Cada día el abuelo guardaba en botellas transparentes los atardeceres. Cuando llegó el invierno y la nieta clamó por el verano, el abuelo abrió varias de aquellas botellas y la casa explotó en flores, pájaros y trinos. Afuera, arreciaba el frío. Adentro, la vida estalló en todo su verdor y colorido.
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