Lectura

Lo que pudo ser y nunca fue

Por Enrique A Meitin · Estados Unidos · Histórico

Lo que pudo ser y nunca fue
LO QUE PUDO SER Y NUNCA FUE por Enrique A. Meitin
En los primeros años de la Revolución, cuando el entusiasmo por el cambio llenaba las calles de Cuba, llegó a cada hogar una pequeña placa metálica con un mensaje claro: "Fidel, esta es tu casa". La campaña del gobierno pretendía simbolizar la entrega del país al nuevo líder, como si cada casa, por humilde que fuera, se convirtiera en un refugio para Castro. La placa era clavada en la puerta de cada vivienda, como una muestra imperecedera de lealtad que, en ese entonces, muchos acogieron con orgullo.
Joaquín, un hombre ya mayor que, había visto pasar varios gobiernos y movimientos en la Isla, miraba aquella placa con escepticismo, tal vez con algo de escondido repudio. Él vivía en un viejo edificio de La Habana Vieja, una estructura que alguna vez fue una joya arquitectónica, pero que comenzaba a mostrar las primeras grietas del abandono. Mientras los vecinos celebraban la nueva era, Joaquín se preguntaba qué tan bien podría mantener ese mismo gobierno las casas que ahora aseguraban proteger.
Con el tiempo, las promesas de la Revolución empezaron a desvanecerse. Las viviendas, que inicialmente habían sido un foco de atención, comenzaron a deteriorarse sin mantenimiento adecuado. El Estado cuando pintaba las fachadas, si es que las pintaba, lo hacía con materiales de mala calidad, y los colores brillantes pronto se convirtieron en manchas desgastadas por la lluvia y el sol implacable. La placa "Fidel, esta es tu casa" se mantenía incrustada en muchas puertas, oxidándose con los años, mientras las estructuras que alguna vez fueron orgullosas comenzaban a desmoronarse lentamente.
El apartamento de Joaquín no fue la excepción. Con cada temporada de lluvias, el techo mostraba nuevas filtraciones, y las paredes empezaban a perder su solidez. Sin embargo, la placa metálica permanecía allí inmutable en su puerta, como un recordatorio irónico de una promesa incumplida. El agua, escasa y distribuida de manera irregular, como era habitual en la Habana Vieja, obligó a Joaquín y a sus vecinos a construir tanques en las habitaciones, ya que los sistemas de plomería se volvían más ineficientes con el tiempo.
Pasaron los años, y mientras algunos seguían creyendo en la causa, Joaquín veía cómo su ciudad se caía a pedazos. Lo que alguna vez fue un símbolo de esperanza, esa pequeña placa metálica, ahora se oxidaba en las puertas de casas que apenas se mantenían en pie. Edificios que en su día fueron verdaderas obras de arte arquitectónico se derrumbaban con cada ciclón o tormenta que golpeaba la isla, o peor que eso, con la ineficiencia de las autoridades para repararlas.
Para Joaquín, la placa ya no era un símbolo de orgullo, sino de un país que se había olvidado de sus promesas. Y así, bajo el sol cubano, con el sonido de las viejas tuberías goteando en el fondo, se preguntaba cuántos más verían la placa en su puerta como un triste recordatorio de lo que pudo ser y nunca fue.

Valoración: 5.0/5 (1 votos)

Comentarios

YULLY E VILORIA

¡¡Que realidad tan triste...!!
Un relato que encoleriza y entristece a la vez...
Perfecto Sr Meitin.