Parte 1
Hay un momento en la vida en que uno comienza a comprender que está transitando el camino que queda. No porque conozca cuándo será el final, sino porque después de haber recorrido la niñez, la adolescencia, la juventud y la adultez, empieza a mirar la existencia desde otro lugar.
Durante muchos años vivimos creyendo que siempre habrá tiempo. Que mañana podremos hacer aquello que hoy dejamos pendiente, que más adelante llegará el momento de cumplir sueños, visitar lugares, decir palabras o abrazar a quienes amamos. Pero llega una etapa en la que uno empieza a entender que el camino recorrido es más largo que el que queda por recorrer.
Al llegar a los sesenta y cinco o setenta años, dependiendo de cómo nos encontremos física y mentalmente, empezamos a descubrir que las cosas ya no son iguales. El cuerpo comienza a pedir otros tiempos, los esfuerzos son mayores y algunas cosas que antes hacíamos sin pensarlo ahora requieren más paciencia.
No es que la vida pierda valor. Al contrario. Es cuando empezamos a comprender el verdadero valor de cada instante.
El tiempo se convierte en ese enemigo silencioso que nunca pudimos detener. No se puede negociar con él, no se puede volver atrás, no se puede recuperar aquello que dejamos pasar. El tiempo avanza sin maldad, simplemente cumple su naturaleza, mientras nosotros intentamos acompañarlo con la mayor dignidad posible.
Cada día, cuando uno se mira al espejo, encuentra una señal nueva. Una arruga más, un cansancio diferente, una mirada que guarda más historias. Pero también aparece algo que antes no existía: una paciencia más profunda, una respuesta más sabia y una forma distinta de observar la vida.
Sin embargo, en ese mismo espejo donde vemos nuestro rostro, nos miramos a los ojos. Y los ojos nunca pueden mentir. Allí siguen viviendo todas nuestras edades. Está el niño que fuimos, el adolescente que soñaba, el joven que buscaba su lugar en el mundo y el adulto que luchó, cayó, aprendió y siguió caminando.
Porque uno no deja de ser quien fue. Todo permanece dentro de nosotros.
Los días parecen pasar más rápido cuando uno quisiera que fueran más lentos. Aparecen los proyectos pendientes, las cosas que no hicimos, los lugares que no conocimos y esas oportunidades que dejamos pasar pensando que siempre habría otra ocasión.
A veces uno mira hacia atrás y se pregunta por qué no aprovechó más algunos momentos. Pero con el tiempo también aprendemos que no podemos vivir atrapados en lo que no fue. La vida no solamente está formada por aquello que logramos, sino también por todo lo que aprendimos mientras caminábamos.
Llegan también esas pequeñas señales que nos recuerdan que necesitamos ayuda. Esa pastilla para la presión que ya no podemos dejar, los controles médicos, algún dolor que preferimos ocultar para no preocupar a los demás. Uno intenta disimular cansancios y angustias, porque todavía quiere sentirse fuerte.
Pero con los años comprendí que la verdadera fortaleza no está en negar nuestras debilidades, sino en aceptarlas y continuar.
En esta etapa también entendí algo que antes no podía comprender. Recordé a mi padre cuando ya tenía más de ochenta años y los achaques se habían convertido en parte de su vida. Un día me dijo:
"Si hubiera sabido que iba a llegar así, habría preferido morir antes."
En ese momento me dolió escucharlo. No entendía realmente lo que había detrás de esas palabras. Pensaba que era solamente tristeza o cansancio. Pero con los años comprendí su sufrimiento.
No hablaba de dejar de vivir. Hablaba de extrañar aquella vida donde podía valerse por sí mismo, donde su cuerpo respondía, donde tenía la libertad y la fuerza que durante tantos años había acompañado su existencia.
Lo mismo ocurrió con mi madre. Vi cómo el tiempo fue dejando sus marcas, y entonces comprendí que la vejez no solamente la viven quienes envejecen. También la vivimos los hijos cuando observamos cómo cambian aquellos que un día nos cuidaron.
Quizás ahí comenzamos a entender nuestro propio futuro. Porque nadie está preparado para lo que viene. Podemos imaginarlo, podemos hablar de ello, pero cuando llega ese momento descubrimos que la vida siempre tiene una enseñanza nueva para mostrarnos.
También cambia nuestra sensibilidad. Cosas que antes parecían pequeñas ahora tienen otro significado. Una canción puede devolvernos una época entera, una fotografía puede abrir una puerta al pasado, un recuerdo puede hacernos sentir nuevamente cerca de personas que ya no están.
El corazón comienza a mirar de otra manera.
Y mientras tanto vemos crecer a nuestros hijos.
Un día nos damos cuenta de que aquellos niños que dependían de nosotros ahora caminan solos, toman sus propias decisiones y construyen su propio destino. Queremos protegerlos, evitarles dolores, alejarlos de las dificultades que nosotros conocimos.
Pero entonces recordamos nuestra propia historia. También nosotros tuvimos que soltarnos, equivocarnos, caernos y aprender. Fueron esas experiencias las que forjaron nuestra vida.
Amar a los hijos también significa aprender a soltarlos.
Y en medio de todo esto, uno comienza a mirar hacia adentro. Empieza una etapa diferente, donde ya no importa solamente lo que hacemos, sino lo que comprendemos.
(Continúa en la Parte 2)
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