Lectura

El Regreso de Asterión

Por Wilermi Jance · Chile · Ciencia Ficción

El Regreso de Asterión
En memoria del Amor que Borges
cultivó en mí
por la Literatura clásica
y la mitología griega.
En honor a Franco.
Llevaban menos de un mes de conocerse, se habían visto un par de veces, pero sus conversaciones por WhatsApp encendían el atractivo erótico-sexual de ambos, el cual era implacable, así que acordaron verse para consumar las llamas de su pasión.
Había otros dos rasgos potentes que los unía: El amor por las palabras, y la mitología griega.
Ella aún no sabía que estaba interpretando a Ariadna en aquel juego que apenas comenzaba.
Aunque había estado tejiendo constantemente sus canastas para recibir todos los peces koi que llegaran a su orilla, no sabía que en aquel tejer y en prepararse para el amor el espíritu de Ariadna, la tejedora, se había incorporado en ella. Tal como Ariadna estaba dispuesta, abierta a recibir el amor, y había dejado una puerta amplia abierta para que entrara, la dejó abierta porque se sentía preparada y completa. Mientras esperaba tejía canastas y más canastas para llenar de peces koi, en sinónimo de la abundancia de su alma y de la apertura de su corazón.
Su camino de sanación era indiscutible, y había obtenido avances en su sistema nervioso, el cual se hallaba más regulado y desapegado, su Dios que era lo mismo que su divinidad (creía en un solo Dios) se hallaba siempre entre ella flotando entre las aguas tranquilas de su mar.
Su divinidad también estaba deseosa que conociese un amor alineado con las tranquilas y calmadas aguas de su mar, pero Ariadna no se había percatado que no había sanada las heridas de un antiguo amor, su divinidad lo sabía, pero no podía perturbarla haciéndola sanar esta herida de forma precipitada, ya llegaría el momento.
Su divinidad al verla tranquila y feliz mientras tejía canastas que se llenaban de pesca abundante de peces koi, sólo podía desearle que obtuviera los recursos necesarios para que cuando llegara aquella prueba, pudiese salir victoriosa.
Mientras tanto, ella estaba feliz, completa, más conectada con su imperfecta humanidad, con su cuerpo, con su risa, con su locura. Su divinidad quería alertarla, decirle: Ariadna, en unos días sentirás que has retrocedido en tu camino de despertar espiritual, porque aun tienes pendiente sanar una herida de amor, pero callaba, la veía tan feliz, que sólo podía quedarse con ella, y confiar que, así como había salido de tantas noches oscuras volvería a salir más renovada de la experiencia que se avecinaba, regresar al laberinto.
Un día Ariadna despertó y no vio su mar de tranquilas aguas, se percató que, por suerte, su divinidad sí estaba allí con ella, sintió un alivio que pronto se convertiría en rabia.
Estaba en el laberinto, en la casa de Asterión, la reconoció de inmediato. Y lloró e hizo pataletas como una niña de ocho años abandonada en la oscuridad de uno de los pasillos del laberinto, y renegó de Dios. Rebelde como una yegua, no se arrodilló, ni clamó, después de todo, ya no creía en los dioses.
Recorrió el laberinto, caminaba soberbia no le importaba la oscuridad porque ya lo había recorrido tantas veces, que podía incluso ir con los ojos vendados por los pasillos. No tenía un mapa que la orientara, ni mucho menos un rayo de luz que penetrara por alguna grieta del laberinto. Entonces, se reconoció a sí misma, era ella: Ariadna, la guerrera, en otro viaje más de la heroína.
La diferencia de este nuevo viaje, no era su aceptación, sino su rabia, tenía mucha rabia de volver atrás, molesta con su divinidad, por haberla hecho retroceder a aquel abismo del cual pensó no volvería jamás. Pidió a su divinidad la dejara sola, ¡vete! le dijo, una vez más no me has protegido, una vez más me has dejado sola. Enmudeció de dolor, y miró a lo lejos, al vacío, a la nada, no se sabe cuantos años duró con la mirada perdida. Pero volvió sabiéndose incapaz de vivir sin su divinidad.
Sabía que no iba poder resistir tanto tiempo sin poder conversar con su más sincera compañía: su Divinidad, y comenzó a hablarle, desde la sabiduría cultivada en tantas noches oscuras del alma, las conversas eran en forma de pregunta, era su habitual modo de reprogramarse y de crear nuevas versiones que la sacaran de los atascos, de las noches oscuras y de los laberintos.
- ¿Qué debo hacer aquí ahora? Preguntó.
Su divinidad que permaneció todo ese tiempo a su lado respetando su silencio y su mirada perdida en el vacío le respondió:
- Dijiste que estabas preparada para el amor.
Así respondía su divinidad, nunca le daba respuestas, sólo pistas, para que ella encontrará las respuestas y el discernimiento dentro de sí.
-¡Sí¡ contestó Ariadna, (Visiblemente airada aun con su divinidad) tan preparada que tejí más de miles de cestas para pescar el amor en algún momento en las tranquilas aguas de mi mar. ¿Porque me has traído de vuelta al laberinto? ¿No recuerdas acaso todo el mal que me causó Asterion, como dejó mi sistema nervioso aniquilado?
-Si lo recuerdo perfectamente, contestó su divinidad. Ahora debes recordarlo tú.
Furiosa Ariadna aplicó la ley del hielo a su propia divinidad, odiaba el laberinto, y renegó de estar allí, y renegó de su divinidad. Se abrazó durante días en posición fetal, nadie sabe cuántos días ni cuantas noches.
Un día animada por un vago recuerdo se repuso para buscar su hilo y su aguja de tejer, mientras tejía con su corazón rebelde de yegua terca, recordó al Minotauro, lo tanto que lo había amado, pero aquella relación parecía destinada al fracaso, sabía que si abandonaba todo rasgo de su divinidad, podría seguir avanzando por el laberinto, y esta vez no valerse de terceros para que rescataran a Asterión.
Recordó su nombre, y lo dijo en voz alta: ¡Asterion! Ante el llamado se desplegó ante ella la biblioteca virtual del universo, frente a sus ojos el libro de Jorge Luis Borges: El Aleph (1949) ansiosa buscó la página noventa y ocho (98) en esa página había sido la última vez que había sabido de Asterión, en el cuento titulado: "La Casa de Asterión" releyó sus líneas descifrando códigos que no se le habían develado, mientras recordaba y anhelaba volverlo a ver.
Lo volvió a llamar: ¡Asterión¡esta vez no con un grito, más bien con un susurro que provenía de sus entrañas, la sangre caliente en sus venas le aseguraba que la había escuchado, y que pronto llegaría. Limpió sus lágrimas, arregló su cabello, y se puso en actitud de espera y de entrega, recordó con toda su alma cuanto le amaba, recordó las tantas veces que la había hecho suya, un suave olor de manzana verde y de frutas frescas mezcladas le hicieron evocarlo y casi manifestarlo.
La última vez, tuvo que dejarlo porque Asterión no estaba Preparado, volvió a llorar, al recordar el gaslighting, y todas las técnicas de manipulación que le había hecho para enredarla en un enamoramiento tan implacable que le había casi estrangulado su sistema nervioso.
Se engañó a sí misma con la hipotética idea que había cambiado, quizá la soledad del laberinto, lo había hecho reflexionar. Y esta vez sí quería unión sagrada, quizá la soledad le había llevado a integrarse en un ser completo, íntegro, quizá ya no era un ser amorfo, lloró ante la incertidumbre de pensar si está vez sí podían ser felices para siempre.
Asterión apareció, ante ella, apenas estaba reconocible.
-Asterion ¿eres tú? (Preguntó Ariadna) Estás irreconocible. Sólo puedo reconocer que eres tú por tu aroma a manzanas verdes y frutas frescas mezcladas ¿Dónde está tu rostro de toro?
- Lo he transformado, así como he transformado mi alma. Ahora tengo cara de niño bueno.
-Ariadna exclamó: ¡No me gustan los niños buenos, me gustan los niños rudos!
- No te dejes llevar por las apariencias (respondió Asterión) sólo es mi cara de niño, pero puedo ser el hombre fuerte y rudo que deseas.
Ella acostumbrada a leer entre líneas, se había abandonado ante el encanto de Asterión, ante su cambio significativo de rostro y de apariencia. Y abandonó la desconfianza. Creyó plenamente en el Minotauro, y en su cambio.
Pero él había sido claro, le dijo desde un primer momento:" No te dejes llevar por las apariencias" Pero ella no sólo se dejó llevar, se dejó arrastrar por el encanto de Asterión, siempre lo había amado y ya no volvería a dudar de él, ni a separarse de él.
Olvidó las canastas en el mar, dejó de habitarse para llenar su alma de él, de las historias que había construido lejos de ella, pero que ahora los reencontraban preparados el uno para el otro. Ariadna sólo quería ser poseída por el Minotauro. volverse una con él. olvidando su integridad, esa complitud que un día escuchó que proclamaba un tal Carl Jung. ella solo quería adherirse al Minotauro.
Se desnudaron en una sala de espejos del laberinto, y mientras él la hacía suya, ella se percató que en su espalda, entre sus omoplatos, había un tatuaje de pez koi simbolizando el yin y el yan, ella que le encantaba descifrar símbolos, y habiendo perdido su capacidad de leer entre líneas por el furor del enamoramiento, no se percató que ese símbolo en su espalda era una estrategia del Minotauro, para que creyese que había llegado el amor verdadero.
La divinidad de Ariadna, receloso y colérico siguiendo textualmente aquella popular cita bíblica que reza: "Dios es un Dios celoso y detesta la adoración de ídolos" sintió deseos de marcharse, de dejarla sola, pero en su infinita misericordia y en honor al trabajo arduo que habían logrado en tantas noches oscuras permaneció a su lado esperando que volviese a ser la heroína de Joseph Campbell, viviendo su propio viaje.
Se esperanzó en que un día despertara reconociendo porque había vuelto de retroceso al laberinto, y se limpiase el polvo del camino, y regresara a su mar, allí estaban sus canastas, y sus peces koi en abundancia, y la puerta que había dejado abierta al amor real y sagrado.
Ariadna se había adherido al Minotauro creyó que definitivamente él era la parte de la oscuridad que necesitaba integrar en su luz. Y volvió a ser vulnerable ante él, a contarle sus sueños, su viaje por la noche oscura y su despertar espiritual. El minotauro carecía de humildad, la escuchaba desde un lugar donde él ya había superado esas pruebas que ella mencionaba, y aunque ella no quería verlo, todo en él tenia un aire de superioridad.
Extrañó a su divinidad, el sentirse a gusto con ella, mientras recibía su sabiduría, extrañó las tranquilas olas de su mar incapaces de llevarse las canastas y su pesca abundante, extrañó mucho su paz, su alegría, su locura.
Pero aún amaba al Minotauro, así que decidió confrontarlo con un poco de temor.
-He notado, que ya no estás tan interesado, (le dijo) ya no me buscas con ese love bombing, de los primeros días y eso me causa ansiedad. Solo querías mi cuerpo y marcharte emocionalmente, dejándome más angustiada.
Entonces, en ese momento Ariadna recobró su lectura entre líneas.
Él contesto.:
-Si te causó tanta ansiedad tendré que hacerme a un lado. Además, necesito aislarme de tanto en tanto, para no sentirme ahogado, a veces siento que soy un Minotauro.
-Eres el Minotauro, eres Asterion, el nuevo Asterión (contestó Ariadna)
-Cierto, tú eres Ariadna, ¡la Ariadna inocente de siempre! Exclamó Asterión como si apenas la reconociese. Yo ahora estoy más claro que nunca, Creo que mi verdadera esencia es transitar solo el resto de mi vida. Soy un Minotauro con alma de lobo estepario.
Ariadna, quedó muy confundida, pero aún no quería tomar la decisión de marcharse del laberinto, hasta descifrar porque había vuelto hasta allí, sintió nostalgia por la orilla calmada de su mar, por su divinidad flotando entre las aguas mientras le sonreía con una infinita esperanza que era su verdadera integridad, sintió deseos de volver a habitarse, de integrarse a su divinidad. de volver a despertar habitando su mar en calma, y aquel deseo la llenó de valor, para descifrar porque aquel abrupto retroceso al laberinto.
Se dedicó a tejer unas canastas con lo poco de material que le quedaba, sabía que el tejer y el movimiento de sus manos, le inducirían la respuesta. Y la repuesta llegó: Había retrocedido para ser tentada en la realidad sobre si en verdad estaba preparada para el amor.
Sintió un leve dolor, pero ese dolor pronto se transformó en una profunda admiración por ella misma, y no sintió culpa de haber vuelto a amar al Minotauro, de haberle entregado el regalo de su cuerpo, de su tiempo. Leyó entre líneas todos sus mensajes implícitos, y también se ayudó de la IA de Google, quien muy amablemente le hacia preguntas si quería que la ayudase a interpretar como analizar a aquel hombre de estos tiempos modernos, que le había dicho que se sentía un minotauro, con alma de lobo estepario.
- ¿quieres qué te ayude a tomar una decisión? preguntó la IA. Ariadna cortésmente le respondió: No. ¡Ya la he tomado ¡
Cerró el computador, y sin atisbo de apego, sabía lo que tenia que hacer, nunca más volvería a hacerse pequeña para encajar en un laberinto donde hubiese un Minotauro con ganas de jugar, después de todo, eso era Asterión un niño asustado, que solo quería jugar.
No esperó que Teseo la rescatara, volvió a su centro, el hilo la llevaría de vuelta a ella y a su Divinidad, al mar, y otra vez el espíritu de Dios o lo que es lo mismo de su divinidad flotaría entre sus aguas, para divertirla, para hacerla feliz. Y como si despertara de un sueño, abrió los ojos y hay estaba su mar, sus canastas, llenas de peces koi, sus peces koi verdaderos, no los simbólicos en forma de tatuaje en la espalda de alguien que no se atrevería por ella, a salir de su laberinto.
Era ella de nuevo expandida al mundo, descifrando símbolos, escuchando que se acercaba la comparsa de Dionisio, con la algarabía sagrada del amor real y verdadero, no se sentó a tejer su mortaja, ni a esperar que el Minotauro cambiara, ni recapacitara, se fue detrás de su propio hilo tejiéndose por dentro una coraza no de soberbia, sino de dulzura, expandió su corazón y extendió su radar y su hilo, viviendo completa desde el amor que magnetizara a su igual, no para completarla sino para gozar de su integridad, porque después de todo no venimos a completar a nadie, ni a rescatar Minotauros, venimos a vibrar al lado de un alma que resuene con nuestra presencia integrada.

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Comentarios

DanielEmin

Parte de esta lectura, me enseña el valor de darnos esa riqueza del ser humano en querer conectar con personas de nuestras mismas energías, y no complacer a los demás. Aceptar nuestra divinidad. Gracias por esta lectura, es muy bueno.