A ustedes, los que ya no están.
A los que aún siguen.
A los que están por irse:
No sé cómo empezar esta carta.
He escrito recetas, informes, historias clínicas.
Nunca una carta.
Ustedes me llamaban doctor.
Yo quería llamarlos hermanos. Pero no me atrevía.
[...]
Los primeros años fueron duros.
Llegaban y en pocas semanas se iban.
Sin tiempo para despedirse.
Sin tiempo para que yo aprendiera sus nombres.
Yo recetaba placebo sin saberlo.
No había nada.
Ustedes morían. Yo me quedaba con las manos vacías.
[...]
Recuerdo a la primera.
Una mujer joven, pelo largo, ojos asustados.
Me dijo: "Doctor, no me deje sola."
No la dejé.
Pero la muerte sí.
Desde esa noche duermo mal.
[...]
Ustedes no me odiaron.
Eso es lo que más duele.
Porque yo me odiaba por no salvarlos,
y ustedes me daban las gracias por una aspirina.
No sabían que lloraba en el coche antes de llegar a casa.
Que miraba sus análisis como una sentencia.
Que fingía estar seguro cuando por dentro estaba hundido.
[...]
Llegaron los retrovirales.
No la cura, pero un respiro.
Ustedes vivían más.
Un cumpleaños más.
Una Navidad más.
Un te quiero más.
Yo también vivía más.
Pero con la angustia del virus que mutaba,
de los medicamentos que fallaban.
Ustedes no se quejaban.
Solo querían vivir.
[...]
He visto parejas despedirse en la sala del hospital.
Madres sostener la mano de hijos que se iban antes.
Niños preguntar por qué se cansaban tanto.
He visto todo eso.
Y no he podido evitarlo.
Pero ustedes me enseñaron algo que ningún libro de medicina me dio:
que la muerte no es el final de todo.
[...]
No les escribo para que me absuelvan.
Les escribo para que sepan que no los olvido.
Cuando veo una silla vacía en la sala de espera, sé de quién era.
Cuando alguien tose en la calle, me giro.
Cuando suena el teléfono de madrugada, temo que sea uno de ustedes.
[...]
Ahora la ciencia avanzó.
Ustedes viven más.
Algunos casi no se enferman.
Yo veo sus caras y sonrío.
Pero no olvido a los que se fueron antes.
A los que no alcanzaron los cócteles.
A los que se llevaron sus sueños en una bolsa de plástico.
[...]
Si alguien está leyendo esto desde una cama,
desde el miedo de un diagnóstico reciente,
quiero decirle:
No está solo.
Yo estoy.
Aunque me tiemblen las manos.
Aunque a veces también quiera llorar.
Estoy.
Y mientras haya un solo paciente con VIH,
seguiré escribiendo recetas, sosteniendo manos.
Porque ustedes me hicieron médico de verdad.
El que se queda cuando todos se van.
[...]
Gracias por dejarme acompañarlos.
?
Esta carta no fue encontrada entre sus papeles. El médico la escribió una madrugada de insomnio, la metió en un sobre sin destinatario y la guardó en el cajón de su escritorio.
Cuando él enfermó -no de SIDA, de cáncer- pidió que la quemaran. Pero alguien la rescató.
Los pacientes del médico, los que habían muerto años atrás, lo esperaban. Cuando llegó, solo le abrieron los brazos.
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