No era porque no hubiera dinero. Era porque lo poco que llegaba se iba en la botella. Mi hijo mandaba cincuenta dólares cada mes. No era mucho, pero en Cuba era una fortuna. Alcanzaba para la comida, para el agua, para la corriente cuando llegaba. Alcanzaba para todo.
Excepto para lo que yo necesitaba.
Eran las dos de la tarde. El sol quemaba la ventana de tela clavada con tachuelas. La puerta de madera, con bisagras oxidadas, se abría cada vez que el viento soplaba. La nevera vacía, abierta para que no se pudriera el olor a nada.
El teléfono sonó.
No era mi hijo. Era el número de la tienda de la esquina. El hombre que me fiaba el aguardiente.
-¿Cuándo pagas? -preguntó.
-El mes que viene.
-Eso mismo dijiste el mes pasado.
-Este mes va a ser diferente.
-Todas las veces dices lo mismo.
-Porque es verdad.
-No es verdad. Tú sabes que no es verdad.
-Te voy a pagar.
-¿Con qué?
-Con el dinero que me mande mi hijo.
-Tu hijo no te manda nada. Si te mandara, no me deberías a mí. Le deberías a él.
-Tú no entiendes cómo es esto.
-Entiendo perfecto. Entiendo que no tienes un peso. Entiendo que no piensas pagarme. Entiendo que eres un borracho.
Colgó.
El teléfono en mi mano. La pantalla rota. El saldo cero.
Mi hijo no llamaba desde hacía tres semanas. No porque no quisiera. Sino porque yo no había recargado el teléfono. El dinero que él mandaba, el poco que alcanzaba para todo, se había ido en el aguardiente.
Hijo: Tú no entiendes. Tú no sabes lo que es vivir aquí. Tú no sabes lo que es no tener corriente, no tener agua, no tener nada. Cincuenta dólares no son nada. No alcanzan para nada. Tú crees que con cincuenta dólares se compra la vida, pero no. Con cincuenta dólares se compra una botella de aguardiente. Y una botella de aguardiente no es vida, pero es más que lo que tengo. Tú no vives aquí. Tú no sabes. No me juzgues. No me llames. No me recuerdes lo que no puedo ser. Tú estás allá, con tu trabajo, con tu carro, con tu nevera llena. Yo estoy aquí, con este teléfono roto, con esta botella vacía, con esta vida que no es vida. No me juzgues. No me llames. No me recuerdes.
Pasó una semana.
El teléfono no sonó.
Pasó otra.
El saldo seguía cero.
Yo, en la silla, con la botella vacía en la mano. La nevera vacía. El plato de arroz frío en la mesa, de tres días atrás. El perro de la vecina ladrando.
El vecino, desde su ventana, me miró.
-Tu hijo me llamó -dijo.
-¿Qué?
-Tu hijo. Me llamó. Preguntó por ti.
-¿Y qué le dijiste?
-La verdad.
-¿Qué verdad?
-Que te compraste la botella.
-¿Por qué hiciste eso?
-Porque es verdad.
-No es verdad.
-Claro que lo es. Y tú lo sabes.
-No te metas en mi vida.
-Ya estoy metido. Vivo al lado. Te oigo. Te veo. Te huelo. Y tu hijo me llama porque tú no le contestas.
-No tengo saldo.
-No tienes saldo porque no tienes dinero. No tienes dinero porque te lo gastas en la botella. No tienes botella porque te la tomaste. No tienes nada. Y tu hijo, en Miami, se preocupa por ti. Por ti, que no te preocupas ni por ti mismo.
-Déjame en paz.
-Déjate tú en paz.
-Déjame, carajo.
-Déjate, carajo.
Y cerré la puerta. La puerta de madera, con el hueco en la parte baja, se cerró con un golpe.
El teléfono estaba en la mesa. La pantalla rota. El saldo cero.
Me senté en el piso, al lado de la nevera vacía.
El teléfono no sonó.
Dos días después, el vecino tocó la puerta. No entró. Solo pasó un sobre por debajo.
Lo abrí.
Dentro, una foto. La foto de mi hijo. En Miami. Con una sonrisa que no era para mí. Al lado, una mujer que no conocía. Y un niño pequeño en sus brazos.
Atrás, una nota:
"La próxima vez que tu padre no tenga saldo, llámame a mí. Yo le digo la verdad."
No había dinero. No había comida. No había nada.
Solo la foto.
Solo la nota.
Solo el silencio del teléfono sin saldo.
Pasó otro mes.
El teléfono seguía sin saldo.
Pero una noche, la pantalla se encendió. No era mi hijo. Era el vecino.
-Tu hijo me llamó otra vez.
-¿Y qué le dijiste?
-Le dije que estabas bien.
-¿Por qué hiciste eso?
-Porque alguien tiene que hacerlo.
-Pero no es verdad.
-Lo sé. Pero él no tiene que saberlo.
-¿Y qué le vas a decir cuando no recargue el teléfono?
-Eso ya no es problema mío.
-¿Cómo que no?
-Porque él me dijo que si no recargabas, no iba a llamar más. Que se iba a cansar de esperar.
-¿Y tú le creíste?
-Lo conozco. Es tu hijo. Y tú eres su padre. Los padres siempre esperan. Pero los hijos también se cansan.
El vecino colgó.
El teléfono en mi mano. La pantalla rota. El saldo cero.
Y en mi cabeza, su voz: "No vas a recargar el teléfono, ¿verdad?"
Y la mía: "No."
No porque no quisiera. Sino porque no tenía.
Al día siguiente, el teléfono no sonó.
No sonó al otro. No sonó al otro.
Pasó una semana. Dos. Tres.
El saldo seguía cero.
La botella, vacía.
La nevera, vacía.
Yo, vacío.
Y en la mesa, la foto de mi hijo.
Con su sonrisa.
Con su mujer.
Con su hijo.
Con su vida.
Y yo, con mi teléfono roto, sin saldo, sin nada.
Una noche, el teléfono se encendió.
No era mi hijo. Era el vecino.
-Tu hijo me llamó.
-¿Y qué te dijo?
-Que no iba a llamar más.
-¿Por qué?
-Porque se cansó de esperar.
-¿Y tú qué le dijiste?
-Le dije la verdad.
-¿Qué verdad?
-Que no ibas a recargar el teléfono. Que no ibas a cambiar. Que eras un borracho.
-¿Por qué hiciste eso?
-Porque es verdad. Y porque él tenía que saberlo.
-Eso no es cierto.
-Claro que lo es. Tú sabes que lo es.
-¿Y tú crees que tienes derecho a decirle eso?
-Alguien tiene que decirle la verdad. Ya que tú no puedes.
-Tú no sabes lo que es esto.
-Sé lo que veo. Veo a un hombre que prefiere una botella a su hijo.
-No es así.
-Entonces demuéstralo. Recarga el teléfono. Llámalo.
-No puedo.
-No es que no puedas. Es que no quieres.
-Tú no entiendes.
-Entiendo perfecto. Entiendo que prefieres la botella. Entiendo que prefieres tu orgullo. Entiendo que prefieres quedarte aquí, con tu teléfono roto, antes que pedir ayuda.
-Déjame en paz.
-Te dejo. Pero tu hijo no va a volver a llamar.
Y el vecino colgó.
El teléfono en mi mano. La pantalla rota. El saldo cero.
La casa vacía. La botella vacía. Yo, vacío.
Pasaron los días. El teléfono no sonó. No sonó nunca más.
Y en la mesa, la foto de mi hijo. Con su sonrisa. Con su vida.
Y yo, con mi teléfono roto. Con mi saldo cero. Con mi vida cero.
Y en la cabeza, su voz: "No vas a recargar el teléfono, ¿verdad?"
Y la mía: "No."
Porque no pude. Porque no quise. Porque no supe.
Porque no.
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