Entonces, detrás de los que se agolpaban y observaban con curiosidad, se escucharon unos pasos lentos, casi arrastrándose, como si algo pesado los lastrara.
Entonces apareció una figura envuelta en un poncho negro y raído que ocultaba un rostro. ¿Hombre o mujer? Nadie lo sabía. No pronunció palabra y atravesó a la multitud sin prestarles atención. Ni siquiera le importó el brote y fue aplastado bajo una suela que parecía ser más vieja que el tiempo.
La figura siguió caminando y, cuando se hubo marchado, algunos fueron a intentar revivir aquel brote que había caído bajo una bota implacable. Días después, entre el polvo y la ceniza, no quedaba rastro de que allí había intentando renacer la esperanza. Sin embargo, a varios metros de profundidad, donde la bota y la mano del hombre jamás llegan, una todavía insignificante raíz, se resistía a morir en la oscuridad.
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