Susana empujó la puerta con el hombro, la baqueta derecha asomando del bolsillo trasero del pantalón. Llevaba todavía el pulso del ensayo en los dedos: un repiqueteo involuntario contra su muslo, como si el ritmo no la dejara nunca.
-¿Papá? -preguntó, dejando caer la mochila al suelo.
La voz de Franco llegó desde el fondo, entre estantes de libros y el sonido improvisado del jazz.
-¡En el estudio, hija! -respondió sin levantar mucho la voz.
Susana caminó por el pasillo, con esa familiaridad que solo dan los años y la costumbre de saberse bienvenida. Lo encontró frente a su escritorio, gafas torcidas sobre la nariz, revisando un manuscrito lleno de tachones.
-Pareces un cirujano de palabras -dijo ella, apoyándose en el marco de la puerta.
Franco levantó la mirada, sonrió y se quitó las gafas.
-Y tú pareces recién salida de un concierto de los Stones en los años 70, su mejor época para mi por cierto -bromeó-. ¿Cómo te fue esta semana?
Susana soltó una carcajada y se dejó caer en el sillón frente a él.
-Caótica, como siempre. El bajista volvió a llegar tarde a los ensayos, y la vocalista dice que quiere cambiar el nombre de la banda. Ahora quiere que nos llamemos *Cenizas de Abril*.
-¿Y antes cómo se llamaban?
-*Los Inviernos*.
-Bueno... -dijo Franco, sirviéndose un poco de café-, y porque no cenizas de invierno suenan igual de melancólico.
Susana sonrió.
-Sí, pero suena más "poético", según ella. Ya sabes, esas cosas que dicen los cantantes cuando se enamoran o se decepcionan.
Franco asintió, divertido.
-Ah, el combustible eterno del arte: el drama sentimental.
Hubo un pequeño silencio, pero no incómodo. La casa estaba llena de esos silencios cómodos, los que se heredan del cariño.
-¿Y tú, papá? -preguntó Susana al fin-. ¿Cómo va tu semana?
Franco se recostó un poco en la silla.
-Lenta. Estoy editando una novela nueva... del mismo autor que me trajo aquella historia de detectives con un loro como testigo principal.
-¿El del loro que hablaba en clave? -preguntó ella riendo.
-El mismo. Ahora escribió una historia de amor entre dos filólogos que se pelean por una coma.
-Eso suena peligrosamente ortográfico.
Franco rió.
-Tienes razón. A veces me pregunto si los autores me están dejando mensajes cifrados
Susana lo miró con ternura. Le encantaba verlo así, tranquilo, entre papeles, con ese aire de hombre que había hecho las paces con la soledad sin perder la calidez.
-¿Y sigues corriendo en las mañanas? -preguntó ella.
-No todos los días. Ya no me da el cuerpo para tanto. Pero sigo saliendo al parque los miércoles. A veces me acompaña tu tía, cuando no está cuidando a sus plantas.
-Eso suena tan... de jubilado.
-Y eso que todavía trabajo -dijo Franco con una media sonrisa.
Susana miró por la ventana. El atardecer teñía de oro las hojas del naranjo que su madre había plantado años atrás.
-¿Sabes qué es raro? -dijo de pronto-. A veces pienso que mamá estaría feliz de vernos así.
Franco la miró en silencio unos segundos, con esa mezcla de nostalgia y orgullo que no necesita palabras.
-Yo también lo creo, Susie Q -respondió por fin-. Ella siempre quiso que pudiéramos reírnos los viernes.
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