puño mientras la hoja se desliza fuera de la vaina con un silbido metálico. A un costado, Penélope permanece petrificada. No hay gritos en ella, solo un vaciamiento repentino de la mirada, como si el hilo que la sostuvo durante veinte años de espera se hubiera cortado finalmente en un solo segundo.
(Telégono entra al palacio cargando el cuerpo de Ulises. Penélope y Telémaco están de rodillas, llorando. El Coro rodea la escena, como testigo mudo.)

TELÉMACO (Levantándose, espada en mano)
¡Tú! ¡Asesino de mi padre! ¡Que no te salve ni el altar de Zeus ni el vientre que te dio a luz!

TELÉGONO (Deja el cuerpo, con lágrimas en los ojos)
No sabía... ¡Por los dioses, no sabía! Buscaba a un padre, no a un enemigo.

PENÉLOPE (Se levanta, serena, y se interpone entre ambos)
Basta, Telémaco. Mira sus ojos. ¿No ves el dolor de un hijo que nunca tuvo padre? (A Telégono) Y tú, joven... ¿acaso no sientes el peso de lo que el destino ha tejido?

TELÉMACO (Con amargura)
¿Y la sangre de mi padre? ¿No clama venganza?

PENÉLOPE (Firme)
La sangre de Ulises ya ha sido derramada. ¿Quieres manchar también la tuya? Las Moiras han hablado. No fue malicia, sino ceguera. Y la ceguera... es perdonable ante los dioses.
(Telémaco baja la espada, confundido. Telégono llora en silencio.)

La espada de Telémaco desciende despacio, rozando la piedra del suelo con un chirrido sordo hasta quedar en reposo. El aire en el patio se vuelve denso, cargado del dolor contenido de tres vidas entrelazadas por la desgracia. Penélope se arrodilla al lado del cadáver, apartando con delicadeza los cabellos canos y empapados que cubren la frente de Ulises; sus manos, firmes en la dolorosa serenidad que la caracteriza, cierran los ojos del rey que ya no habrán de ver más las costas de Ítaca. Telégono permanece a poca distancia, cediendo ante el peso de la culpa involuntaria, con la mirada fija en las manchas oscuras de sus propias manos. El Coro se despliega lentamente alrededor del grupo, trazando un anillo humano que aísla la escena del dolor familiar del resto del mundo.
Los ancianos alzan sus voces en una elegía pausada y grave que retumba bajo los techos del patio de entrada. No hay cólera en sus estrofas, solo la desgarradora constatación de la contingencia mortal frente a la trama inmutable de las Moiras. Con movimientos rítmicos y solemnes, balancean sus cuerpos de un lado a otro mientras elevan los brazos al cielo, recordando cómo la astucia más alta del más sabio entre los hombres no fue más que una mota de polvo empujada por el soplo de los dioses.


(El Coro canta, mientras el cuerpo de Ulises es preparado para el duelo.)

CORO

(Estrofa)
El rey de las mil astucias,
el que tejió mentiras como redes,
ha caído por un hilo que no vio:
el hilo de su propia semilla.

(Antístrofa)
¿Qué es el hombre sino un juguete de los dioses?
Un peón en su tablero de espuma y sal.
Ulises, el astuto, el invencible,
ahora es polvo en la orilla.

(Epodo)
Y así, Ítaca aprende la lección:
ningún hombre, por sabio que sea,
puede escapar a la red que los dioses
tejen desde el mar.

El lamento final del Coro se apaga lentamente, dejando como único eco los sollozos ahogados que quiebran el pecho de los jóvenes. El cuerpo de Ulises yace preparado en el centro de la escena, bañado por las primeras luces del atardecer, mientras una bruma densa y sobrenatural comienza a filtrarse desde las grietas de las piedras y el umbral del palacio.

[ÉXODO]

La bruma marina invade el patio del palacio como un sudario de vapores espesos y azulados. Un olor a tomillo silvestre, adormidera y tierra húmeda opaca el tufo salobre de la costa. El aire mismo parece congelarse en la garganta de los presentes. El altar de Poseidón, cubierto por la humareda blanca, resplandece por un instante con un fulgor de bronce antiguo. Las sombras de las columnas se estiran desmesuradamente sobre el suelo, y de la profundidad de la bruma emerge una voz sin cuerpo, grave y cavernosa, que no parece viajar por el aire sino resonar directamente en el tuétano de los mortales. Los ancianos del coro caen de rodillas, apoyando las frentes sobre las losas heladas, mientras Telémaco y Telégono tuercen el rostro ante la inminencia de la presencia divina.
(El cuerpo de Ulises es colocado en una pira funeraria. De repente, un remolino de niebla cubre la escena. La voz de Circe resuena, como un eco desde el más allá.)

VOZ DE CIRCE (Eco etéreo)
¡Basta, mortales! La sangre de Ulises no puede manchar Ítaca. El parricidio, aunque involuntario, exige expiación. Llevad su cuerpo a las aguas de Eea, donde el mar lo recibirá como a un hijo pródigo. Y tú, Telégono... (pausa) lleva a Penélope contigo. Que ella, que esperó tanto, encuentre consuelo en tu hogar.
Y tú, Telémaco... (la voz se endurece) ve a Eea. Aprende de mi magia. El legado de tu padre no solo fue la guerra, también corresponde a la sabiduría de quienes saben escuchar a los dioses.
(La niebla se disipa. Telégono y Penélope se miran, con una mezcla de dolor y aceptación. Telémaco asiente, resignado.)

TELÉGONO (A Penélope, con respeto)
Señora... si me permites, te ofreceré el consuelo que el destino me negó a mí.

PENÉLOPE (Con una sonrisa triste)
El destino teje caminos extraños, hijo de Circe. Quizás en Eea... encontré lo que nunca tuve aquí.

(Telémaco se despide de su madre con un abrazo. Los tres se dirigen hacia la nave. El Coro observa, en silencio.)

Con la disipación gradual del vapor profético, el sol poniente tiñe el cielo de un rojo de sangre y herrumbre. El mandato de los dioses no deja margen para la duda ni espacio para el duelo prolongado. Telégono y Telémaco, unidos ahora por una devoción sombría, levantan juntos el cuerpo inerte de Ulises para trasladarlo hacia la nave extranjera que espera en la orilla. Penélope camina tras ellos sin volver la vista hacia las estancias que habitó durante décadas; su figura, erguida y envuelta en un manto de luto, avanza con la dignidad quieta de quien acepta el cumplimiento del último ciclo. Los tres descienden el sendero del acantilado en un procesional silencioso, dejando las puertas del palacio de Ítaca abiertas de par en par al viento de la costa.
Los doce ancianos se erigen en la terraza más alta del promontorio, con los mantos agitados por la brisa que comienza a soplar desde tierra firme. Apoyados en sus bastones de olivo, contemplan cómo la embarcación suelta las amarras y corta con su quilla las olas oscuras del mar Egeo. No hay lamento desgarrador en sus últimos versos, sino el asentimiento solemne ante la justicia inapelable y temible de las Moiras, que han consumado la historia del rey de las mil astucias en las mismas aguas que lo vieron nacer a la gloria.
(Los ancianos de Ítaca quedan solos en las rocas, viendo cómo la última nave se aleja. El mar rugiente es su único compañero.)

CORO (En tono solemne, casi susurrando)
Y así, la estirpe de Ulises se dispersa como espuma. El rey yace en las aguas que lo traicionaron. Su hijo parte hacia tierras de hechizos. Y su viuda... (pausa) encuentra un nuevo hogar en los brazos del enemigo.

(El último verso, gritado al mar)

¡NADIE ESCAPA A LA RED QUE LOS DIOSES
TEJEN DESDE EL MAR!

Las sombras de la noche devoran finalmente la línea del horizonte. La nave se convierte en un punto negro que se pierde en la bruma de mar abierto. El escenario queda desierto, dominado únicamente por el bramido sordo de las olas que chocan contra las rocas de Ítaca, cerrando estos funestos episodios con el retumbo eterno del mar.

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