Lectura

El beso que no morira.(Fragmento)

Por Brian Montero · Mexico · Fantasía

El beso que no morira.(Fragmento)
El asfalto de la Ciudad de México, aún en los años cincuenta, guardaba el calor del día bajo la tenue luz de las farolas. Efraín, un joven de alma melancólica y oficio de librero, arrastraba los pies con la misma pesadez que el último libro del día había dejado en sus manos. Su camino habitual, un atajo por un callejón adoquinado, era su refugio de los ruidos de la urbe, un espacio donde la brisa nocturna susurraba historias olvidadas. Aquella noche, sin embargo, el silencio no era el único compañero.

Al doblar la esquina, sus ojos se posaron en una figura. Recargada contra la pared, en la penumbra que la farola no alcanzaba a tocar, se encontraba una mujer. Su presencia era como una nota discordante en la armonía del callejón. Llevaba un vestido largo, de terciopelo oscuro que parecía absorber la luz, y su piel era tan pálida que rivalizaba con la de la luna que se asomaba entre las nubes. Lo que más le intrigó fue la inusual belleza de sus rasgos: ojos grandes y profundos como pozos de misterio y una melena que caía como una cascada de ébano, tan negra que parecía ser una extensión de la noche misma. En una época de risas y colores vibrantes, ella era una acuarela en tonos de luto, un eco de un tiempo perdido.
Efraín, acostumbrado a los fantasmas de la literatura, no sintió miedo, sino una extraña fascinación. Su instinto le dijo que debía seguir de largo, pero algo lo detuvo. Fue un sutil movimiento de la mujer, un giro de cabeza que lo hizo sentir que ella había estado esperando, no por alguien, sino específicamente por él. Sus ojos, ahora visibles, tenían un brillo que no era de este mundo, una chispa que parecía reflejar la luz de las estrellas de una galaxia lejana.

"Disculpe," murmuró Efraín, sin saber por qué, rompiendo el hechizo del silencio.
La mujer le dedicó una sonrisa, pero fue un gesto que no alcanzó sus ojos. "No hay nada que disculpar, Efraín," respondió con una voz que era como el susurro de las hojas secas, hermosa y llena de melancolía.

Efraín se sobresaltó. No había mencionado su nombre. "Cómo... ¿Cómo sabe mi nombre?"

"La noche susurra muchos secretos a quienes la escuchan," dijo ella, y sus palabras flotaron en el aire, ligeras como el humo. "Mi nombre es Isolda."

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