Parte 2
En esta etapa de mi vida encuentro tranquilidad en cosas que antes quizás no valoraba de la misma manera. Una película, una tarde de silencio, una historia imaginada, una página escrita. Son momentos simples, pero ahora comprendo que muchas veces la verdadera riqueza de la existencia estaba escondida justamente en esas pequeñas cosas que pasaban desapercibidas.
Comencé a recorrer más profundamente mi propia conciencia. A preguntarme cosas que antes no me preguntaba. El Universo empezó a ocupar un lugar diferente dentro de mí. Ya no lo miro solamente como algo lejano, como millones de estrellas perdidas en la inmensidad, sino como un misterio del cual también formo parte.
Quizás estoy intentando comprender lo que viene. Quizás estoy buscando una explicación para aquello que todos, en algún momento, debemos enfrentar. Tal vez escribir, imaginar y recorrer estos pensamientos sea mi manera de acercarme a preguntas que no tienen respuestas sencillas.
Pero también aprendí que los miedos siguen existiendo.
Sería una mentira decir que desaparecieron. Hay miedos que permanecen escondidos en nuestro interior, especialmente cuando pensamos en nuestros hijos, en quienes amamos, en el futuro y en todo aquello que todavía queremos cuidar.
Durante mucho tiempo pensé que tener miedo era una señal de debilidad. Hoy entiendo que no es así. El miedo existe porque existe el amor. Tenemos miedo porque algo nos importa, porque encontramos razones para seguir aquí.
Y esos mismos miedos que a veces nos inquietan también nos fortalecen. Nos obligan a levantarnos cada mañana, a seguir caminando contra el viento y a no abandonar la búsqueda de aquello que le da sentido a nuestra existencia.
La vida me trajo hasta este momento por algún motivo.
No sé exactamente cuál es, pero siento que cada experiencia, cada dolor, cada alegría y cada persona que pasó por mi camino dejaron una enseñanza.
Y cada mañana hay un momento que para mí tiene un significado especial.
Salgo con mi mate y me siento frente al Uritorco.
Lo miro y siento que nos observamos en silencio. Como dos viejos compañeros de viaje. Él permaneciendo inmóvil después de haber visto pasar miles de años, generaciones enteras, historias de amor, sufrimientos, nacimientos y despedidas. Yo, sentado frente a él, intentando comprender apenas una pequeña parte del misterio de estar vivo.
A veces siento que la montaña quiere decirme algo. No con palabras, sino con su presencia. Como si después de haber contemplado tanto tiempo la existencia humana intentara convencerme de que nada está perdido.
Yo busco respuestas en su inmensidad y él me responde con su silencio.
Quizás por eso vuelvo cada mañana.
Porque frente al Uritorco mis problemas parecen más pequeños, pero al mismo tiempo mis esperanzas parecen más grandes.
No sé cuánto tiempo queda de este camino. Sé que será menos del camino recorrido. Pero esa certeza no debe ser una tristeza, sino una invitación a vivir con mayor conciencia.
Cada letra que escribo es una esperanza.
Es una forma de dejar algo de mí más allá del tiempo. Me gusta imaginar que algún día alguien leerá estos relatos, abrirá uno de mis libros y encontrará una palabra que lo acompañe, una reflexión que le haga pensar o simplemente una pequeña luz en algún momento de su vida.
Estoy convencido de que cada letra leída es una forma de que algo de nosotros continúe.
Porque quizás la verdadera eternidad no está en permanecer físicamente para siempre, sino en aquello que dejamos en los demás.
Como padre, mi mayor preocupación sigue siendo que mis hijos estén protegidos. Ese sentimiento nunca desaparece. Aunque crezcan, aunque sean adultos, aunque tengan sus propias vidas, una parte de nosotros siempre seguirá cuidándolos.
Queremos que estén bien, que encuentren su camino y que puedan enfrentar la vida con las herramientas que nosotros intentamos entregarles.
Pero también comprendí que cada persona tiene su propio recorrido. Así como yo tuve que soltarme y aprender de mis experiencias, ellos también deberán escribir su propia historia.
Solo espero que sepan cuánto fueron amados.
Quiero creer que los vínculos verdaderos son más fuertes que el tiempo, más fuertes que la distancia y más fuertes incluso que aquello que llamamos muerte.
Me cuesta pensar que todo lo vivido, todos los abrazos, todas las conversaciones, todas las emociones compartidas puedan desaparecer simplemente. Debe existir algo más. Tal vez una continuidad que todavía no comprendemos. Tal vez una forma diferente de encontrarnos nuevamente.
Porque nada que haya sido construido con amor debería terminar en la nada.
Cada día aprendemos a valorar más aquello que antes parecía normal: ver un amanecer, sentir el aire en la cara, escuchar una voz querida, saborear un mate tranquilo, tocar una mano amiga, contemplar la naturaleza, mirar el sol o perderse en una noche llena de estrellas.
El mundo sigue teniendo belleza, incluso cuando nosotros empezamos a sentir que nuestro tiempo se hace más corto.
Y entonces aparece una pregunta que acompaña al ser humano desde siempre:
¿Cómo será ese sueño eterno?
Nadie lo sabe.
Tal vez sea un descanso. Tal vez sea un comienzo. Tal vez sea una puerta hacia una realidad que nuestra conciencia todavía no puede comprender.
Soñar no cuesta nada. Lo difícil muchas veces es dormir cuando la mente permanece despierta, cuando los recuerdos aparecen, cuando las preguntas buscan respuestas y cuando el pasado parece conversar con el presente.
Pero llega un momento en que el cansancio y el peso de los años cierran nuestros ojos lentamente.
Mientras ese momento no llegue, seguiré caminando.
Seguiré escribiendo. Seguiré imaginando. Seguiré mirando el Universo, tomando mi mate frente al Uritorco y buscando comprender este extraño y maravilloso viaje llamado vida.
Porque todavía queda camino.
Todavía quedan palabras por escribir, historias por contar, abrazos por dar y momentos por vivir.
Y quizás ese sea el verdadero sentido de la existencia: no saber exactamente cuánto camino queda, pero tener la valentía de seguir avanzando mientras haya una razón para hacerlo.
Porque mientras exista una conciencia capaz de preguntarse, una mano capaz de escribir y un corazón capaz de amar, la vida seguirá teniendo sentido.
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