Miau...miau...miau. Quiero comenzar mi historia con unos maullidos, puesto que soy una gata que, pese a mis pocos años vividos creo haber agotado ya varias de mis "siete vidas" y eso me tiene un tanto preocupada.
Seguramente ustedes querrán saber cual es mi nombre, pero debo decirles que nosotros, los gatos domésticos no nos reconocemos por ninguno de aquellos nombres que nos suelen colocar nuestros amos humanos ya que, en su gran mayoría suelen ser tan feos y ridículos que nos daría mucha vergüenza reconocernos con aquellos, por eso, a diferencia de los perros que, con tal de agradar a sus amos se prestan para cualquier cosa, en cambio, nosotros, los gatos no estamos pendiente de lo que les guste o no a los humanos, ya que al final son ellos quienes terminan adaptándose a nosotros, no como ocurre con los perros, porque ellos no tienen dignidad, pero nosotros si, eso no lo duden.
Dicho esto les trataré de relatar mi historia de la manera mas simple y sencilla para que así, cualquier ser humano sin importar su edad o condición la pueda entender.
Pero antes quiero explicarles algo importante, tal vez no lo sepáis pero nosotros los gatos domésticos y también debo de reconocer que los perros entendemos perfectamente el lenguaje de los humanos en cual quiera de sus idiomas o dialectos, esa es una cualidad que hemos desarrollado a lo largo de nuestra convivencia con ellos, pero como no podemos hablar tenemos que tratar de hacernos entender con nuestros maullidos y gestos. Eso, en general ya que en mi caso, yo debo de ser una gata especial pues me he dado cuenta de que puedo trasmitirles mis ideas y pensamientos a alguno de ellos, no sé como sucede, pero la cuestión es que así me sucede, de esa forma le he estado trasmitiendo todo esto a aquel que está escribiendo mi historia, aunque él se imagina que es algo que se le está ocurriendo, en fin, más adelante les hablaré de él, por ahora ¡Vayamos pues a ella!
Capítulo 1: Mis primeros años.
Recuerdo que siendo muy pequeña me separaron de mi madre y hermanos y me llevaron en una caja de cartón hasta el hogar de una mujer anciana, creo que se llamaba Olga o algo así, ella resultó ser una abuelita muy cariñosa, fue mi primera ama.
En esa casa había también otras mascotas: Dos gatos adultos y un perro cachorro como de mi misma edad. Aquellos dos gatos no me tomaban en cuenta, pero con el perrito nos hicimos buenos amigos, lo cual echa por tierra aquello de que "los perros y los gatos son enemigos ancestrales", creo que es solo un mito que algunas mentes interesadas han propagado, puede que antaño haya sido así, pero ahora, en los tiempos que vivimos ya nos hemos adaptados a vivir juntos, aunque a veces no sucede así.
Con aquel perrito jugábamos, yo lo molestaba y él me perseguía, pero como yo era mucho más ágil solo me dejaba alcanzar cuando quería que me mordisqueara el cuello, haciéndome cosquillas, ya que eso me gustaba mucho.
Así fue transcurriendo mi niñez, aunque en mi caso debería decir "mi gatez" creo, lo que sí recuerdo es que en ese hogar tuve mucho cariño y fui creciendo sin sobresaltos pues tenía mi comida asegurada y no me faltaba nada. Creo que fui muy feliz en ese hogar.
Una vez me atreví a subir al techo y como soy de naturaleza muy curiosa quise conocer un poco más de lo que me rodeaba, salté de un techo a otro y luego a otro y entonces me di cuenta de que me había extraviado, sentí mucho miedo ya que escuchaba los ladridos de los perros de los alrededores. Desorientada no me atrevía a seguir porque intuía que en vez de acercarme a mi hogar cada vez me alejaba más de aquel.
Fue entonces cuando lo conocí a él: Era un enorme gato de abundante pelaje negro, se acercó sigilosamente a mí, yo sentía mucho miedo, él se dio cuenta y para tranquilizarme comenzó a ronronear, cuando estuvo a mi lado me dijo:
_ ¿Qué andas haciendo por estos lados pequeña? ¿Acaso no sabes que estás dentro de mi territorio?
Le contesté que me había perdido y que aquella era la primera vez que subía a los techos., que lo único que deseaba era poder regresar a mi hogar.
El me observó con atención luego me dijo:
_¡ Humm! Eso si que es un problema, yo conozco bastante este vecindario, pero nunca te había visto a ti, no sé como ayudarte, aunque seguramente tus amos ya deben de andar buscándote, se ve que eres una gatita muy bien cuidada, no eres "una gata de techos"
Y así era, en efecto mi ama y otras personas ya me andaban buscando y como aún no se hacía de noche alguien me divisó y les avisó, entonces un hombre puso una escala, se encaramó en ella y logró alcanzarme, yo, en verdad estaba tan asustada que creo que le clavé mis uñas, pero él no me soltó y me devolvió finalmente a mi ama. Así terminó felizmente mi primera escapada por los techos.
La primera dije, puesto que con el correr de los días se me fue pasando el miedo y decidí volver a subir al techo, pero esta vez me preocuparía de no perderme para poder regresar en cuanto quisiera. En verdad lo que deseaba y me animó a hacerlo fue que quería volver a ver a aquel gato negro, ya que me había causado una buena impresión. Ya comenzaba la primavera y un tibio sol calentaba el aire, recorrí un poco, aunque sin alejarme demasiado pero no lo encontré. Cuando regresé vi que los dos gatos que vivían en mi casa se me acercaban sigilosos.
_ ¡Vaya que has crecido pequeña! Me dijo uno de color blanco con negro.
_ ¡Sí! Ya no eres una gatita y eso me gusta. Me dijo el otro que tenía el pelaje rayado.
Desde aquel día ambos comenzaron a interesarse en mí y se disputaban mi amistad, pero en verdad, a mi no me interesaban ellos ya que seguía pensando en aquel gatazo de color negro con el cual solo habíamos intercambiado solo unos pocos maullidos.
Como el tiempo ya había mejorado y los rayos del sol entibiaban los techos, me acostumbre a trepar hasta el tejado de la casa y allí me quedaba durante largas horas observando todo lo que sucedía a mi alrededor, por ejemplo, veía a quien entraba o salía de la casa, también me gustaba molestar al perrito que ya había crecido bastante y desde abajo me pegaba unos potentes ladridos, pero a mi no me asustaban, a veces cuando bajaba continuábamos con nuestros juegos, pero ahora él era mas grande que yo y sus mordeduras me dolían y entonces le enterraba mis uñas para que me soltara y hacía lo hacía aullando lastimeramente.
Así, hasta que un día lo divisé ¿A quién se preguntaran ustedes? Pues a él, a aquel hermoso gato de pelaje negro que al verme comenzó a acercarse a mi techo.
De inmediato corrieron hacia él los dos gatos que vivían en la casa, pero al verlo más de cerca, ambos agacharon las colas y se retiraron ya que, en verdad, ni entre los dos le podían hacer el peso a aquel gatazo. Cuando estuvo cerca de mí se echó tranquilamente observándome atentamente como si no me conociera. Yo no hallaba que decirle, pero fue él quien maulló primero: _¡No me digas que tú eres la misma gata que andaba perdida tiempo atrás!
_ Así es, pero eso fue hace tiempo, ahora ya conozco todo este vecindario ¿Y tú, que andas haciendo por aquí? Le dije.
Me contestó que andaba recorriendo por el barrio ya que su hogar no quedaba muy lejos y miau...miau...miau. Así comenzó nuestra amistad (continuará)
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