Lectura

LA REINA GIOGA

Por Elder J. Ríos · Venezuela · Terror

LA REINA GIOGA
En un pasado remoto, en el apartado y nublado
pueblo de Mikladalur, un grupo de focas reposaba
tranquilamente sobre los escarpados farallones.
Pero aquella calma fue rota por la emboscada despiadada de pescadores inescrupulosos, quienes desollaron a estas criaturas sin saber que no eran simples animales.
En verdad, eran gente-foca, seres mágicos capaces de
transitar entre el mar y la tierra, entre la piel de foca y la
forma humana. La sangre derramada provocó un oleaje
furioso, un rugido del océano que engulló a casi todos
los atacantes, salvo a uno, quien quedó abandonado en
una isla oculta y secreta: la isla de las Selkies.
Las focas, aquellas mágicas criaturas que para los pescadores eran solo presas, recobraron su forma humana al sentir el abrazo del mar y la luna. Pero sus corazones se
llenaron de pesar, pues habían perdido sus pieles, esas
sedosas vestiduras que les permitían volver a su reino
submarino. Sin ellas, estaban destinadas a permanecer
entre tierra y mar, prisioneras de su propia naturaleza.
El pescador varado, consumido por la angustia de estar separado de su esposa, fue visitado por la Reina Gioga, una sirena de belleza inigualable. Su talle, femenino y delicado, se alzaba desde la cabeza hasta la cintura,
donde la carne cedía a una cola de foca, brillante y escamada, que parecía danzar con cada movimiento. Gioga
le ofreció un acuerdo: ayudaría al hombre a regresar a su hogar, pero a cambio debía devolver cada piel arrebatada y prometer que jamás volverían a hacer daño a sus hermanas del mar. El pescador, tembloroso, aceptó.
Como sello de aquel pacto, la sirena le pidió un beso. Titubeante, cedió al encanto de aquella criatura marina y
selló su destino.
Escoltado por varios miembros de la gente-foca, el hombre fue conducido hasta la ensenada. No se marcharon
hasta asegurarse de que cada piel regresara a su legítimo
dueño. Así, la gente-foca recobró su libertad y el pescador volvió a los brazos de su esposa, cargado con el peso de una promesa sagrada.
Desde entonces, la armonía volvió a reinar entre pescadores y focas. El pescador, convertido en guardián del pacto, recordaba a todos la existencia de la gente-foca yla necesidad de respetar su mundo.
Pero aquel beso robado a la sirena nunca abandonó su
mente. La memoria de Gioga, con su belleza hechizante,
interfería en su amor hacia su esposa. Jamás reveló aquel
secreto, pero la sombra de la sirena se colaba incluso en
sus momentos más íntimos.
Bajo esta bendición y maldición, el pescador y su esposa tuvieron siete hijas, niñas que parecían humanas, pero que respiraban y soñaban con el mar. Se perdían durante horas en la contemplación hipnótica del vaivén eterno de las olas, como si el océano les susurrara secretos olvidados. Por las noches, se reunían para danzar desnudas
bajo el hechizo de la luna nueva, sus cuerpos moviéndose al ritmo del oleaje, libres y salvajes.
Una noche, un joven las vio bailar y quedó cautivado por
aquella visión etérea. Impulsado por la curiosidad y el deseo, ocultó el vestido de una de ellas, una selkie cuya
belleza destellaba como la seda lunar. Al no encontrar su piel, la joven quedó atrapada en tierra, forzada por las
circunstancias a casarse con él, encadenada por las rígidas normas de su tiempo.
El pescador guardó celosamente la piel de su esposa en un cofre, con la llave siempre a su lado. Pero un día, olvidó la llave durante una salida de pesca, y la selkie aprovechó para escapar al mar, dejando atrás a sus hijos y el hogar que había conocido.
Devastado por la partida, el hombre cayó en una profunda tristeza. Para ahogar su dolor, se unió a otros pescadores en la caza furtiva de focas, descargando su amargura en la matanza de aquellas criaturas a las que antes
había prometido proteger.
Los rumores de su traición llegaron hasta Gioga, quien,
furiosa por la ruptura del pacto, convocó a la joven selkie. Ante la Reina sirena, la selkie fue instruida para enfrentarse al hombre y se le recordó que los humanos eran
enemigos traicioneros, incapaces de respetar la tregua sellada.
Obligada por la palabra de Gioga, la selkie regresó a la
vida humana, resguardando su piel en un lugar secreto.
Fingió amor hacia su esposo y sus hijos, ocultando sus
verdaderos sentimientos.
Hasta que un día, la rutina se quebró y la venganza floreció en su corazón. Al regreso del pescador, lo asesinó
con un puñal, cegada por la furia, y en su locura, acabó
también con dos de sus hijos, convencida de que eran
simples humanos destinados a repetir la crueldad de su
padre.
Pronunció una maldición contra todos los hombres de
Mikladalur. Aquella maldición llegó a oídos del mar y de los elementos naturales del lugar, que respondieron
con furia: hombres se ahogaron en las aguas traicioneras, otros cayeron por los acantilados y muchos más fueron víctimas de la gente-foca y las selkies. La venganza se extendió hasta que se hubieran perdido tantos hombres que pudieran tomarse de los brazos alrededor de toda la
isla secreta de las Selkies.
Finalmente, Gioga reveló a las jóvenes selkies la verdad
sobre su sangre: eran hijas de la unión prohibida entre
humanos y focas. Con esta revelación, cesaron sus ataques y, afligidas, se sumergieron en lágrimas que las ahogaron, conscientes del daño irreversible que habían
causado a su propia generación.

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