A las cinco y cuarenta de la mañana, antes de que sonara el despertador, Rubén escuchó cómo el sueldo se escapaba de la casa.
No fue un ruido fuerte. Apenas un roce debajo de la puerta, parecido al de una bolsa arrastrada por el viento. Abrió los ojos y permaneció quieto, mirando la oscuridad del dormitorio. A su lado, Patricia dormía de espaldas, con una mano debajo de la almohada. Afuera todavía no pasaban colectivos. El barrio estaba suspendido en ese silencio raro de la madrugada, cuando hasta los perros parecen haber perdido las ganas de defender algo.
Rubén se levantó.
El piso estaba helado. Avanzó en medias hasta el comedor y encontró la puerta cerrada. Miró debajo de la mesa, detrás del sillón, junto a la estufa. Nada. Sobre la heladera estaba el sobre donde había guardado el dinero cobrado el día anterior. Lo abrió.
Quedaban algunos billetes.
Los contó dos veces.
Después una tercera.
No faltaba ninguno, pero Rubén estaba seguro de haber escuchado al sueldo irse.
Preparó el mate sin encender la luz. En Córdoba, pensó, uno aprendía a desconfiar de todo lo que parecía quieto. Del precio de la carne, del pronóstico del tiempo, del patrón que decía quedarse tranquilo, del político que aparecía en televisión con una carpeta llena de números, del médico que afirmaba que no era nada, del auto cuando dejaba de hacer ruido.
También del dinero.
Sobre la mesa había una boleta de electricidad doblada por la mitad. Rubén la abrió. El monto había crecido durante la noche. No demasiado, unos milímetros apenas. Sin embargo, cuando la dejó sobre la mesa, la hoja siguió estirándose. Primero llegó al borde. Después cayó y avanzó lentamente por las baldosas, como una lengua blanca.
Rubén la pisó.
-Quedate ahí -le dijo.
La boleta tembló debajo de la pantufla.
Patricia apareció en la puerta del comedor, envuelta en una bata.
-¿Con quién hablás?
-Con nadie.
-Te escuché.
-Con la boleta.
Patricia miró el papel extendido por el suelo.
-No la pises tanto, que después hay que pagarla igual.
Rubén levantó el pie. La boleta quedó quieta.
Patricia se sentó y tomó un mate.
-Hoy vence la tarjeta.
-Ya sé.
-Y hay que comprarle las zapatillas a Mauro.
-Ya sé.
-No te estoy apurando.
-Ya sé.
Se quedaron en silencio.
El silencio de ellos no era un silencio vacío. Estaba lleno de cifras. La cuota del auto, el alquiler de la hija que estudiaba en Nueva Córdoba, los remedios de la madre de Rubén, la tarjeta, el gas, el seguro, la comida. Cada cifra tenía su propia silla y se sentaba con ellos a desayunar.
Rubén trabajaba desde hacía dieciocho años en una fábrica de autopartes camino a Ferreyra. No ganaba mal, según decían los que no pagaban sus cuentas. Tampoco ganaba bien, según decía la heladera. Ganaba lo suficiente para sostener la impresión de que todavía pertenecía a una clase media que se alejaba de él con la lentitud de un tren visto desde el andén.
A las seis y veinte salió hacia la parada.
El cielo de Córdoba tenía un color gris metálico. Desde alguna casa llegaba olor a café recalentado. Las persianas permanecían bajas y las veredas acumulaban hojas secas. Rubén caminó con las manos en los bolsillos. Al pasar frente al almacén de los Gómez, vio que los precios estaban pegados al vidrio desde adentro, mirándolo.
El cartel de la leche movió los números.
El del aceite carraspeó.
El kilo de yerba se dio vuelta para no saludarlo.
Rubén siguió caminando.
En la parada había seis personas. Conocía a tres de vista: una mujer que limpiaba oficinas en el centro, un muchacho de una empresa de seguridad y un albañil que siempre llevaba una vianda envuelta en una bolsa del supermercado.
Nadie hablaba.
El colectivo llegó lleno.
Rubén subió y apoyó la tarjeta en la máquina. La máquina emitió un sonido triste.
-Saldo insuficiente -dijo.
La voz no parecía electrónica. Parecía decepcionada.
Rubén volvió a apoyar la tarjeta.
-Saldo insuficiente -repitió la máquina-. Como todos.
El chofer la miró.
-Está fallando desde temprano.
-¿La máquina?
-No. Todo.
Le hizo una seña para que pasara.
Rubén viajó de pie, apretado entre cuerpos que olían a jabón, sueño y frío. Por la ventanilla, Córdoba aparecía por fragmentos: talleres mecánicos, estaciones de servicio, galpones, carteles políticos desteñidos, edificios nuevos levantados junto a casas con humedad. En una esquina, una estatua de San Martín se había bajado del pedestal y esperaba el colectivo con el sable debajo del brazo.
Nadie pareció notarlo.
En la fábrica, el supervisor reunió al turno antes de comenzar.
-La producción viene más lenta -dijo-. No se asusten.
Cada vez que alguien decía no se asusten, Rubén sentía que el miedo entraba por alguna ventana.
-La empresa está haciendo un esfuerzo -continuó el supervisor-. Hay que cuidar el trabajo. Evitar ausencias. Bajar costos. Mejorar productividad.
Las palabras salían de su boca y caían al piso convertidas en tornillos. Los operarios las pisaban sin querer. Algunas rodaban debajo de las máquinas.
-Por ahora no hay novedades -terminó.
Rubén conocía bien las novedades que todavía no existían. Primero aparecían como rumores en el vestuario. Después como reuniones breves. Más tarde llegaban impresas en una hoja que alguien debía firmar. Tenían una letra amable y consecuencias feroces.
Pasó la mañana colocando piezas en una línea de montaje. El cuerpo repetía movimientos aprendidos: tomar, ajustar, controlar, soltar. A veces sentía que no era él quien trabajaba, sino sus manos. Rubén permanecía adentro, en algún lugar detrás de los ojos, pensando.
Pensaba en Mauro, que había terminado el secundario y no sabía qué estudiar. En Lucía, su hija mayor, que trabajaba de tarde y cursaba cuando podía. En Patricia, que vendía ropa por internet y guardaba las ganancias en una lata de galletas. En su madre, que cada mes cortaba las pastillas por la mitad para que duraran más.
También pensaba en su padre.
Había sido ferroviario. Creía en el trabajo, en la palabra dada y en la jubilación como una estación al final del recorrido. Murió convencido de que su hijo viviría mejor.
Rubén no sabía si lo había defraudado.
A las doce abrió la vianda. Había milanesa con puré. Cuando clavó el tenedor, la carne le preguntó cuánto había pagado por ella.
-No sé -respondió.
-Deberías saber.
-La compró Patricia.
-Entonces ella sabe.
El compañero de al lado lo miró.
-¿Todo bien, Rubén?
-Sí.
-Estás hablando solo.
-Estoy sacando cuentas.
El compañero asintió.
Hablar solo y sacar cuentas se habían convertido en la misma cosa.
Al salir de la fábrica, Rubén recibió un mensaje de Patricia: "Pasá por el súper. Falta aceite, arroz, jabón y algo para la cena".
Entró en un supermercado de barrio. Tomó un carrito que tenía una rueda torcida. Avanzó por los pasillos mirando los precios. No buscaba productos; buscaba renuncias.
Podía comprar el aceite si dejaba el jabón.
Podía llevar el jabón si elegía arroz más barato.
Podía comprar carne si postergaba las zapatillas.
Podía llevar todo si usaba la tarjeta.
La tarjeta, desde la billetera, empezó a latir.
Rubén la sacó. Estaba tibia.
-Ni se te ocurra -le dijo.
La tarjeta se quedó quieta entre sus dedos.
Una mujer mayor comparaba dos paquetes de fideos. Los sostenía uno en cada mano, como si pesara no los productos, sino dos futuros posibles. Finalmente dejó ambos en la góndola y se fue con las manos vacías.
Rubén sintió vergüenza.
No sabía de qué.
Quizás de haberla mirado. Tal vez de seguir comprando. O de vivir en un país donde cada compra pequeña parecía contener un juicio moral.
En la caja, el total fue mayor de lo que había calculado. Siempre lo era. Entregó los billetes y observó cómo la cajera los contaba.
Uno de ellos intentó regresar a su bolsillo.
La cajera lo atrapó.
-Este está medio rebelde -dijo.
-Debe ser cordobés.
Ella sonrió.
Era una sonrisa cansada, pero verdadera.
Al salir, ya había oscurecido. El aire traía olor a humo y humedad. Rubén caminó hacia la parada con las bolsas cortándole los dedos. A su alrededor, la ciudad encendía sus luces. Los edificios del centro aparecían al fondo como una promesa hecha a otras personas.
El colectivo demoró cuarenta minutos.
Cuando finalmente llegó, Rubén se sentó junto a la ventanilla. Apoyó las bolsas entre las piernas y cerró los ojos.
Sintió cansancio, pero no ese cansancio simple que se cura durmiendo. Era otro. Un agotamiento pegado al pensamiento. La fatiga de calcular antes de desear. De sospechar de toda tranquilidad. De recibir cada buena noticia con una mano y protegerse con la otra. De escuchar que el país estaba mejorando mientras él ajustaba un agujero nuevo en el cinturón.
No odiaba a nadie.
Eso también lo cansaba.
Le molestaban los que gritaban desde la televisión, los que parecían saber exactamente quién tenía la culpa, los que celebraban el sufrimiento ajeno como si fuera una prueba económica, los que prometían regresar para salvarlo, los que hablaban del pueblo sin haber esperado nunca un colectivo bajo la lluvia.
Pero no odiaba.
Rubén no tenía tiempo.
Al llegar al barrio, encontró a Mauro sentado en la vereda.
-¿Qué hacés afuera?
-Se cortó la luz.
-¿En casa?
-En toda la cuadra.
Las ventanas estaban oscuras. Algunas personas habían salido con linternas. Los vecinos hablaban entre sí. Un hombre hacía bromas. Una mujer repartía velas. Desde una casa llegaba una radio a pilas transmitiendo un partido.
Rubén entró.
Patricia había encendido dos velas sobre la mesa. La boleta de electricidad seguía allí, extendida hasta la puerta del dormitorio.
-La pagamos y se corta igual -dijo ella.
Rubén dejó las bolsas.
-Capaz que la luz también necesita descansar.
Cenaron arroz con huevo.
Mauro contó que había visto un curso de reparación de aires acondicionados. Patricia habló de una clienta que le debía dinero. Rubén mencionó la reunión en la fábrica, pero aseguró que no pasaba nada.
Mientras comían, la casa comenzó a inclinarse.
Muy despacio.
Los platos se deslizaron unos centímetros hacia el extremo de la mesa. Las sillas crujieron. Desde la alacena cayó una taza.
-Otra vez -dijo Patricia.
No era la primera vez que ocurría. Algunas noches, la casa se inclinaba hacia el centro de Córdoba. Otras, hacia Buenos Aires. Una vez se había inclinado hacia el aeropuerto y Lucía había llorado sin saber por qué.
Rubén se levantó y colocó un pedazo de madera debajo de una pata de la mesa.
-Ahí está.
La mesa recuperó el equilibrio, aunque la casa continuó torcida.
Después de cenar, salió al patio.
La luz todavía no volvía. El cielo estaba despejado. Sobre los techos del barrio, las estrellas parecían más cercanas. Rubén se sentó en una silla de plástico y escuchó.
Escuchó los murmullos de los vecinos, una moto a lo lejos, el ladrido de un perro, una carcajada. Escuchó el rumor de la avenida. Escuchó el país entero respirando debajo de la tierra.
Era una respiración irregular.
A veces profunda.
A veces cortada.
Pensó en sus hijos. No quería enseñarles a resignarse. Tampoco sabía cómo enseñarles a esperar. Había una diferencia entre ambas cosas, aunque cada día resultaba más difícil reconocerla.
Patricia salió con dos mates.
-¿En qué pensás?
Rubén recibió uno.
-En nada.
-Mentira.
-En cómo seguimos.
-Como siempre.
Él la miró.
-Eso es lo que me preocupa.
Patricia se sentó a su lado. Permanecieron en silencio.
De pronto, desde el interior de la casa llegó un sonido metálico. Rubén entró y encontró el sobre del sueldo abierto sobre la heladera. Los billetes que quedaban habían salido y caminaban en fila hacia la puerta.
Rubén se paró delante de ellos.
Los billetes se detuvieron.
Eran pocos. Estaban arrugados y parecían avergonzados.
-¿Adónde van? -preguntó.
El de mayor valor dio un paso adelante.
-A cumplir con nuestras obligaciones.
-Todavía no.
-No podemos quedarnos.
-Esta es mi casa.
-Precisamente.
Rubén se agachó y los recogió uno por uno. Los guardó otra vez en el sobre y puso encima una taza pesada.
Regresó al patio.
-¿Qué pasó? -preguntó Patricia.
-Nada. Querían irse.
-¿Quiénes?
-Los billetes.
Ella tomó un mate.
-Y bueno. Es su costumbre.
La luz volvió a las diez y diecisiete.
Las casas se encendieron de golpe. Los televisores comenzaron a hablar todos juntos. Una voz anunció que el país avanzaba. Otra dijo que estaba cayendo. Una tercera aseguró que nunca había estado tan cerca de salvarse.
Rubén entró y apagó el televisor.
Después revisó que las puertas estuvieran cerradas, acomodó las bolsas del supermercado y miró a Mauro, que buscaba información sobre el curso en el teléfono.
Antes de acostarse, volvió a contar el dinero.
Faltaba un billete.
Buscó detrás de la heladera, debajo de la mesa, junto a la puerta. No lo encontró.
A la mañana siguiente, camino a la parada, vio algo pegado en la persiana cerrada del almacén.
Era el billete.
Se había convertido en una pequeña bandera.
Flameaba sin viento.
Rubén se quedó mirándolo durante unos segundos. Después siguió hacia el colectivo.
No sabía si aquello era una señal de derrota, de esperanza o simplemente otra forma que había encontrado el dinero para burlarse de él.
La ciudad comenzaba a despertar.
Detrás de los cerros, el sol aparecía con esfuerzo.
Y debajo del asfalto, entre las cañerías, los cimientos y las raíces de los árboles, Córdoba sostenía el peso de todos los hombres que salían a trabajar sin saber con certeza si estaban construyendo una vida o apenas evitando que se derrumbara.
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