Con los ojos nublados por las cataratas y el cuerpo encogido por la artritis, Bruno ya no distinguía bien las formas de la casa. Pero en esa penumbra donde la vida se retira, la mente, libre ya del peso de la urgencia del hambre o del frío, se encendió con una claridad implacable. No fue un desfile de recuerdos felices lo que recorrió su memoria, sino una revelación honda y dolorosa, una visión que atravesó los años como un rayo de sol corta la niebla.
Vio su propia existencia desnudada de sentimentalismos. Y en el silencio de su agonía, Bruno comenzó a pensar en lo que había sido su vida y la de los suyos.
Para sobrevivir, había tenido que aprender una lección atroz desde cachorro: el amor de los hombres no es un regalo gratuito; es una moneda de cambio que exige la total abolición de la dignidad.
Bruno recordó sus años de juventud, cuando el instinto le pedía correr libre, morder el viento, erizar el lomo y mostrar los dientes ante la amenaza del mundo. Recordó el impulso salvaje que latía en su sangre, la urgencia de ser fiero, de reclamar un territorio propio con un rugido honesto. Pero la vida se encargó de enseñarle pronto que los dientes afilados y la ferocidad son lujos reservados para los lobos, no para aquellos que llevan una correa invisible atada al cuello.
Los humanos -comprendió Bruno con una amargura sorda- solo aman a los dóciles. Exigen la sumisión absoluta como prueba de afecto. El perro que gruñe es etiquetado como monstruo; el que defiende su espacio es castigado; el que muestra un vestigio de su naturaleza indómita es desterrado. Para ser acariciado, tuvo que aprender a agachar la cabeza antes de que la mano bajara a golpear. Tuvo que doblar las rodillas, mover la cola con una alegría fingida ante la indiferencia del amo, y tragar saliva cuando el orgullo pedía justicia. Descubrió que para recibir un mendrugo de pan y una caricia distraída, el precio era la humillación sistemática: vaciarse de sí mismo hasta convertirse en un eco complaciente de los deseos ajenos.
Y ¡ay de aquel que no tuviera la suerte de encontrar un dueño! La intemperie del mundo civilizado es un infierno para el desamparado. Cuando un perro no tiene amo, cuando su pelaje se enmaraña por el abandono y camina desaliñado por las calles, deja de ser una criatura para convertirse en un estorbo, en una mancha en el paisaje pulido de los hombres. Bruno recordó las carreras desesperadas bajo las piedras, los gritos de espanto, los palos levantados con furia ciega por quienes veían en su miseria un insulto a su propia comodidad. "¡Fuera, perro sarnoso!", resonaban los ecos en su memoria. El vagabundo no tiene derecho a existir; su sola presencia en el mundo sin dueños ofende la frágil estética de la civilización.
Incluso cuando enfermaba y cruzaba el umbral de esas clínicas donde hombres con delantales blancos prometían alivio, la realidad no era más piadosa. Muchos de ellos juraban haber estudiado esa profesión por amor puro a los animales, por la necesidad imperiosa de sanarles el dolor. Sin embargo, una vez que el cuerpo maltrecho era reparado, las fuertes sumas de dinero que exigían a los humanos dejaban al descubierto el verdadero engranaje de aquel truqueterío: un discurso edulcorado que se desvanecía ante la fría exigencia del amor al dinero, transformando la compasión en otra forma más de negocio.
Pero lo más atroz, lo que hacía que el pecho se le estrujara en un último espasmo de dolor, era el mercado silencioso que operaba por encima de sus cabezas.
¿Por qué hay quienes nos venden? ¿Y por qué, todavía peor, hay quienes compran?
Las preguntas flotaban en la mente del viejo perro como fantasmas incorpóreos. Vio las vitrinas, las jaulas relucientes, los catálogos donde se cotizaban las razas, los tamaños y los colores como si fueran mercancías de ferretería. Vio a los hombres intercambiando monedas por latidos, poniendo precio a la lealtad, tasando el afecto en billetes. ¿En qué momento el mundo se torció tanto como para convertir la compañía de un ser vivo en una transacción comercial? ¿Acaso las criaturas de cuatro patas nacieron para ser propiedad?
La respuesta llegó con la crudeza de una verdad ineludible: somos esclavos.
Una esclavitud más sutil, quizás, porque está disfrazada de afecto. El esclavo humano al menos sabe que trabaja por un jornal y sueña con la revuelta; el perro, en cambio, ha sido domesticado hasta el punto de amar sus cadenas. Le han enseñado a mover la cola para su propio carcelero, a defender la propiedad de quien lo aprisiona, a confundir el cautiverio con el hogar. Los compran para llenar vacíos emocionales, para exhibirlos como trofeos de estatus, para usarlos y, con demasiada frecuencia, cuando la vejez o la enfermedad nublan los ojos y ensucian los rincones, los descartan como a un mueble viejo.
Un mercado de afectos comprados y vendidos. ¿Qué clase de dios o de ley universal permitía que un ser que solo sabe amar incondicionalmente fuera reducido a una etiqueta de precio?
Bruno exhaló un suspiro largo, hondo, que sacudió sus costillas por última vez. La visión se fue difuminando, fundiéndose con la sombra de la habitación que ya se volvía eterna.
En su última hora de vida, el viejo perro no sintió consuelo, pero sí una lúcida y dolorosa claridad. Había vivido de rodillas porque el mundo nunca le permitió ponerse de pie. Había agachado la cabeza ante la mano que a veces acariciaba y a veces golpeaba. Había soportado el peso de ser una mercancía en un tablero ajeno.
Pero mientras la oscuridad empezaba a ganar terreno en sus sentidos, un último pensamiento cruzó su mente, libre ya de miedo y de sumisión. En lo más profundo de su ser, sepultado bajo años de domesticación y ceniza, el viejo lobo que un día fue de cachorro seguía intacto, indomable, esperando el momento en que las cadenas, por fin, se rompieran para siempre.
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