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LA ÚLTIMA

Por Malan · España · Terror

LA ÚLTIMA
La máquina tragaperras sonaba con una melodía hipnótica. Cada destello de luces prometía que la siguiente jugada sería la buena, la definitiva, la que le haría ganar más de lo invertido.

Lucrecio decía que la próxima sería la última, pero había perdido la noción del tiempo; su mundo se reducía a una palanca, unos botones y sonido metálico de monedas.

—Ya casi lo tienes, no lo deje ahora—dijo una voz tranquila—, esta es la última, verás.

En la barra del casino, al otro lado, un anciano impecablemente vestido levantó su copa con una sonrisa amable y lo animaba a continuar:

—Esta vez es la última de verdad, ya verás —Lucrecio sonrió con cansancio. Quería creer aquellas palabras. Necesitaba creerlas. Siguió jugando.

El casino comenzó a vaciarse hasta solo quedar él, la máquina y el anciano, quien le dijo:

—Ya casi está, verás como sí.

Lucrecio introdujo la última moneda que encontró en uno de sus bolsillos, pero volvió a perder y buscó más dinero sin encontrarlo.

Levantó la cabeza y vio un gran cristal oscuro donde antes su ubicaba la máquina. Se acercó para mirarse aunque no se reconoció.

La piel de su rostro colgaba de los huesos como una tela vieja. Sus ojos estaban hundidos en dos profundas sombras y su cabello era grisáceo y escaso. Sus manos temblaban mientras seguían realizando, casi por instinto, el gesto de mover una palanca. Retrocedió horrorizado.

—No puede ser —Miró a su alrededor.

Las alfombras rojas eran jirones cubiertos de polvo. Las lámparas colgaban rotas del techo. Las máquinas tragaperras permanecían alineadas como ataúdes de pie. El aire olía a humedad y abandono. La barra del bar era ahora un mostrador carcomido por el tiempo.

Solo el anciano seguía allí, pero ya no sonreía y su ojos eran insondables, antiguos, como si hubiera estado contemplado la misma escena miles o millones de veces. Levantó lentamente la copa vacía y habló con una calma escalofriante.

—¿Has visito como sí? Esta ha sido tu última vez.

Lucrecio intentó correr hacia la salida, pero no había puertas e hileras interminables de máquinas silenciosas se perdían en la oscuridad. Entonces comprendió que estaba alimentando aquel lugar con su tiempo, su dinero y sus sueños. El casino realmente nunca quiso monedas. Quería almas, quería vidas. Ahora le quería a él.

A unos metros, una única tragaperras que permanecía separada del resto, estaba tumbada sobre el suelo y abierta de par en par. Lucrecio se asomó y el interior no era el de una máquina, sino el de un ataúd. Comprendió entonces que había estado esperándolo desde el principio; preparado exclusivamente para él.

El anciano señaló la máquina y, con una sonrisa serena e inquietante, le dijo:

—Tu partida ha terminado.

Lucrecio respiró hondo, aceptó su destino y se tumbó dentro. Cuando su espalda tocó el fondo, la tapa se cerró y, una fuerza invisible, accionó la palanca que hizo girar los rodillos hasta que aparecieron tres símbolos en forma de calavera.

Las luces se apagaron y el casino volvió a quedar en silencio, esperando a un nuevo jugador.

*RELATO ESCRITO DESDE LA IMPROVISACIÓN, ESPERO QUE LES GUSTE, UN SALUDO.

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