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Ciento cuarenta minutos

Por Prof. José Núñez · Venezuela · Historia real

Ciento cuarenta minutos
Ciento cuarenta minutos (Por el Prof. José Núñez)

En la húmeda y fría madrugada caraqueña se sentía el ambiente ligero; nada presagiaba lo que sucedería. Los cerros, como fieles guardianes taciturnos de la gran ciudad, se alzaban oscuros contra un cielo tapizado de estrellas. En los barrios, el silencio era solo aparente; un silencio interrumpido por el chirrido de los viejos ventiladores, el ladrido ocasional de algún perro callejero o el repentino sonar de la corneta de los carros abajo en las avenidas. Esa era la quietud precaria de quienes siempre duermen con un ojo abierto y otro cerrado.
De pronto, se oyó a lo lejos como un zumbido: un enjambre de abejas de hierro surcaba el cielo caraqueño rasgando el techo celeste de la ciudad. Muchos pensaron que eran truenos -en enero la lluvia siempre nos asusta con grandes tormentas-, pero era un estruendo metálico. Las primeras bombas cayeron sobre instalaciones militares con la precisión fría de un relojero, pero su explosión fue caliente, voraz, iluminando por segundos las fachadas de las viviendas. La ciudad despertó de repente, sobresaltada, como un animal herido.

-¡Verga! -gritó un vecino alarmado.

Muchos, desde sus humildes casas en Catia, se asomaban por las ventanas. Exclamaciones ásperas y de pavor se perdían en el estrépito del bombardeo. Abajo, en las calles, ya se escuchaban las primeras voces: confusas, airadas, temerosas. El olor a pólvora acre y azufre empezó a mezclarse con el aroma familiar del café recién colado que alguna abuela, por una costumbre arraigada, preparaba muy temprano.

En los cuarteles la historia se escribía a sangre y fuego. Soldados con uniformes de un verde extraño y voces cortantes que exigían en inglés irrumpieron como fantasmas de una pesadilla ajena. Fue un forcejeo breve pero violento. El presidente fue extraído de sus aposentos entre voces de mando y metralletas. Se notaba desconcertado, envuelto en una bata sobre el pijama. A su lado, su esposa guardaba un silencio de piedra, con sus ojos fijos en algún punto lejano.

"Los arrancaron de prisa", decía la gente, como se arranca un árbol del patio para trasplantarlo en otro lugar. Y se los llevaron; no a una cárcel local, no a un juicio entre los suyos, sino al frío norte, a un país donde la justicia habla otro idioma y el invierno es de cemento. En apenas ciento cuarenta minutos el poder había cambiado de manos.

Cuando el sol asomaba su rostro curioso sobre el Ávila, la noticia ya corría como pólvora, imparable. En la plaza Bolívar, un grupo de personas miraba con preocupación las huellas de aquella batalla. Una anciana con un pañuelo en la cabeza se santiguaba una y otra vez, y sus labios elevaban al cielo una oración que era, a la vez, un lamento.

-Es igual que en Panamá... -comentó un hombre mayor, con voz cargada con el peso de la memoria-. La historia que se repite -exclamaba alguien entre la multitud.

El anuncio del presidente del país del norte llegó como un segundo bombardeo. No era solo la captura; era una ocupación. "Tomaremos control del país y su petróleo", dijo, y cada palabra resonó en nuestros oídos como el cerrojo de una prisión. El petróleo, esa sangre negra y espesa que corre bajo nuestros pies, cómo una maldición y promesa a la vez, razón de tantas riquezas y tantas miserias, era ahora el botín de guerra.

Muchos líderes de otros países alzaron su denuncia ante el mundo: "Están cometiendo una barbarie", declaraban. La palabra barbarie caía pesada, evocando invasiones antiguas, conquistadores con cruces y espadas, el eco de siglos de sometimiento. Sus voces, sin embargo, parecían no ser oídas, quizás por miedo o por la ira contenida.

En los mercados populares, con los locales cerrados por temor, el tema era uno solo:

-¿Y ahora qué, mi hermano? -preguntaba un caminante, buscando un sitio donde poder comprar algo para llevar a su casa-. Cambiamos un yugo por otro, pero este viene con bandera de barras y estrellas, una bandera extranjera.

Una mujer que intentaba comprar harina de maíz para las arepas del desayuno mostraba en sus ojos una chispa de resistencia, el mismo fuego que había cocido el barro de sus vasijas indígenas y forjado las espadas de Bolívar.

La tarde cayó sobre una Caracas en estado de estupor. El cielo se tiñó de naranja y morado, como un manto triste sobre la ciudad herida. En las esquinas los rumores iban y venían: que si vienen más tropas, que si había resistencia en Maracay, que si el mundo protestaba... Pero bajo el temor, algo viejo y profundo comenzaba a agitarse. No era el ruido de los fusiles, sino el murmullo de la tierra, el latido de un pueblo que, a pesar de todo, conoce el sabor amargo de la dominación extranjera y el dulce veneno de la libertad postergada.

Los ciento cuarenta minutos habían pasado. La operación militar había terminado. Pero la otra batalla, la silenciosa y tenaz de un pueblo que defiende su manera de vivir, de hablar, de rezar, promete ser un relato mucho más largo, escrito no con bombas, sino con el pulso inquebrantable de la memoria y la libertad.

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Comentarios

Enrique A Meitin (editado)

-¿Y ahora qué, mi hermano? Esa sera siempre mi pregunta porque creo que la frase que Usted emplea calega es la mas acertada en estos momentos: "Cambiamos un yugo por otro, pero este viene con bandera de barras y estrellas, una bandera extranjera". Lo felicito.