Sobre la cama, el sudor ya no me pertenecía. Era un visitante pegajoso con sus propias leyes termodinámicas. Había intentado dormir a las dieciocho horas, a las veinte, a las veintitrés. Ahora, en la vigilia extrema, el cuerpo y el alma se habían divorciado sin acuerdo de custodia: el cuerpo seguía tirado en el colchón como un muñeco de trapo; el alma flotaba por el cuarto dictando ecuaciones diferenciales sobre la velocidad a la que se pudre una nevera.
La nevera. Mejor no pensar. Cuando tu nevera se convierte en un horno de baja temperatura y la mantequilla se transforma en un charco amarillo que huele a traición, aprendes que el progreso es una capa de pintura sobre el óxido. Mi esposa se había ido a casa de su madre con los niños, donde los apagones duran menos porque hay un hospital cerca y los hospitales aún se priorizan. «Ven», me dijo, con ese tono que ya no es súplica sino estadística de mis terquedades. Pero yo tenía que dar clases al día siguiente. Eso fue ayer. Hoy es hoy. Creo.
A las veintinueve horas ocurrió lo fantástico. Lo fantástico, como bien dicen, nace de alterar lo normal, y yo ya llevaba tantas horas alterado que lo normal era un recuerdo de hacía dos cafés fríos. Estaba sentado en el borde de la cama, contando las persianas: tres rendijas verticales por donde la luna metía su impertinencia. Tres, número primo. En la oscuridad, los objetos empezaron a revelar su geometría secreta: el rectángulo áureo del armario, la elipse deforme del espejo, la hipérbola del cable suelto que cuelga del televisor apagado. Todo el universo era una ecuación. Si yo lograba formularla, la luz volvería. No porque hubiera magia, sino porque me había vuelto loco, y los locos necesitan explicaciones perfectas.
Entonces, de la penumbra del rincón, se incorporó una figura. Salió del sillón de mimbre donde yo nunca me siento porque está roto del lado izquierdo, ese que te clava una figa en el riñón. La figura se estiró con un bostezo sonoro, de esos que dan gusto, y dijo:
—¿Todavía despierto, profe?
No grité porque no me quedaba energía para contraer el diafragma. Además, la voz era idéntica a la mía, pero con un tono descansado, casi insultante. Era yo. O mejor dicho, era un yo que no llevaba treinta horas de apagón, un yo con el pelo sin aplastar y las ojeras en cero absoluto.
—Tú eres una alucinación —le dije, aplicando el método científico.
—Y tú eres un terco —respondió el otro yo, sentándose en la cama a mi lado—. Te dije a la hora diez que te vinieras al sillón. El sillón, con todo y la figa, es más fresco. Pero no: «El sillón me jode la espalda». La espalda te la está jodiendo ahora la deshidratación.
—Eres un fantasma del cansancio.
—Soy tu yo descansado. Un subproducto de la termodinámica del sueño. Mientras tú te empeñabas en calcular la tasa de evaporación del agua del picadillo de pollo en la jaba, yo dormía a pierna suelta aquí mismo. Me desperté porque soñé que volvía la luz y quería ver tu cara.
Me reí. Fue una risa seca, de esas que duelen en la garganta. Mi yo descansado era un comemierda simpático. Llevaba mi mismo rostro pero relajado, con ese brillo en los ojos que yo había perdido alrededor de la hora dieciséis.
—¿Sabes cuál es el problema de los matemáticos? —me dijo, palmeándome la rodilla—. Creen que todo converge. Pero la vida es una serie divergente, compadre. La luz no llega por una fórmula, llega cuando se le antoja. Es una variable aleatoria con distribución de «me da la gana».
—Eso no es una distribución de probabilidad. —En Cuba, sí.
Me quedé en silencio. El otro yo se levantó, caminó hacia la nevera, la abrió. Salió un olor que era la definición olfativa del número de Avogadro: una cantidad inmanejable de partículas de podredumbre.
—Esto está que se puede modelizar —dijo—. ¿Recuerdas el problema de la colonia de bacterias? Pues aquí tienes un ecosistema completo. Deberías llevarlo a clase.
—A clase no va a ir nadie mañana —dije—. Con treinta horas de apagón, los muchachos van a estar igual o peor que yo.
—¿Treinta horas? —preguntó el otro yo, girándose con una sonrisa—. ¿Seguro que son treinta?
Miré el reloj de pulsera, el único que funcionaba porque era de cuerda, herencia de mi abuelo. Las agujas marcaban las cuatro y algo. Pero ¿de qué día? ¿Cuántas veces había pasado la aguja pequeña por el doce? Veintisiete, veintiocho, veintinueve… El cálculo se me desmoronó.
—No sabes —dijo mi yo descansado, divertido—. Perdiste la cuenta en la hora veintisiete. Podrían ser treinta, podrían ser treinta y cinco. El tiempo es una ilusión, profe. Sobre todo en un apagón.
—Eso es relatividad barata.
—Es relatividad cubana. Einstein no tuvo que esperar a que la UNE resolviera una avería.
Se acercó a la ventana y señaló las estrellas. El cielo estaba brutalmente estrellado, como solo puede estarlo cuando no hay una sola luz artificial en kilómetros. Un lujo que no pedí.
—Mira —dijo—. Polvo de estrellas. Nosotros somos polvo de estrellas, pero en versión chatarra. Eso también es astronomía.
—Eso es filosofía de bodega.
—Y qué. No tienes que ir a Harvard pa' saber que un ventilador parado es un monumento a la resignación.
Me levanté. Por primera vez en horas, el cuerpo y el alma volvieron a encontrarse, incómodos, como dos ex que coinciden en una cola. Caminé hacia el otro yo, que me observaba con los brazos cruzados.
—¿Eres real?
—Soy tan real como la factura de la corriente que vas a pagar por estos días sin luz.
—Eso sí que es fantástico.
—Lo fantástico no es que exista un yo descansado, compadre. Lo fantástico es que todavía estés esperando que la luz vuelva. Suelta la espera. La espera es una asíntota: te acercas infinitamente, pero nunca tocas el resultado. Hasta que la función cambia.
—¿Qué función?
—La de rendirte.
Me guiñó un ojo y se desvaneció. No hubo humo ni efecto especial: simplemente dejó de estar, y en su lugar quedó el sillón de mimbre con su figa asesina apuntando al techo. Me senté en el sillón. La figa se clavó en el riñón izquierdo, justo donde sabía que lo haría. Y me dormí.
No sé cuánto tiempo pasó. Un instante, una hora, un número primo de minutos. Soñé con una ecuación perfecta, una que explicaba el universo, el apagón, la paciencia de mi esposa, el olor de la nevera, todo. En el sueño no era una fórmula, sino un mapa de Cuba donde los circuitos eléctricos y las arrugas de mi abuelo coincidían en la misma longitud de onda. Al despertar, solo recordé el último símbolo: una integral con límites que tendían a infinito.
Lo siguiente fue un zumbido. El zumbido más hermoso de la creación: el refrigerador. Luego, el ventilador, que empezó a girar como un helicóptero torpe, despegando capas de polvo. La luz del bombillo me taladró los ojos. Eran las seis y cuarto de la mañana. Treinta y una horas con diecisiete minutos, según el reloj de mi abuelo. Mi otro yo no mentía: yo había perdido la cuenta consciente en la hora veintisiete, pero el cuerpo, ese animal de precisión, había llevado su propio registro en la memoria del riñón y del párpado caído. La cuenta no la llevaba yo; me llevaba ella a mí.
Me incorporé. Sobre la mesa de noche había un papel que no recordaba haber puesto. Lo cogí. Tenía mi letra, redondita y clara, pero temblorosa, como escrita a oscuras. Decía:
"Límite cuando las horas tienden a infinito de la esperanza = 0. Pero si cambias de función, el límite es otro. Despierta... por fuera y por dentro"
Me reí, solo en el cuarto con el ventilador funcionando y la nevera haciendo hielo nuevo. Mi yo descansado me había dejado un teorema de bolsillo.
Cuando llegué a la escuela, con los ojos enrojecidos y un pomo de agua fría en la mano, los alumnos estaban igual que yo. Apagón compartido, sueño compartido. Nadie había hecho la tarea. Escribí en la pizarra: «Deriven la función de la paciencia». Uno levantó la mano y dijo: —Profe, esa función no está definida. —Exacto, —le dije— Hoy vamos a definirla.
Afuera, el sol de la mañana caía sobre los apagones pasados y los apagones por venir, sobre el polvo de estrellas y las neveras vacías, sobre el país entero que dormía con un ojo abierto. Y mientras yo escribía en la pizarra, la tiza sonó como el ventilador al volver a la vida, y me sentí, por primera vez en treinta y una horas, extrañamente ligero. Habíamos inventado una función nueva. Y eso, compadre, no lo apaga nadie.
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