Había acordado con una chica muy especial, ella me llamaría si se decidía a salir conmigo. Pero una duda pasó por mi mente, ¿y si era para cancelarlo todo? Como un Deja vu pasaron por mi mente tres semanas, de ellas, dos tratando de conquistarla. Poemas y flores dieron resultado cuando la invité a salir.
Oigo, dije con expectativa y del otro lado: Oye, se me ocurrió a última hora, que en vez de salir a desandar la ciudad, podemos pasear en lancha por la bahía, ¿no te parece mejor idea? Así no será un domingo mas.
¡Por supuesto! respondí emocionado ¿Dónde nos vemos?
Ven a mi casa y de aquí nos iremos, ¡te espero!
Como un bólido preparé el café mientras me afeitaba en seco para ganar tiempo y me vestí con lo primero que encontré. Aún me preguntaba cómo me fijé en esa chica. Totalmente diferente a mí. Yo blanco como la leche, ojos verdes y mis cincuenta años encima. Lucho contra la entrada en la tercera edad haciendo fitness y halterofilia, pero las patas de gallo alrededor de mis ojos me delatan.
Ella una mulata impresionante, un rostro bello y tierno sobre un cuerpo con curvas generosas y pechos de ensueño, medianos pero túrgidos, con pezones que se marcaban por encima de la tela del ajustador. Su trasero hacía que aún los chicos más jóvenes volvieran sus miradas cuando ella pasaba. Nada, que a pesar de tener sus cuarentainueve años era un sueño de hembra: ser bailarina en su mocedad le había tallado un cuerpo que despertaría las más abyectas fantasías del Marqués de Sade.
La jornada fuera de casa comenzó muy deportiva, tuve que correr tras la guagua un tramo respetable, luego de montar un joven se me acercó y me dijo algo que me puso la autoestima más alta que la antorcha de la estatua de la libertad: Oiga señor... usted todavía está en sus tiempos...
Al principio no entendí, pero enseguida caí en cuenta de que había dejado detrás a todo el personal que esperaba el ómnibus. Nada, que a pesar de mi edad, el salir con esa chica que parecía muchos años más joven había despertado en mí el vanidoso ego de lucir en forma, pesas mediante.
A mi mente vino lo vivido desde aquel día de septiembre que la vi sentada en esa aula esperando al profesor y me llamó la atención. Recién comenzaba ese Postgrado de Masajes que duraría cuatro semanas y me las arreglé para salir juntos hasta la parada. Ella se fijó en mí y no sé por qué puso cara de asombro. Pero casi enseguida bajó la mirada.
Por mi parte no perdí tiempo, apenas pude la invité a un helado, aceptó. Pero en toda la cita evitaba mirarme mucho tiempo, cosa que atribuí a la timidez, pero todo fluyó con normalidad. La conversación fue un tanteo de ambas partes. Solo una pregunta de ella me causó cierta duda ¿No te parezco conocida? La miré fijamente y negué.
Al siguiente encuentro en el aula le regalé un poema, lo recibió con sorpresa, pero una sonrisa me indicó que dí en el clavo. Desde entonces dejamos de regresar en guagua, hacíamos la travesía a pie hablando de todo un poco. La dejaba en la esquina de su casa y nos despedíamos con un beso en la mejilla. Pero el ambiente del barrio no me gustó. Los vecinos me miraban con caras de asombro y luego con ciertas sonrisas burlonas, pero nunca se concretó falta de respeto alguna hacia mí. La cuarta vez me jugué el todo por el todo pues le robé un beso. Pensé en la clásica bofetada, pero me llevé una sorpresa: luego de aquel beso forzado ella se me abalanzó y me besó como hacía rato no era besado. Nos abrazamos en aquel callejón oscuro y me acarició las espaldas mientras mis manos apretaban sus nalgas túrgidas y nuestras bocas recorrían nuestros labios, mejillas, orejas y cuellos. Difícil fue el despedirnos.
Pasaron los días y siguieron otros poemas, besos y salidas a cafés o helados hasta que vino la invitación a salir este preciso fin de semana. Me preguntó a dónde la llevaría, pero le dije que elegiríamos el lugar al azar, para ser más informales.
El frenazo del ómnibus me sacó de mis ensoñaciones y me indicó el momento de bajar. No llegué a su casa pues me estaba esperando en la esquina. Estaba deslumbrante con un jean y una blusa blanca con un escote que pronunciaba sus pechos. Tuvimos mucho tiempo para charlar mientras esperábamos la guagua, que tardó una hora en aparecer.
Al llegar al muelle esperamos unos minutos, la lancha que nos trasladaría al cayo fue más eficiente que todos los ómnibus de la ciudad juntos. El cayo no era desconocido para mí, pero al mismo tiempo si lo era. La última vez que lo visité tenía 14 años y fui con los socios de la secundaria, pasamos un día muy lindo con comida barata, pero buena y haciendo como que bailábamos... Vinieron a mi mente los rostros de esos chicos y chicas, que no veo desde hace muchísimo tiempo, a dos de ellos ya no los veré jamás, fallecieron, y esos recuerdos nublaron la felicidad de estar allí con mi novia.
El recuerdo más triste fue el de Roberto Carlos. Recién comenzando el onceno grado desapareció del mapa. Durante el décimo grado tuvimos una fuerte enemistad. Llegamos a la violencia física varias veces. Esas peleas eran muy seguidas por todos, es que yo era buen karateka y judoca y él excelente boxeador y luchador. Ni los filmes de Chuk Norris contra Bruce Lee tuvieron tanta acción de patadas y puñetazos técnicos contra nuestros rostros. Realmente no ganaba ninguno pues ambos terminábamos agotados y magullados de mala manera. Pero a finales de curso se firmó la tregua necesaria, pues si continuaba esta contienda terminaríamos en una sala de ortopedia.
Nos aliamos y éramos los dueños del pre, no se nos resistían las chicas, ni se nos enfrentaban los chicos. En nuestra visita al cayo compartimos el mismo refugio antiaéreo con nuestras chicas. En esa oscuridad hicimos cada quien lo suyo sin ver las maniobras amorosas del otro.
Un buen día dejó de asistir y nos enteramos de su aventura en una salida ilegal. Fui a su casa preguntando por él, pero su padre me dijo: Para mí, mi hijo se murió. Ese cabrón traicionó a su familia, su país y hasta la vida que le dí. Y me tiró la puerta en la cara. Eso me rompió el alma.
Por suerte, la voz de ella me sacó de esa tristeza.
Realmente caminar dándole la vuelta a ese cayo no es la gran cosa, le haces un bojeo en cuestión de minutos y eso fue lo que hicimos. Un restaurante nos llamó la atención, pero aún estaba cerrado, abrían a las doce.
Caminamos buscando donde descansar y la arena a la sombra de un arbolito frondoso, a la orilla de una pequeña playa nos pareció el refugio ideal.
Nos sentamos muy juntos, conversamos sobre nuestros planes como masajistas. Teníamos grandes aspiraciones al respecto. No desaproveché la ocasión y me acosté en sus muslos. ¿En qué piensas?, me dijo mirándome fijamente. No pienso en nada, te estoy midiendo y no es para ropa, le respondí con palabras cargadas de lujuria.
Qué miedo, pero aquí la costurera soy yo, me dijo y me premió con un beso zalamero. Pero su mirada me decía algo. Luego de besarme me abrazó muy fuerte y dijo algo como ¡Ay dios mío perdóname!
¿Qué te pasa? pregunté.
Te diré, pero más tarde, me respondió.
Cambiamos roles, le tocó a ella recostarse, pero en una muestra de caballerosidad de la "vieja escuela" me quité el pullover y lo tendí "para que mi amada yaciera en él". No quise charlar mucho. Mejor era besarnos. Esos labios no estaban hechos solo para conversar, aunque hay que reconocer que sabía llevar una buena conversación sobre cualquier tema. Era la combinación perfecta, bella e inteligente.
Mis manos se arriesgaron a avanzar dentro de la blusa y el sostén, tocando los pezones. Ella solo se sonreía pícaramente y se dejaba hacer. Por fin abrieron el restaurante y entramos. Buscamos una mesa apartada en el balcón, para mirar el mar. La vista de la bahía santiaguera siempre estimula a hablar de amor. En la espera del pedido nuestros teléfonos archivaron el momento, hubo fotos en cuanta pose y fondo fueron posibles. Comimos con calma, disfrutando no solo los platos, sino también de cada demostración de cariño, hasta intercambiamos la cursi cucharadita de comida.
Las cervezas comenzaban a hacer efecto, de cada cosa nos reíamos como dos tontos. Abandonar el restaurante se hizo imprescindible, los mariscos y las cervezas nos estimularon a portarnos mal, como se deben portar todos los enamorados del mundo.
En el camino percibí de nuevo esa mirada indescifrable, pero algo la excitó en mi forma de mirarla, y como gata en celo comenzó a besarme el cuello, dar mordidas, mientras me abría la camisa... una metamorfosis de novia de besos y manos agarradas a tigresa en plan de ataque. Mi cuerpo respondió, de nuevo casi el recuerdo de mis experiencias adolescentes echa a perder todo. Por suerte recobré el ímpetu y me porté acorde al momento cuando sus manos llenas de morbo llegaron hasta la entrepierna y me miró con cara de placer anticipado. Ya no hubo control para ninguno de los dos. Nuestras bocas se fusionaban en besos llenos de deseo y las lenguas no se separaban. Sus palabras me demostraron lo mujer que podía ser ella a pesar de que era nuestro primer acercamiento corporal tan intenso.
¡En la boca! La quiero en mi boca, me dijo casi febrilmente.
Sin controlarme la tomé de la mano y la llevé dentro de aquella cueva artificial, que en los ochenta sirvió de refugio antiaéreo, donde Roberto Carlos y yo tuvimos aquella aventura con nuestras chicas. Con ansias desabroché mi ropa y dejé que esta mujer hiciera con mi sexo lo que deseara. Ella abrió su blusa dejando al aire sus pechos erectos y redondos como de adolescente. Para completar la excitación del momento se despojó totalmente de las prendas superiores, quedando con su torso de diosa desnudo.
Nunca olvidaré sus manos acariciándome de arriba abajo haciendo que mi sexo estuviese a punto de estallar, ni su boca golosa llevándome a la cúspide del placer carnal, con una experiencia que jamás creí que pudiera tener. No podía más que respirar agitadamente, mi boca se abría en un silencioso grito mientras mis ojos no podían evitar disfrutarla, acuclillada ante mí, como sacerdotisa erótica de Isis o de Afrodita, cumpliendo con su ritual de amor. Sus juegos con la lengua me hicieron al fin estallar en loco paroxismo de placer. No fue recatada ni pudorosa, tragó toda mi savia con deseos de hembra.
Nos abrazamos y separó las solapas de mi camisa para pegar sus senos a mi pecho. Quise abrir su jean, pero me lo impidió, solo permitió meter mis manos y tocar sus nalgas lisas y duras. Caminamos con calma hacia el muelle, abrazados. De nuevo esa mirada.
Debemos hablar, me dijo. Algo malo presentí, pero no lo mostré.
Diga usted, mi bella dama le dije zalamero.
Dos cosas, una, del uno al diez dime ¿cómo fue ese sexo oral? La pregunta me cogió fuera de base.
Pues te daría un doce. Maravilloso, respondí.
Hay otra cosa que quería decirte desde el primer poema, pero el sentirme cortejada y atendida como lo hiciste me hizo callar, pero ahora te pido perdón por mi silencio.
Un frío recorrió mi espalda y en el estómago aletearon demonios de miedo.
Eres casada o tienes novio ¿verdad?, dije con mucha incertidumbre.
Nada de eso... es que...
Su silencio me exasperó pues calló más de un par de minutos.
¡Dime algo, por favor! ¿Qué pasa?, dije presionándola.
Respondió mirándome fijo: Es que tú y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo. Desde adolescentes, estuvimos juntos en ese refugio una vez. Pero luego viví mucho tiempo en el extranjero hasta que regresé a Cuba.
¡No me jodas!, le dije ¿Tú eras la novia de Roberto Carlos?
No, yo soy Roberto Carlos
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