Lectura

La vida que no vivimos

Por Rey Neira Bustamante Admin · Chile · Amor

La vida que no vivimos
Te escribo esto no para reclamarle al tiempo, sino para rescatar del olvido los días que nos inventamos en el aire. Es extraño cómo funciona la memoria; a veces uno no solo extraña lo que pasó, sino también aquello que estuvo a punto de ser y que se quedó suspendido en el plano de los deseos. Hoy pensaba en nosotros. Bueno, en el "nosotros" que no fue. Pensaba en la cantidad de cosas simples que dejamos varadas en el camino, solo por no haber estado juntos. Nos perdimos una vida entera, ¿sabes? Una vida hecha de retazos pequeños, de esos que no salen en las biografías pero que te llenan el pecho.
Nos perdimos las puestas de sol. Esas tardes largas en que el cielo se pone tan rojo que parece que va a encender el mar. Me habría gustado estar ahí, en silencio, sintiendo cómo el frío de la tarde empezaba a bajar mientras tú te acomodabas contra mi hombro, buscando un poco de abrigo. También nos perdimos la complicidad de plantar los pies en la arena húmeda, uno al lado del otro, y mirar atrás para ver cómo la primera ola se llevaba nuestras huellas, dejándonos intactos a nosotros. Sé que habríamos juntado conchitas en la playa. Las habríamos guardado en un frasco de vidrio sobre algún mueble de la casa, como quien encierra un domingo eterno para cuando el invierno se pusiera difícil. Hoy miro mis estantes y solo veo frascos vacíos.
A cambio de todo eso, la vida solo nos dio un destello. ¿Te acuerdas de ese día? No podíamos vernos, no importa por qué, pero el destino quiso que nuestros caminos se cruzaran en una carretera. Tú viajabas desde el litoral hacia Santiago y yo iba desde Santiago hacia Viña. Íbamos tan cerca y tan prohibidos, cada uno como copiloto en autos distintos.
Te pedí entonces que hicieras algo en secreto, sin que nadie a tu alrededor se diera cuenta. Te dije: "Conecta el mapa virtual". Yo hice lo mismo. Nos quedamos fijos mirando esas pantallas, viendo cómo la distancia se reducía a segundos. Y de pronto, ocurrió. Fue solo un flash, un parpadeo que no duró nada. En el mapa virtual, las dos lucecitas parpadearon y se juntaron en un mismo punto del camino. En ese milisegundo supimos que estábamos a solo unos metros de distancia, respirando el mismo aire de la autopista, pero a la vez tan dolorosamente distantes. Dos luces que se tocaron en una pantalla mientras la velocidad nos arrastraba en direcciones opuestas. Eso sí lo vivimos. Fue nuestro único cable a tierra.
Y en todo ese tiempo te recordé, te deseé, te añoré... no te imaginas cuánto. Te vi crecer en mi mente y en mi corazón a mi imagen y semejanza. Sabía perfectamente la forma que dejabas en mi cama después de que te levantabas, sabía cuánta azúcar ponías al café, sabía cuánto tardabas en la ducha, sabía exactamente en qué momento cerrabas los ojos al besar.
Me encantaba escuchar tu voz con ese acento tan particular. En todos los años que no estuviste conmigo aprendí a conocerte de memoria; por ejemplo, tu forma de levantar la ceja cuando te enojabas, o cómo se te atropellaba la lengua por expresar rápidamente tus ideas. Me gustaba sentir tu cara en mi espalda, me matabas de amor con tus carcajadas. Pasábamos horas hablando, solo con unos cafés y mi coñac. Jamás pudiste ser mi crítica literaria, pues amabas todo lo que yo escribía... Te dormías con la punta de mi pijama fuertemente agarrada; decías que así no te perdías cuando soñabas. Toda una vida creando una imagen tuya... toda una vida esperando el milagro de que regresaras a mí, toda una vida en mi cabeza... toda una vida pendiente del teléfono.
Sin embargo, más allá de la poesía de las playas, de los mapas virtuales o de esta hermosa arquitectura que construí en mi mente, lo que de verdad me duele es la vida de carne y hueso que nos perdimos. El amor de todos los días, el que no tiene luces de neón pero sostiene los inviernos.
Nos perdimos el caos de las mañanas. Me habría encantado compartir contigo ese terremoto diario de despertar temprano, vestir a los niños a la carrera entre uniformes y mochilas, y salir juntos a dejarlos al colegio antes de que cerraran la puerta. Nos perdimos el regreso a casa con el auto en silencio, suspirando de alivio, listos para empezar la jornada de trabajo. Nos perdimos el trabajar juntos, el hombro con hombro en el negocio. Me hace falta esa complicidad de compartir las responsabilidades diarias, de mirarnos de reojo en mitad de una tarde pesada y saber exactamente qué está pensando el otro. Habernos apoyado en los días difíciles, ser un equipo no solo para los besos, sino para sacar adelante el día a día, celebrando juntos cada pequeño logro de nuestro trabajo como si fuera una copa del mundo.
Nos perdimos la simpleza de cuidarnos. El estar ahí para compartirte mis remedios cuando te sintieras mal o cuando te atacara un resfrío fuerte. Prepararte un té caliente a media tarde, sin que me lo pidieras, solo porque sé leer tus ojos y sé cuándo estás cansada. Nos perdimos las discusiones tontas por quién se quedó con la mejor parte de la manta en la noche y el olor a pan tostado por la mañana. Todo eso que no es romántico, pero que es la casa, que es la vida real.
Pero de todo lo que no nos va a tocar, creo que lo que siempre vuelve a mi mente es una tarde de lluvia que imaginé hace poco. Habríamos salido de algún lugar sin paraguas, completamente desprotegidos contra el cielo que se caía a pedazos. En lugar de refugiarnos bajo un techo, nos habríamos mirado y habríamos empezado a correr. Imagino tus zapatos empapados, tu pelo pegado a la cara y tu risa limpia por encima del ruido de los truenos. Habríamos cruzado la calle corriendo, tomados de la mano, justo cuando el agua de las cunetas ya llega hasta los tobillos, salpicando todo a nuestro paso. Habríamos llegado al otro lado tiritando, empapados hasta los huesos, pero con el corazón latiéndonos en la boca del estómago. En lugar de eso, nos tocó la prudencia de ver llover desde ventanas distintas, cuidándonos de no mojarnos los pies.
Dicen que las cosas que no suceden se mueren, pero yo sé que no. Yo creo que esa vida que no vivimos sigue existiendo en alguna parte. Es un universo paralelo, un lugar secreto donde tú y yo sí nos atrevimos. Allá el frasco de conchitas está lleno en la repisa, la alarma suena temprano para armar las mochilas, compartimos el café en el trabajo, tú me quitas el pijama para no perderte y la ropa se está secando detrás de la puerta después de haber cruzado la calle con el agua a los tobillos.
Te escribo esto solo para que lo sepas. Para que, si alguna vez miras el mapa virtual en la carretera, o si te pilla un aguacero en la mitad de la calle, sonrías un poco y te acuerdes de que, en alguna línea del tiempo que no pudimos descifrar, tú y yo lo vivimos todo. Aunque haya sido, durante toda una vida, aquí adentro de mi pecho.

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