Lectura

Gaviotas

Por José-Blas Molés Miró · España · Fantasía

A veces ocurren cosas increíbles: las cuentas y nadie se las cree. Por eso voy a contarlo tal como lo percibí. Muchas veces la realidad está al otro lado del espejo.
El caso es que una mañana, no hace mucho, oí cómo sonaba el cristal de mi ventana. Eran los golpes cadenciosos del pico de dos gaviotas. No me asombré, porque Hassan y Shana suelen venir a buscar mi compañía de vez en cuando, unas tres veces al año, cuando llegan a Burriana para pasar el buen tiempo. Se instalan junto a la piscifactoría, porque les gusta el pescado fresco y allí nunca les falta. Se hospedan en el Hotel Aloha, frente a la playa, en la terraza de un cobertizo, desde donde observan cómo se retiran los empleados. En cuanto aquello queda tranquilo, bajan a por la comida o la cena.

Al oír el golpeteo abrí la ventana. Entraron en la casa y les puse un plato de surimi, que les encanta. Enseguida comenzaron a hablar en gavioto. Con el tiempo he aprendido a entender bastante, aunque, como son muy teatreras, acompañan las palabras con tantos aspavientos de alas que, al final, siempre acabamos entendiéndonos.

Me hablaron de la economía y de la política mundial; de la inmigración, de la vivienda, de los impuestos sobre la riqueza, del petróleo y de lo bien que marcha la economía... para algunos. También de la admiración que sienten por China, donde pasaron el invierno buscando nuevas variedades de pescado.

Les pregunté por sus hijos. Me dijeron que tres viven en Noruega, dos en Santoña y el tercero navega en el Juan Sebastián Elcano. Ya ha dado tres vueltas al mundo.

Les confesé la envidia que siempre me ha dado verlas volar y sentirse tan libres.

-Nada es ya como era -me respondió Hassan, mientras Shana asentía con el pico-. Mira los incendios. Y mira lo triste y enfadado que está Felipe VI por lo de Ceuta, mientras veranea en Mallorca haciendo como que tiene a la familia unida.

Nos quedamos un momento en silencio.

La vida se complica.

Me levanté a por otra bolsa de surimi.

La devoraron como si fueran gaviotas.

B. M.

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