Lectura

El niño del paño de terciopelo rojo

Por Rey Neira Bustamante Admin · Chile · Historia real

El niño del paño de terciopelo rojo
En la esquina de Mapocho con San Martín, cuando Santiago todavía olía a
carbón mojado, sopaipillas recién fritas y fierro caliente, había un niño de doce
años que soñaba con las manos.
No soñaba dormido, no. Soñaba despierto, con una máscara de chispas
frente al rostro y un alambre entre los dedos.
Se llamaba Raimond.
Había dejado la casa de su madre para irse a vivir con su padre, no por huida
ni por tristeza, sino porque entre ambos existía una unión profunda. Admiraba
todo lo que hacía aquel hombre bueno,
trabajador y paciente, que parecía capaz de reparar el mundo con
herramientas simples. Su padre era soldador, y además de talentoso, era
cariñoso, cercano, de esos hombres que abrazan con hechos y con palabras.
Tenía un local en el mercado persa, y la familia entera parecía haber echado
raíces allí. Su padre tenía un taller de cerrajería. Su abuelo tenía un local de
rodamientos. Su tío tenía un local de repuestos de autos. Y una tía tenía un
local de herramientas. Todo estaba unido por pasillos estrechos, techos de
lata y voces que se cruzaban como palomas.
Raimond no veía aquello como pobreza ni sacrificio. Lo veía como un reino.
Mientras otros niños corrían detrás de una pelota, él juntaba trozos de hierro,
clavos torcidos, resortes vencidos y alambres sobrantes. Los observaba como
quien escucha secretos. Después los acercaba al fuego, y de la nada nacían
figuras.
A los doce años ya hacía dos obras que causaban asombro: un Don Quijote
flaco, con lanza torcida y caballo imposible, y una Torre Eiffel delicada, hecha
de pura paciencia.
No existían revistas de arte en la casa. No había internet, ni tutoriales, ni
fotografías abundantes.
Esas imágenes llegaban desde calendarios viejos, postales gastadas o algún
libro prestado. Pero al muchacho le bastaba una mirada para guardar la forma
en la memoria. Cada domingo, su abuelo le pasaba un pequeño tesoro: un pañito de
terciopelo color burdeo que la abuela había enviado desde la casa.
-Para que pongas tus maravillas ahí -decía.
Y Raimond salía con sus dos esculturas hacia la vereda, justo donde se
armaba la feria dominical.
Aquello era una fiesta. Gente vendiendo frutas, discos usados, lámparas sin
pareja, relojes
detenidos, santos de yeso, revistas prohibidas, ropa americana, loza trizada,
cuchillos, juguetes, promesas.
Pero lo mejor llegaba en verano.
Un bus de turistas se estacionaba en la esquina.
Bajaban extranjeros de todas partes: argentinos hablando fuerte, brasileños
riéndose con música en la voz, estadounidenses cargados de cámaras,
españoles curiosos y elegantes. Caminaban mirando todo como si hubieran
entrado a otro mundo.
Y muchos terminaban detenidos frente al pañito de terciopelo.
-How much?
-¿Cuánto vale?
-Muito bonito!
-Che, mirá eso...
Raimond apenas entendía idiomas, pero entendía las miradas. Sabía cuándo
alguien admiraba de verdad. Y cuando le compraban una pieza, sentía que el
corazón le quedaba más grande.
Una mañana de verano ocurrió algo que no olvidaría jamás.
Del bus bajó un matrimonio con una niña.
No tendría más de trece años.
Era pelirroja, con el cabello largo y crespo cayéndole sobre los hombros como
una llamarada suave. Tenía la piel clara, pecas en
la nariz y unos ojos azules que parecían demasiado limpios para ese barrio de
polvo y bocinazos.
Ella lo vio. Él la vio.
Y el ruido de la feria desapareció.
No se dijeron una sola palabra.
No sabían cómo.
Se quedaron mirándose como si ambos reconocieran algo antiguo, algo que
no tenía nombre.
La niña se acercó al pañito. Tomó con cuidado la Torre Eiffel y sonrió.
Raimond quiso decirle que él la había hecho, que podía fabricar otra, que si
se quedaba un rato más le haría una para ella.
Pero la lengua no le obedeció.
Ella tampoco habló. Solo lo miró otra vez.
Los padres se dieron cuenta y se rieron con ternura.
Pero el tiempo, caprichoso, ya estaba andando.
-Tenemos que seguir -dijeron.
La niña obedeció.
Se alejó caminando despacio, volviendo la cabeza una vez, luego otra, hasta
perderse entre la multitud.
Raimond siguió de pie junto al pañito, inmóvil.
No supo su nombre.
No supo de qué ciudad venía.
No supo si pensó en él después.
Solo supo que, por primera vez, algo
podía doler sin haber empezado.
Pasaron los años.
Y aunque la vida avanzó con su ruido de obligaciones, cuentas, trabajos y
despedidas, Raimond nunca olvidó a la muchacha de ojos azules. No la recordaba todos los días, pero bastaba ver una cabellera rojiza, escuchar un
acento español o encontrar una vieja figura de metal para que aquella
mañana de verano volviera intacta.
El chico creció.
La voz se le volvió grave, las manos más fuertes y la mirada más cauta. Tuvo
varios negocios: algunos prosperaron, otros se fueron abajo como castillos de
arena. Aprendió a
empezar de nuevo una y otra vez.
También amó.
Vivió tres relaciones importantes, intensas y verdaderas a su manera. De ellas
nacieron dos hijos, que se transformaron en el centro silencioso de su
existencia.
La vida también lo llevó lejos de Chile.
Durante un tiempo vivió en Valencia, y más precisamente en Sagunto. Allí
pasó una temporada breve, pero suficiente para guardar recuerdos
imborrables.
Tuvo un bar en Puerto de Sagunto, un lugar frecuentado mayormente por
andaluces, lleno de risas fuertes, historias largas y
amistades rápidas.
Después regresó a Chile.
Volvió siendo ya un hombre maduro, curtido por la experiencia. Y comenzó
otra vez desde abajo, trabajando en rubro de la tecnología, oficio al que
estaría muchos años dedicado.
Pero en paralelo nunca dejó del todo sus antiguas pasiones.
Seguía creando cosas nuevas.
Era capaz de mirar objetos abandonados donde otros solo veían basura.
Tomaba trozos de madera, remos gastados, maletas viejas, ollas olvidadas,
fierros torcidos, piezas sueltas, restos sin destino... y les devolvía una
segunda vida.
Los instrumentos musicales eran su debilidad.
No los reparaba: los reinventaba. Una guitarra podía convertirse en un bar, un
violín en lampara, un acordeón en pieza decorativa, una trompeta en
escultura. En sus manos, lo que había dejado de sonar comenzaba a contar otra
historia.
Después de algunos años de pandemias y viajes equivocados
Vivió a trabajar en tecnología, estaba en ese tema.
Hasta que un día cualquiera, de esos que parecen no traer nada especial,
entró una mujer al local.
Melena crespa completamente blanca, ojos azules intensos
A pesar de demostrar cierta edad tenia un rostro muy hermoso.
Tendría casi la misma edad que él.
Pidió una consulta sencilla sobre un computador, pero bastaron dos
frases para que la conversación se alargara.
-Yo estuve en España alguna vez -le dijo Raimond-.
Conocí Sagunto.
Viví un tiempito corto allá. Incluso tuve un bar en Puerto de Sagunto.
Ella lo miró con interés.
-¿De verdad? Qué curioso.
-Sí... el bar era de ambiente andaluz. Mucha buena gente por ahí.
La mujer sonrió.
-Yo soy de Madrid -respondió-, pero conozco Sagunto. También conozco
Sagunto ciudad. Estuve una vez en el coliseo romano... precioso lugar.
Siguieron conversando.
Entonces ella agregó, casi como
quien recuerda algo guardado por décadas:
-Pero yo también conocí Chile hace muchísimos años... siendo una niña.
Raimond levantó la vista.
-¿Ah, sí?
-Sí. Un domingo de verano, la empresa de turismo nos llevó a conocer una
feria muy famosa que había en Santiago. Fue una feria muy grande y muy
linda. Allí, recorriendo los puestos, conocí a un muchacho que hacía
esculturas de hierro. Un niño moreno muy serio... Raimond levantó la vista, miró a la española y le dijo:
-¿Ese muchacho hacía esculturas de Don Quijote y la Torre Eiffel?
Ella quedó inmóvil.
Los dos se miraron en silencio.
Y en ese instante comprendieron que el destino, por algún motivo y por
alguna extraña razón, los había unido de nuevo.
Era ella.
La niña que una mañana de verano se había detenido frente a él mientras el
mundo desaparecía alrededor.
La misma de la que quedó perdidamente enamorado sin haber pronunciado
una sola palabra.
La misma que recordó durante toda la vida.
Por supuesto, las cosas ya habían cambiado.
Los dos tenían su vida hecha.
Ella debía regresar a España junto a su familia y a su esposo.
Él debía quedarse en Chile, con su trabajo, sus recuerdos y esperanzas
jamás abandonadas.
No había promesas posibles.
Solo quedaba una noche.
Y esa noche Raimond la invitó a tomar una copa.
Se sentaron en un bar tranquilo, con luces tenues y música baja, como si el
lugar hubiese sido reservado para ellos por el mismo destino que los reunió.
Hablaron durante horas.
Se contaron todo lo vivido desde aquella mañana de verano hasta
ese presente inesperado.
Los caminos tomados, las ciudades recorridas, los amores encontrados y
perdidos, los hijos, las alegrías pequeñas y las heridas secretas. Raimond le confesó que jamás la olvidó.
Ella lo miró largamente antes de responder.
Y entonces le dijo que a ella también le había ocurrido algo parecido.
Que muchas veces recordó al muchacho del pañito de terciopelo.
Que jamás imaginó que algún día podría volver a encontrarlo.
Cuando amanecía, salieron del bar.
La luz gris de la mañana caía sobre
las calles vacías.
Se quedaron frente a frente, sabiendo que algunas historias llegan tarde, pero
llegan.
Se abrazaron largo rato.
Después vino un beso lento, lleno de ternura y despedida.
Y sin decir demasiado, cada uno partió por su lado.
Muy difícilmente volverían a verse.
Pero esta vez no se iban con una pregunta.
Se iban con una historia completa.
Ah... perdón.
Hay algo que se me olvidó contar.
El nombre de ella.
Sí, porque después de todo este cuento del pañito de terciopelo, no
le podía dejar eso afuera.
El nombre de la niña de ojos azules, de hermoso pelo crespo color cobre, era:
Kat de las Nieves

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Comentarios

Prof. José Núñez

¡Hermoso relato!
"...algunas historias llegan tarde, pero
llegan..." Gracias por compartirlo.

Enrique A Meitin

estimado

Delphina

Me encanta esta historia. Casi estuve parada observando las esculturas.