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4 La llegada de los espectrum

Por Pablo Manrique Sánchez · Costa Rica · Ciencia Ficción

4 La llegada de los espectrum
4- La llegada de los espectrum. Pablo Manrique Sánchez

Divana examinaba el mejor lugar del río para lavar las pieles de castores y nutrias que su padre, el viejo Ramum, había recogido esa mañana de las diferentes trampas colocadas en sus tierras la tarde anterior.
Conocía un sitio en lo alto donde la corriente era fuerte, pero a la vez el agua se empozaba. Esto porque si algún cuero se le escapaba de las manos no le fuera muy difícil recuperarlo.
Divana acababa de celebrar los catorce tiempos dorados. Sumamente bella, fuerte y sana. No era muy alta, pero, su tonificado cuerpo la hacían verse mayor. Sus cabellos color zanahoria, profundos ojos azules y una piel blanca como el algodón, engalanaban a la moza.
Ramum había especializado a sus hijas en el arte de curtir las pieles. Negocio que, aunque fuera de mucha competencia, siempre resultaba muy beneficioso en la Ciudad de las Piedras.
Para el oficio, el amoroso padre había adquirido su propiedad muy cerca del rio Kalantor, en las montañas situadas en la parte norte de la ciudad. Esto le facilitaba la obtención de materia prima de varias clases, el tratamiento de pieles y cueros, y cada cuenta de lunas bajar y hacer sus entregas.
Después de probar en todos los puntos accesibles, la joven por fin logró encontrar el lugar perfecto para cumplir su labor. Debía limpiarlas de sangre y suciedad para luego ser procesadas por medio de algunos polvos y el magnífico calor de la gran estrella mayor.
Casi siempre era necesario aplicar fuego, por lo que se debían mantener los hornos con suficiente leña y nunca dejarlos apagar, o la producción se atrasaría hasta volver a conseguir la útil herramienta.
Ramum ya había sido informado sobre los alcances logrados en la Ciudad con el tema del fuego; por lo que ya se había preparado para en la próxima visita a la metrópoli; conocer ese poder personalmente.
El sitio era en realidad bien pintoresco. Una cámara de vegetación encapsulaba la caída de una vigorosa cascada. El agua se estancaba unos cinco metros en un diámetro de unos ciento cincuenta pies, para luego seguir su curso.
Lo usual era que Divana siempre fuera a lavar las pieles con su hermana menor Lubana, pero esa mañana la niña había amanecido indispuesta y todo el trabajo se le recargó a la hermana mayor.
- ¡Cinco pieles más y termino! - Pensaba Divana.
-Lo mejor es que en la tarde en clases podre verme con Wakan- la chica estaba bien enamorada de un mozuelo de su edad que estudiaba con ella raíces y escritura, en el conservatorio del maestro Mantor.
La zona norte era famosa en toda la ciudad por su producción y crecimiento. Cultivos y lecherías alimentaban parte importante de la población. Los talleres de ropa y armas trabajaban jornadas importantes. La educación también interesaba a los padres por lo que niños y muchachos, debían asistir a clases regularmente.
Momentos después, mientras la chica lavaba la última piel algo extraño empezó a suceder. Todo se obscureció. Divana no podía saber si se trataba de un eclipse ya que la espesa vegetación del lugar no la dejaba observar el cielo. Pero acompañado de las terribles tinieblas que en ese momento transcurrían, una inesperada y poderosa lluvia empezó a caer y con ella vinieron los implacables relámpagos.
Un gran terror sintió la joven, que solamente pudo pensar en refugiarse debajo de unos arbustos cercanos. Era un fenómeno totalmente inesperado e inusual y estaba sucediendo demasiado rápido. De pronto, movimientos terrestres empezaron a gestarse, temblores similares a la caída de grandes rocas en terraplén.
El pecho parecía que le iba a estallar a la pobre chica. Su situación era difícil ya que se encontraba bastante lejos de su hogar como para ser escuchada. Las lágrimas le corrían por el rostro y su agitación no la dejaba pensar ni moverse.
De pronto y como por arte de magia todos los fenómenos cesaron. Las tinieblas se disiparon y la lluvia se detuvo, no tembló más y en el cielo volvió a brillar el poderoso suru.
El suceso era algo irregular que Divana nunca había acontecido. Pero el hecho de volver a sentir el calor de la estrella y que todo volviera a la normalidad la tranquilizó y no vio la necesidad de correr hacia su casa a buscar a sus padres.
Las pieles que anteriormente había limpiado y lavado se encontraban de nuevo sucias y muy mojadas por lo que optó por limpiarlas otra vez. Rápidamente realizó la labor y momentos después estaba lista para tomar camino a casa. Colocó dentro de su porta-cueros todas las piezas y amarró fuertemente el saco. Limpió y secó sus pequeños pies y los calzó con unas finas botas de piel de alce. Justamente cuando se disponía a salir, percibió un ruido a sus espaldas.
Por encima de la cámara de vegetación que cubría el sitio, una sombra alada se vio penetrar a gran velocidad por entre las verdes ramas de los altos arboles de cedro. Luego, su impacto contra el suelo fue terrible.
Divana que de nuevo estaba como paralizada, no reconoció cual animal acababa de estrellarse entre los arbustos, pero de seguro que el golpe lo tenía aturdido.
- ¡Un pterodáctilo! - Pensó ingenuamente la chica.
Tomada de nuevo por el temor de tantos eventos extraordinarios en una sola mañana, y más un mal presentimiento. Divana se echó a correr rumbo a la cabaña de su padre. No había avanzado mucho cuando la inmensa sombra alada se puso tras ella.
No quiso voltear a ver para concentrarse en su huida. Era buena corredora y tenía dotes atléticos para saltar. En su niñez era bien difícil atraparla cuando los niños jugaban "al congelado". Pero en esta ocasión todo indicaba que la enorme bestia voladora terminaría por cazarla.
El suelo era demasiado difícil, el follaje, los troncos y las rocas, lo convertían en un campo de obstáculos para cualquier deportista. Aun así, la intrépida chica seguía con la vista de frente, avanzando rápidamente y esperando poder perder a su enigmático cazador.
- ¡Ahí está mi salvación! - A escasos veinte metros se habría una cueva de unos cinco pies de alto y lo suficientemente ancha para su cuerpo, también parecía que era bien profunda lo cual la hacía más segura si lograba alcanzarla.
Sin pensar en otros peligros Divana se lanzó por la entrada y logró penetrarla; eso sí, rodando y golpeándose muy fuerte contra las paredes del pequeño escondrijo. Durante algunos momentos que parecieron larguísimos, estuvo en estado de shock ¡quién sabe! Pero rápidamente empezó a recuperarse.
Un poco adolorida y con algunos moretones en sus brazos y piernas, la joven logró acomodarse en lo profundo de la cavernilla. Por suerte no encontró ningún habitante en el agujero que fuera a luchar con ella por sacarla del sitio. Lo malo era que no sabía si el pterodáctilo se había largado o esperaba por verla salir.
Divana estaba segura de haber sido perseguida por el inmenso reptil volador, aunque en realidad no había logrado verlo en su arriesgado escape.
- ¡Asqueroso pajarraco, ahora estoy atrapada! - Pensaba mientras se acercaba de rodillas a la entrada de la cueva.
Poco a poco la de pelo naranja fue asomando las narices sin advertir ningún peligro. Lo lógico era que el depredador hubiera seguido su vuelo, como era la costumbre en esos saurios.
Muy intrigada analizó la situación y lo que advirtió no la tranquilizó mucho. Salió de la guarida ya sin dolor en sus golpes, muy desgreñada pero aun abrazada a su porta-pieles. El único ruido que se escuchaba era el del agua recorriendo el río, había un gran silencio de animales, como si algo o alguien los hubiera espantado.
- ¡Que extraño, aquí algo anda mal! - Apenas pudo pensar cuando sintió una mano que le tomaba el hombro. Al darse vuelta quedo perpleja ante el ser que la estaba tocando. No podía comprender de que se trataba. Era un hombre, pero mucho más alto. Su cuerpo era muy atlético, con grandes brazos y espalda ancha, tenía las piernas muy tonificadas. Llevaba puesto una especie de túnica de una tela negra, gruesa, muy bien confeccionada. De sus ojos saltaban fulgores color plata muy profundos y su cabello largo color negro. El ser no tenía barba, pero no se miraba como un niño. Calzaba botas muy excelentemente labradas, elaboradas de un material similar al cuero. Pero lo que más la impresionó al termino que casi cae desmayada, era que aquel hombre poseía alas.
- ¡Que pasa! - Expresó la chica tratando de quitar su hombro de la mano del inmenso alado, siendo toda técnica insuficiente ya que el tipo la tenía bien agarrada.
- ¡Suéltame por favor! ¿Quién eres? ¿Que eres? -
El alado tomó con sus dos manos a la joven Divana y dando un gran salto inició un vuelo que parecía más bien una levitación a gran velocidad. Rápidamente estuvieron sobre las copas de los árboles. Divana sin poder hablar se había aferrado fuertemente al ave humana, pero no se atrevía a abrir los ojos. Por momentos la joven dejaba de sentir el vuelo y cuando abría sus ojos el mareo por la altura la hacía sentir náuseas y vomitar.
Fueron largos ratos en donde el miedo y la desesperanza calaron en el corazón de la joven chica.
Luego de volar por un lapso de un cambio de estrellas, por fin el alado llegaba a un lugar firme.
- ¿Dónde estoy? ¿Dónde me has traído? - Divana insistía en preguntar Algo le hacía creer que el extraño le entendía.
- ¿Como te llamas? ¿Que eres? - La chica se dirigía al tipo con grandes lágrimas en sus ojos - ¿Por qué me has traído aquí? -
El alado que hasta el momento se había mantenido sin inmutarse, miró seriamente a la chica y sin expresión alguna habló.
-Antes fui un ángel- su timbre era muy peculiar. Parecía que su voz se replicaba, era una voz recia sin quiebres ni altibajos- un ángel caído, ahora soy un espectrum-
Divana no sabía a qué se refería el alado con lo de ángel y tampoco con lo de espectrum. Las creencias que su padre le había enseñado se basaban en la fuerza de suru, la lluvia, los relámpagos y el viento.
-Mi nombre es Audrim de la legión de Zebras-
La joven no comprendía absolutamente nada.
- ¿Que es ángel? ¿Qué es legión? ¿Qué es Zebras? -
Audrim nuevamente volvía a su inexpresión. El llanto de Divana era ajeno a su atención.
- ¿Para qué me trajiste aquí? - A la chica se le complicaría muchísimo escapar ya que el espectrum la había llevado hasta lo alto de una montaña congelada, muy lejos de su casa. Era un sitio muy parecido a un nido de águilas. No se observaban cosas personales como ropa o armas, tampoco parecía que hubiera alimentos, solo una especie de colchón de paja.
- ¡Me servirás para reproducirme! -
- ¡¿Para reproducirte?!- Divana no conocía mucho de sexo. Algunas ocasiones había tenido acercamientos con Wakan, pero no se había consumado el acto. Ella aún permanecía intacta.
- ¡Exactamente! - Fue la fría respuesta de Audrim. La joven sintió estar flotando en un vacío, atrapada en una burbuja sin aire, sin escape -nuestra misión será llenar este mundo con nuestros hijos, los cuales se encargarán de conquistarlo para nuestro señor Divian-
La linda joven lloraba amargamente.
-Pero yo soy muy joven, no puedes hacer algo para lo que no estoy preparada. ¡Podría morirme, tienes que dejarme ir por favor! -
Nada de lo que Divana argumentara cambiaría de parecer al maligno espectrum.
Luego de su expulsión de las zonas celestes debido a su alianza con el poderoso Divinat, para destronar a Jahel. Audrim y las legiones de expulsados (que incluían a ángeles, arcángeles, querubines y serafines) se habían dedicado a la conquista de la tierra. En muchos pueblos ya eran tomados como los nuevos dioses, y su aparición en la tierra iba en ascenso muy rápidamente.
Acto seguido Audrim tomó a Divana y quitó su atuendo. No era una toma forzada, la chica sabía que contra el espectrum no podría hacer absolutamente nada.
No fue algo tan doloroso y esclavista como una violación. Aunque sí lo fuera. Se puede creer que Audrim no quiso ser grotesco y trató con cariño a la chica, la cual al ver que el alado era gentil, puso de su parte en el infame acto, para salir sin heridas.

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