Madre:
No sé si esta carta llegará. No sé si querrás leerla.
Pero tengo que intentarlo. Porque me estoy muriendo y no quiero irme sin decirte algo que nunca supe decir:
Perdón.
[...]
Tú me pariste. Yo te di una vida de dolor.
Robé. Mentí. Le pegué a quien no debía. Metí las manos donde no me llamaban. Hiciste bien en no visitarme.
Pero te escribo igual.
[...]
No te pido que me entiendas. No hay entendimiento para lo que hice.
Solo quiero que sepas que en esta celda, en las noches frías, te recuerdo.
Tu voz. Tu comida. La forma en que me arropabas.
Yo era un niño, madre. Un niño que creció torcido. Y tú hiciste lo que pudiste.
El torcido fui yo.
[...]
Hay algo que nunca te dije.
Estoy enfermo. SIDA.
Me lo dieron por compartir aguja. Por fiarme de quien no debía. Por vivir como si el cuerpo fuera eterno.
No te lo dije antes para que no sufrieras. Preferí que me odiaras vivo a que me lloraras enfermo.
Ahora ya no puedo esconderlo más. La tos me delata. El médico dice que me queda poco.
[...]
No quiero que vengas. La cárcel no es lugar para ti.
No quiero que me veas salir en caja.
Pero quiero que sepas que antes de irme pensé en ti.
En el día que me enseñaste a atarme los cordones.
Ese día fui feliz. Y no lo supe.
[...]
Me arrepiento de los golpes que di.
De las lágrimas que causé.
De las noches que te dejé sola esperando el teléfono.
De no haberte dicho te quiero más veces.
[...]
El SIDA no es un castigo, madre.
He conocido aquí dentro a hombres buenos que lo tienen. Y a hombres malos que no.
No hay justicia. Solo mala suerte y peores decisiones.
Las mías fueron las peores.
[...]
Pero si algo me ha enseñado esta celda es que el amor no se merece. Se da.
Y tú me diste hasta que no te quedó nada.
Ahora me toca a mí darte algo.
Te doy la verdad.
Te doy el perdón que nunca supe pedirte.
[...]
No te pido que me respondas.
Solo te pido que sepas que, en el fondo de esta celda, hubo un hijo que sí te quiso.
Pero no supo cómo.
[...]
Cuídate, madre. No te enfermes de pena por mí.
Yo ya estoy muerto. Tú todavía puedes vivir.
Y si algún día te acuerdas de mí, recuerda al niño que se ataba los cordones, no al hombre que se los ataron para esposarlo.
Ese niño sí te quería.
El otro no.
[...]
Adiós, madre. Gracias por haberme parido.
?
La carta llegó tres semanas después de que él muriera. La madre la recibió sentada en la misma silla donde tantas noches esperó el teléfono.
La leyó entera. Lloró. La guardó en la biblia de la familia, junto a la foto de su hijo cuando era pequeño, cuando aún se ataba los cordones solo.
Ella lo recordó siempre como un niño.
Él murió queriendo serlo otra vez.
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