Tras el aseo, ambos se cambiaron y se metieron en la cama. Permanecieron un rato en silencio hasta que ella habló:
—Amor, ¿eres feliz?
—Claro, cariño.
—¿Seguro?
—¿Y por qué no?
Freiza tardó unos segundos en responder:
—Porque los recuerdos enterrados siempre acaban regresando.
Después de un rato en silencio, ambos cedieron al sueño, pero en mitad de la noche, un escalofrío hizo despertar a Lintor. Freiza lo estaba abrazando por la espalda; era la forma en que solían dormir.
—Amor —pronunció él—, tienes las manos heladas.
Aunque él sonrió sin abrir los ojos y, durante un instante, sintió una sensación apaciguadora.
Pero entonces recordó.
No fue un recuerdo aislado, sino toda una avalancha que lo atravesó: una discusión, gritos, reproches y la tristeza posterior que su mente habían olvidado. Lintor se sentía confundido porque eran una pareja que se amaba y la envidia del vecindario.
El abrazo de Freiza se hizo más fuerte, tanto que casi incomodaba a Lintor, por lo que él intentó zafarse, pero los brazos se cerraban más cada vez.
Ella esbozó una sonrisa y le dijo:
—Ya lo recuerdas, ¿verdad?
—Yo… ¿De qué hablas?
Freiza sonrió.
—Fuiste tú —Entonces, el recuerdo que llevaba meses en el olvido, invadió la mente de Lintor: Un día de lluvia, un barrizal, un reproche, la discusión en mitad de un camino y la bofetada que desembocó en un golpe mortal contra una piedra —, tú me mataste.
Segundos después, el pecho de Lintor crujió y se convirtió en un amasijo de sangre, carne y huesos quebrados; estaba muerto.
—Pero ahora, Lintor, estaremos juntos para siempre.
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