Eran las diez de la mañana. El sol entraba por el vitral roto de la ventana, dibujando manchas de colores en el cemento. La puerta de madera pintada de azul, descascarada, siempre abierta. La casa olía a humedad y a café quemado.
-No te puedes quedar -dije, sin mirarla.
-¿Y a dónde quieres que vaya? -preguntó. Su voz sonaba cansada, como si hubiera caminado toda la noche.
-A cualquier otro lado.
-No hay otro lado.
-Siempre hay otro lado.
-No para mí. Tu cuñado me pegó, me fui, y ahora no tengo a dónde ir.
-¿Y por qué no fuiste a casa de mamá?
-Mamá está muerta, hermano. ¿Te acuerdas?
Me quedé callado. La botella en la mano. El aguardiente, frío.
-¿Y tu amiga? -pregunté-. La que siempre te decía que te iba a recibir.
-La llamó. La llamó y le dijo que si me quedaba con ella, iba a ir a buscarla. Y mi amiga tiene hijos. No va a arriesgar a sus hijos por mí.
-¿Y la vecina?
-La vecina no se mete. La vecina sabe cómo es él. La vecina no quiere problemas.
-¿Y nadie más?
-No hay nadie más. Solo tú. Y tú estás aquí, con tu botella, preguntándome por qué no me voy a otro lado.
-No es mi culpa que no tengas a dónde ir.
-No dije que fuera tu culpa. Dije que no tengo a dónde ir.
-Pues no te puedes quedar.
-¿Por qué?
-Porque no hay espacio.
-Hay un colchón vacío en el cuarto de al lado.
-Ese colchón no es mío.
-¿De quién es?
-De nadie. Pero no es mío.
-No necesito que sea tuyo. Necesito dormir.
-Pues duerme en el piso.
-En el piso hay goteras.
-Pues ponte debajo de la mesa.
-Debajo de la mesa no cabe nadie.
-Pues no te quedes.
-No tengo a dónde ir.
-Eso ya lo dijiste.
-Y lo voy a seguir diciendo. Porque es verdad.
Hermana: Yo sé que no debería dejarte entrar. Yo sé que ya tengo suficiente con mis propios muertos. Pero tú estás aquí, con tu cara de hambre y tu voz de cansancio, y no sé cómo decirte que no. No sé cómo decirte que mi casa ya no es una casa. Que mi casa es un colchón en el piso y una botella en la mesa. Que mi casa no tiene puertas que se cierren. Que mi casa no tiene nada. Pero tú estás aquí. Y no sé cómo decirte que te vayas.
-Quédate -dije.
-¿Seguro?
-Seguro.
-¿No te voy a molestar?
-Ya molestas.
-Entonces me voy.
-Quédate.
-¿Seguro?
-Seguro, carajo. Quédate.
Ella se quedó. Mi hermana, en el colchón de al lado. Mis hijos, en el colchón de al lado. Yo, en la silla. La botella en la mano. El sol entrando por el vitral roto.
Pasó una semana. Dos. Tres.
-No encuentro casa -dijo una mañana.
-No hay casa -respondí.
-Sí hay. Solo que no tengo dinero.
-Yo tampoco.
-Pero tú tienes la botella.
-La botella no es dinero.
-Es más que lo que tengo.
-No es más. Es menos.
-Pues a mí me parece más.
-Pues a mí me parece menos.
-Entonces no nos vamos a poner de acuerdo.
-No. No nos vamos a poner de acuerdo.
-Entonces qué hacemos.
-No sé.
-Yo tampoco sé.
Y entonces pasó. Mi cuñado llegó. La puerta de madera pintada de azul se abrió sin permiso. Entró como si la casa fuera suya.
-¿Dónde está mi mujer? -preguntó, sin mirarme.
-No está aquí -dije.
-Mientes. Siempre mientes. Como cuando dices que vas a dejar de beber.
-Eso no es lo mismo.
-Es exactamente lo mismo. Prometes y no cumples.
-¿Y tú qué cumples? Llegas, golpeas, te llevas a mi hermana. ¿Eso es cumplir?
-Ella es mi mujer. Hago lo que quiero con ella.
-Aquí no haces lo que quieres. Aquí te vas.
-¿Me vas a detener tú? Con esa botella en la mano.
Y entonces él la vio. Detrás de la cortina.
-Sal de ahí -dijo.
-No -dijo ella.
-Sal.
-No.
-Sal, carajo.
-No, carajo.
Y entonces él la agarró. La agarró del brazo. La arrastró fuera del colchón.
-No te la lleves -dije.
-Es mi mujer.
-No es tu mujer.
-Sí es.
Y ella se fue. Mi hermana, con él. De vuelta a la casa de la que había huido.
-No la dejes ir -dijo mi hijo, desde el colchón.
-No puedo detenerlo.
-Sí puedes.
-Mírame. ¿Crees que puedo hacer algo con esto?
-Puedes intentarlo.
-Ya lo intenté. Y mira cómo terminó.
-Entonces lo intento yo.
Y mi hijo, el de ocho años, se levantó.
-Voy a buscarla.
-No te metas.
-Ya me metí.
-No vayas.
-Ya voy.
Y él se fue. Mi hijo, el de ocho años, se fue a buscar a su tía.
Volvió dos horas después. Tenía los ojos rojos, pero no había llorado.
-No estaba. La casa vacía. Él no estaba. Ella no estaba.
-¿Y?
-No había nada, papá. Ni una silla. Ni una botella. Nada.
-¿Y?
-No sé.
-¿Y?
-No sé.
-¿Y?
-No sé, carajo.
-¿Y?
-No sé.
-¿Y?
-No sé, carajo.
-¿Y?
-No sé, carajo.
Y él se sentó. En el colchón vacío. En el piso.
Yo, en la silla. La botella en la mano.
-¿Qué hacemos?
-No lo sé.
-¿Cómo que no lo sabes?
-No sé. Nunca sé nada.
-Tú siempre dices lo mismo.
-Porque siempre es lo mismo.
-Pues a mí ya no me parece igual.
-¿Qué quieres que haga?
-No sé. Pero algo. Cualquier cosa.
-No puedo.
-Puedes.
-No puedo.
-Puedes.
-No puedo, carajo.
-Puedes, carajo.
Y nos quedamos callados.
El colchón vacío. La botella vacía. La casa vacía.
Nunca supimos dónde estaba ella. Nunca supimos si volvió. Nunca supimos nada.
Solo supimos que el colchón, desde entonces, quedó vacío.
Como la casa.
Como nosotros.
¡Excelente!