Lectura

Cuentos de un veterinario

Por Guillermo · Italia · Histórico

Cuentos de un veterinario
Negrito
El patio del Hospital estaba desierto, aún no había llegado nadie, en esa gris mañana de otoño. Caminaba tranquilamente y el aire frio agitaba suavemente las dos enormes palmeras centrales. Me dirigía a las perreras de internación, internación era un eufemismo de cárcel.
Iba a ver una perrita que estaba en tratamiento por un tumor venéreo, había quedado internada toda la noche pues sus dueños, un matrimonio anciano, no consiguieron locomoción para trasladarla a su casa la tarde anterior.
Como habían quedado en pasarla a buscar al mediodía quería cerciorarme con tiempo de que se encontraba bien.
Dado que cumplía también funciones en el hospital, cómo médico veterinario de policlínica tenía la llave del candado de la lúgubre puerta, de chapa gris, única entrada del recinto de las perreras de internación.
Abrí y el chirrido de la chapa contra el piso puso en alerta a todos los canes enjaulados que comenzaron a ladrar al unísono.
En ese momento sentí que alguien estaba detrás de mí. Sobresaltado me di vuelta. Era Cristina que con su voz débil me preguntaba si podía entrar conmigo ya que tenía carne picada para unos cachorros que había tomado a cargo.
No era nada extraño, Cristina estudiaba veterinaria pero de forma muy irregular, descuidaba sus clases y permanecía la mayor parte de su tiempo en el hospital. Ocupándose de los animales que abandonaban, casi siempre cachorritos, perros y gatos viejos o enfermos terminales. Se diría que esa actividad le interesaba más que la carrera.
Entramos juntos aturdidos por el ruido de los incesantes ladridos, al maloliente espacio repleto de jaulas con barrotes de hierro. Mientras comprobaba que mi paciente estaba bien Cristina, que ya había repartido la carne a sus cachorros, se detuvo frente a una jaula ocupada por un perro mediano negro que le faltaba un ojo.
Y este de quién es pregunto Cristina. Mirándome fijamente con su grandes ojos negros Este no tiene dueño respondí, lo utilizan en cirugía.
Era cierto el perrito hacia un tiempo que estaba allí metido, lo llamaban Negrito, y su único paseo era de la jaula al quirófano y del quirófano a la jaula. A un veterinario, que concurría al Departamento de Cirugía en calidad de ayudante honorario, se le había antojado "hacerse la mano " en cirugía ocular y venía por la mañana una o dos veces por semana. Cómo resultado de estas prácticas Negrito había perdido su ojo izquierdo.
No quería hablar más del tema y me encaminé hacia la puerta de la perrera. No sé si fue por descuido o el apuro, pero me pareció que el candado quedó mal cerrado. Sin embargo no lo comprobé me despedí de Cristina y me dirigí a la policlínica, que ya había comenzado a funcionar, y estaba repleta de pacientes que esperaban que los atendiera.
Sin darme cuenta se hizo mediodía y llegaron los dueños de la perrita que tenía internada. Hice una pausa en la atención y junto al anciano matrimonio fui a la perrera de internación. Con alivio pude comprobar que mi sospecha de haber dejado el candado mal cerrado no era verdadera pues estaba en su lugar y correctamente trancado y tuve que volver a abrirlo.
Entregué la perrita al matrimonio de ancianos y mientras me agradecían el favor, comprobé que negrito no estaba en su jaula. A toda prisa y pensando en lo peor, me despedí diciendo que no había nada que agradecer, corrí hasta el quirófano, con mi mente fija en la suerte del ojo sano de Negrito. Tuve una sensación de alivio al ver que el quirófano estaba completamente vacío. Pregunté a un estudiante que me confirmó que nadie había operado en esa mañana. Volví a la policlínica y cuando iba caminando dos enfermeros me preguntaron si no había visto a Negrito a lo que respondí que no.
Que fue de Negrito, para todo el hospital fue un misterio, lo buscaron por unos días y luego lo olvidaron dándolo por desaparecido.
A Cristina por un tiempo largo no volví a verla por el hospital.

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