El hospital dormitaba bajo el peso de un aire denso, cargado de ese olor a cloro característico de sus largos pasillos. Era una tarde de esas en las que el destino parece detenerse a observar. María, a sus treinta y cinco años, cargaba, a su entender, una "inocente gravidez" que no cuadraba con la urgencia de los médicos. Habían pasado ocho años desde su último parto y, en el afán de la vida diaria, la ruptura de fuente -ocurrida dos días atrás- le pareció apenas un percance menor, un descuido del cuerpo. Pero el cuerpo no olvida: cómo una llamarada, la fiebre comenzó a devorarla por dentro.
En la sala de partos, el lenguaje médico se volvió un verdugo de siglas frías: R.P.M., Infección, C.I.D. La coagulación intravascular diseminada no era más que un nombre técnico para decir que la vida de María se escapaba por cada poro.
Mientras el personal lidiaba con el horror y la impotencia, el diagnóstico real flotaba en el aire como una sentencia: el feto estaba muerto. Solo María ignoraba la tragedia.
-¡Denme a mi hijo! -gritaba ella, desgarrando la paz de la noche.
El parto fue un descenso a los infiernos. Cuando finalmente la criatura asomó, no hubo llanto, sino un aroma a muerte que golpeó las paredes. Era una masa maloliente que apenas conservaba el dibujo de un rostro humano. Ante el delirio de aquella mujer, la compasión fue más fuerte que la higiene. Unas manos enguantadas, temblorosas por el horror y la pena, depositaron aquel cuerpo inerte en el regazo de la madre.
María, con la mirada empañada por el llanto y la sangre no percibió el hedor. Con una ternura que erizaba la piel de los presentes, comenzó a mecer ese bulto contra su pecho herido.
> -Arrurrú, mi niño... -susurró, y su voz era un hilo de seda en medio de la tormenta-. Arrurrú, mi amor...
>
En aquel rincón del hospital, el tiempo se detuvo. La canción de cuna, vacilante y dulce, fue el último puente que María tendió hacia la cordura. Entre el silencio estupefacto del personal y las lágrimas que nadie se molestó en ocultar, María cerró los ojos para siempre.
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