Por Enrique A. Meitin
La ciudad se preparaba para otra Navidad. Las luces parpadeaban en las avenidas como si pudieran distraer a la gente de la grisura diaria, como si el brillo comprado pudiera cubrir el cansancio, la desigualdad y la indiferencia acumulada durante todo el año. Las tiendas rebosaban de gente que empujaba carritos llenos de mercancía como si el sentido de estas fechas dependiera del tamaño de sus bolsas. Algunos reían, otros discutían por nimiedades. Pocos miraban más allá de sí mismos.
Mientras varios comercios bajaban sus rejas, un anciano se detuvo frente al árbol gigante de la plaza central. Nadie sabía su nombre; para la mayoría era una sombra habitual, una presencia incómoda que preferían esquivar con la mirada. Ese hombre, que sobrevivía con lo justo, era parte del decorado urbano que la gente prefiere no ver. Con manos endurecidas por el frío y por años de abandono, se ajustó el abrigo raído y contempló las luces del enorme árbol como quien observa una mentira bien construida.
Cerca de él pasó una familia cargada de paquetes. El niño, ocupado con un aparato nuevo, tropezó con el anciano sin mirarlo. La madre murmuró una disculpa apurada, con la mirada ya puesta en el siguiente escaparate. El viejo suspiró. Conocía ese gesto: la disculpa automática que no reconoce a quien se tiene enfrente. No siempre había sido invisible... pero la pobreza, en una sociedad que adora el éxito y desprecia la vulnerabilidad, borra más rápido que la muerte.
Se sentó en un banco y sacó una libreta arrugada. Pocos imaginarían que escribía; menos aún que en sus palabras había más lucidez que en todo el ruido consumista que llenaba la plaza. Aquella noche, cansado de ver una Navidad convertida en espectáculo, decidió escribir un mensaje que no buscaba aplausos ni compasión, sino señalar una hipocresía generalizada.
"No quiero lástima -escribió-. Quiero memoria. Celebran el nacimiento de un niño pobre, mientras permiten que miles sigan durmiendo bajo puentes y en portales. Hablan de amor y solidaridad mientras luchan por rebajas en tiendas que no necesitan. Iluminan las calles como si eso resolviera la oscuridad de adentro. La Navidad se ha convertido en un teatro y, en este teatro, los que más la necesitan no tienen entrada."
Guardó la libreta y se puso de pie. Caminó lentamente hacia el centro de la plaza, apoyándose en su bastón. A su alrededor la gente seguía apurada, como si temiera detenerse a pensar. Frente al árbol, carraspeó y habló con voz firme, sin pedir permiso.
-La Navidad no está en lo que compran -dijo-. Está en lo que se atreven a mirar. Y esta ciudad hace años que no mira a su gente. Necesitan menos luces y más vergüenza. Menos envoltorios y más humanidad.
Tres transeúntes lo ignoraron de inmediato. Una pareja se alejó con gesto incómodo. Pero una niña, detenida por curiosidad o inocencia, tiró del brazo de su madre para escuchar. Poco a poco, otros se acercaron: un vendedor ambulante que sabía bien lo que era pasar frío, dos jóvenes que regresaban del trabajo y un hombre que, quizás por primera vez en meses, se sintió interpelado.
-No me miren a mí -continuó el anciano-. Miren a su alrededor. ¿Cuántos pasarán esta noche sin techo mientras ustedes discuten qué marca de vino comprar? ¿Cuántas familias siguen endeudándose para aparentar una felicidad que no tienen? La Navidad no es un adorno, es una responsabilidad. Y la estamos traicionando.
La niña se acercó sin miedo y le entregó una tarjeta con un dibujo de un pesebre. El anciano la observó con gratitud sincera. Un gesto pequeño, casi frágil, pero que revelaba algo esencial: los niños aún no aprendían la indiferencia.
Ese gesto rompió el hielo. Una mujer ofreció un café caliente. El vendedor ambulante se quitó sus guantes gastados para dárselos. Un joven, movido por un impulso poco habitual, entró en una tienda cercana a pedir ropa de abrigo para repartirla.
No era caridad lo que ocurría. Era un breve despertar -algo que no dura mucho, pero que demuestra que todavía hay posibilidad de cambio-.
El anciano sonrió apenas. No había buscado cambiar el mundo, pero al menos había hecho tambalear esa cómoda ceguera colectiva. Su mensaje seguía resonando, aunque muchos lo olvidarían al amanecer en cuanto las compras volvieran a imponerse como prioridad.
Cuando la multitud empezó a dispersarse, quedó en el aire un eco distinto, una molestia suave en la conciencia, como una verdad que nadie quiere oír pero todos saben que es cierta:
la Navidad para los invisibles no llegará mientras la sociedad siga aceptando que unos viven adornados y otros sobreviven en sombras.
Y tal vez -solo tal vez- esa noche alguien entendió que lo que hace falta no son más luces, sino más valentía para mirar de frente aquello que preferimos ocultar el resto del año.
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Comentarios
Este relato claramente nos define como individualistas, pero realmente en alguna vez la humanidad a sido diferente... ? somos solidarios en ocasiones, un terremoto, aluvión, tragedias, pasa ese tiempo y volvemos a ser yo 1 yo 2 yo 3...
¡¡Fabuloso Relato Sr Meitin...!!
Cada día la sociedad se hace más fría y plástica solo para aparentar... se pierde la humildad, el respeto y la caridad.