Hay tradiciones que sobreviven porque se enseñan en las escuelas, y otras porque el pueblo se niega a olvidarlas. El punto guajiro, también conocido como punto cubano, pertenece a estas últimas.
No nació en teatros ni en academias; nació bajo el alero de un bohío, al pie de una palma, en medio del surco recién abierto o durante una reunión familiar donde la guitarra, el laúd y el tres acompañaban la conversación. Allí, mucho antes de que existieran los micrófonos o la radio, los campesinos cubanos descubrieron que la palabra también podía convertirse en música y que el pensamiento podía improvisarse con la misma naturalidad con que se sembraba la tierra. Quien nunca haya asistido a una controversia entre repentistas difícilmente comprenderá la fascinación que produce. No se trata simplemente de cantar décimas. Es un duelo de inteligencia, memoria, rapidez mental y dominio del lenguaje.
Dos poetas improvisadores se enfrentan respetuosamente sobre un tema propuesto por el público o por un moderador. Mientras uno desarrolla su argumento, el otro escucha atentamente, prepara la respuesta y, en cuestión de segundos, construye una décima perfecta tanto en la métrica como en la rima. El espectador no solo disfruta de la música; presencia el nacimiento instantáneo de la poesía.
La décima espinela, compuesta por diez versos octosílabos, llegó a Cuba desde España durante la época colonial. Sin embargo, fue el campesino cubano quien terminó haciéndola suya. Con el paso del tiempo dejó de ser una simple forma poética para convertirse en una manera de interpretar la vida. El amor, la familia, la naturaleza, la política, la religión, la cosecha, la muerte o la esperanza podían transformarse en décimas improvisadas con sorprendente naturalidad. En los campos cubanos, especialmente en las regiones de Pinar del Río, Matanzas, Villa Clara y Ciego de Ávila, las controversias eran parte inseparable de las fiestas campesinas.
Después de la jornada de trabajo, vecinos y familiares se reunían alrededor de una mesa donde nunca faltaban el café recién colado, el tabaco y la conversación. Bastaba afinar un laúd para que apareciera un repentista dispuesto a desafiar a otro. Lo que comenzaba como un entretenimiento terminaba muchas veces convertido en una verdadera lección de ingenio popular. La belleza del punto guajiro reside precisamente en su espontaneidad.
El repentista no dispone de tiempo para corregir, borrar o modificar lo que dice. Cada verso nace y desaparece en el mismo instante. Si falla la rima o la medida, el público lo percibe inmediatamente. Si la idea carece de profundidad, la controversia pierde fuerza. Por eso el improvisador debe reunir cualidades poco comunes: amplio vocabulario, dominio de la métrica, rapidez mental, sentido del humor y una enorme capacidad de observación. Muchos de aquellos campesinos apenas habían cursado estudios elementales. Sin embargo, poseían una cultura oral extraordinaria. Conocían refranes, episodios históricos, pasajes bíblicos, costumbres del campo y relatos transmitidos de generación en generación. Esa riqueza cultural se convertía en materia prima para sus improvisaciones.
El repentista no hablaba únicamente en nombre propio; hablaba en representación de toda una comunidad. El punto guajiro también enseñó algo que hoy parece escaso: el valor del desacuerdo respetuoso. En una controversia podían enfrentarse opiniones completamente distintas sin que desapareciera el reconocimiento mutuo. El objetivo no era humillar al adversario, sino demostrar mayor ingenio. Cada respuesta elevaba el nivel del intercambio y obligaba al otro a superarse. La palabra era el único instrumento de combate.
Con la llegada de la radio y posteriormente de la televisión, muchos improvisadores alcanzaron gran popularidad. Figuras como Justo Vega, Adolfo Alfonso, Chanito Isidrón y Alexis Díaz-Pimienta contribuyeron a mantener viva esta tradición y a demostrar que el repentismo podía dialogar con el mundo contemporáneo sin perder su esencia campesina. Gracias a ellos, nuevas generaciones descubrieron que la improvisación no era una reliquia del pasado, sino un arte plenamente vigente.
En 2017, la UNESCO declaró el Punto Cubano Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconociendo oficialmente el valor universal de una expresión artística que durante siglos había sobrevivido gracias a la transmisión oral y al esfuerzo de miles de familias campesinas. El reconocimiento no solo honró a los grandes repentistas, sino también a todos aquellos músicos anónimos que mantuvieron viva esta tradición desde los bohíos más humildes de la isla. Hoy, cuando la inmediatez domina la comunicación y las palabras parecen consumirse con rapidez, el punto guajiro continúa recordándonos que el lenguaje puede ser también un ejercicio de belleza, inteligencia y respeto. Cada décima improvisada demuestra que la creatividad no depende de la tecnología, sino de la sensibilidad humana.
Quizá por eso el punto guajiro representa mucho más que un género musical o una costumbre campesina. Es una forma de pensar, de dialogar y de entender la cultura cubana. En sus décimas conviven la memoria de la tierra, la sabiduría popular y la capacidad de transformar una conversación cotidiana en poesía. Mientras exista un laúd dispuesto a acompañar la voz de un repentista y un público dispuesto a escuchar, seguirá latiendo una de las expresiones más auténticas y admirables de la identidad de Cuba
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Comentarios
Me recordó las reuniones familiares en mi tierra (Punto Fijo, Peninsula de Paraguaná, estado Falcon, Venezuela) donde mis primos y tíos amenizaban contrapunteando al ritmo de guitarra, cuatro y maracas, confrontándose y diciéndose entre ellos palabras picantes..
Muy bueno su relato Sr. Meitin. Gracias.
¡Qué buen relato! Me hace recordar el joropo contrapunteado de los llanos colombo-venezolanos. Gracias por compartir.