Eran las once de la mañana. El sol ya quemaba. La puerta de metal pintada de verde, con la pintura descascarada por el calor y el óxido. La ventana con barrotes de hierro, desde donde el vecino me veía siempre. Siempre estaba ahí. En su ventana. Mirando.
-Otra vez -dijo, desde su ventana.
-¿Otra vez qué? -pregunté, mirando la botella en mi mano.
-Es temprano para eso.
-Las once no es temprano.
-Para beber, sí.
-Tú no bebes. Tú no sabes.
-Sé que son las once de la mañana y ya estás con la botella.
-Y sé que la moto está en el portal.
-Ahora está. Pero anoche la dejaste en la calle.
-No pasó nada.
-Casi la atropellan. Yo la moví.
-No te pedí que la moveras.
-Si no la muevo, te la roban.
-No me la roban.
-Te robaron la bicicleta.
-Eso fue diferente.
-Llegaste borracho, la dejaste en la calle, y al otro día no estaba.
-No me lo recuerdes.
-Alguien tiene que recordártelo.
-Tú no.
-Alguien.
-Baja la voz. Los niños están durmiendo.
-No despierto a nadie.
-Los despiertas. Cuando arrastras la moto, cuando te caes con ella, cuando la tiras al suelo.
-Eso no pasa.
-Te he visto, carajo. Te he visto desde mi ventana.
-¿Y qué haces mirando?
-Vivo al lado. Te oigo.
-Pues no me oigas.
-No puedo. Vivo al lado.
Me senté en el portal. La moto al lado. La botella en la mano. El vecino, en su ventana.
-Vete a dormir -dije.
-Voy. Pero no dejes la moto en la calle.
-La dejé una vez.
-Todas las noches es una vez.
Me levanté. La botella en la mano. La moto al lado. El vecino, en su ventana.
-Métete adentro -dije.
-Métete tú.
-Esta es mi casa.
-Y esta es mi ventana.
-Cierra la ventana.
-Hace calor.
-Cierra la ventana, carajo.
-No pienso cerrarla.
Y entonces pasó. Agarré la moto. La arrastré hasta el centro de la calle. La dejé ahí, en medio.
-¿Qué haces?
-La dejo aquí.
-Te la van a robar.
-Que la roben.
-Estás loco.
-Estoy tranquilo.
-Estás borracho.
-Estoy tranquilo.
-Cierra la ventana.
-No pienso cerrarla.
-Cierra, carajo.
-No.
Y entonces agarré la moto. La levanté. La tiré al suelo. El metal raspó contra el cemento.
El vecino cerró la ventana. Despacio. Como quien cierra una puerta que sabe que no va a abrir nunca más.
Al día siguiente, desperté en el portal. La moto seguía en el suelo. La batería rota. El manillar torcido.
El vecino no salió. No miró.
Su ventana seguía cerrada.
Yo me quedé en el portal. La moto en el suelo. La botella en la mano. El sol en la cara.
El vecino no volvió a abrir la ventana.
Y yo, en el portal, supe que no había perdido una moto. Había perdido la única mirada que me recordaba que existía.
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