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Cuentos de un veterinario

Por Guillermo · Italia · Histórico

Cuentos de un veterinario
Clase práctica

Caminaba por la ancha calzada de entrada a la Facultad de Veterinaria y disfrutaba del aroma de los fardos de heno que bordeaban la calle; fardos destinados a ser consumidos por las ovejas y vacas que allí estaban.

Un "buenos días" de un empleado me quitó de mi ensueño. Mientras respondía al saludo, caí en la cuenta de que se me hacía tarde: el práctico de Farmacología estaba por empezar. Apuré mis pasos, pero sin dejar de deleitarme con el grato perfume que me rodeaba.

Ya dentro del salón de prácticos, mientras me ponía el guardapolvo, noté la presencia de tres perros cerca de mí. Estaban atados por el cuello con cuerdas a un gancho amurado a la pared; eran los perros que iban a ser utilizados en la clase. Uno de ellos me olfateó y otro me movió la cola; el tercero permaneció indiferente, como presintiendo su triste destino.

Para esta práctica éramos cuatro docentes. Uno de ellos eligió a uno de los animales y lo pusimos sentado sobre una mesa; otro le ató la boca con un cordón alrededor del hocico y me tocó a mí hacer la inyección intravenosa de fenobarbital en la pata delantera derecha, la cual lo pondría a dormir durante todo el tiempo que durara la clase.

Un gran bullicio inundó la sala; habían dado entrada a los estudiantes, quienes, en un grupo de quince, se aprestaban a escuchar la clase y observar las maniobras a realizar.

El perro, ya anestesiado, había sido trasladado al caballete de disección y, mientras los alumnos se acomodaban en sus puestos, se procedió a colocarle un tubo endotraqueal para conectarlo a un respirador.

Entretanto, uno de los profesores introducía a los estudiantes en el tema del día: secreción salival. Otro procedía a disecar el cuello para dejar al descubierto el nervio vago -con el fin de estimularlo eléctricamente- y el conducto salival, para canularlo y observar la cantidad de saliva secretada durante las manipulaciones.

Las explicaciones y las preguntas se hacían cada vez más largas y redundantes. A posteriori vendrían las estimulaciones eléctricas, así que aproveché para retirarme de la sala de prácticos. No quería quedarme y me preguntaba: "¿Hasta cuándo podré soportar esto?".

Sabía que, al final, al pobre perro, ya mutilado y todavía dormido, se le volvería a inyectar una dosis -en este caso letal- de anestesia para que muriera.

Las clases seguirían, pues quedaban por asistir a este práctico dos grupos más que utilizarían a los dos perros restantes. Opté por marcharme.

Afuera respiré aire fresco y me tomé un tiempo para ir a la biblioteca. Esperé un tiempo prudencial y regresé justo en el momento en que los alumnos se retiraban.

El práctico había quedado atrás. El caballete y la mesa de disección estaban desordenados, con instrumentos quirúrgicos olvidados al azar y sucios de sangre.

En un ángulo vecino a la puerta de salida, sobre una carretilla, estaban los tres perros, ya cadáveres. Los recordé vivos y me acerqué a ellos. Pude ver que uno aún respiraba superficialmente. Pasaron por mi mente mil locas ideas: desde reanimarlo hasta suturar las heridas. Pero todo era ya inútil. Tomé un frasco de anestesia y terminé con el trabajo. Inyecté una dosis generosa y casi de inmediato dejó de respirar.

No era la primera vez que hacía esto; era una situación bastante frecuente en el ambiente en que trabajaba.

Con frecuencia me pregunto qué castigo me tocará por haber destruido tantas vidas y pienso que, cuando llegue el momento de marcharme en el último viaje, durante el juicio del perdón, vendrán todos los animales que inmolé y, juntos, muy unidos, me guiarán circunspectos hacia el profundo y oscuro camino del averno.

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