Una jaula metabólica para ovinos es un artilugio de base rectangular con paredes de metal un poco más altas que una oveja y un largo ajustable de acuerdo con el animal que se va a meter dentro; la idea es que el sujeto permanezca inmóvil durante el experimento. La inmovilización y el encierro son muy importantes pues, según el protocolo de la investigación a llevar a cabo, puede ser necesario, por ejemplo, colocar una vía en la vena yugular para inyectar fármacos o distintas sustancias, o bien sondear la vejiga para recuperar la orina y analizarla.
Tiene en su parte anterior una pequeña puerta por la que la oveja puede asomar la cabeza hacia una bandeja con su ración y un contenedor para el agua. Dada su posición, el animal está imposibilitado de darse la vuelta. De esta manera se puede controlar su dieta o, eventualmente, retirarla por completo para dejarla en ayunas. En suma, con la jaula metabólica se controla toda la ingesta, el tipo de alimentación y la adición de sustancias, fármacos o tóxicos, si es que estaba planificado administrarlos, al mismo tiempo que se determina su repercusión sobre el organismo mediante el análisis de la sangre y la orina.
Y fue así como, luego de una prolongada reunión, resolvieron poner en uso las jaulas metabólicas. Habían adquirido un lote de veinte ovejas y tenían que pensar qué hacer con ellas; tres irían a las jaulas. No alcancé a escuchar cuál era el fin de la investigación, ya que dos alumnos entraron a la oficina para preguntarme el día y la hora del próximo examen. Pero sí me enteré de que se les harían dos extracciones de sangre diarias y que serían sometidas a una estricta restricción de alimento y agua.
Estos trabajos de investigación no son sencillos. Cuando los animales son encerrados, intentan por todos los medios escapar de su celda: se mueven de continuo, corcovean y balan. Por eso es necesario someterlas a un período de "adaptación". Este dura entre diez y quince días, tiempo en el cual la pobre oveja se habitúa o, más bien, se "resigna" a su nueva realidad. Lentamente, debido al cansancio, los intentos por salir de su prisión se vuelven menos frecuentes y, a medida que pasan los días, disminuyen los movimientos del cuerpo hasta que permanecen prácticamente inmóviles, de pie.
Ya "adaptado", el pobre animal no hace más que golpear la chapa posterior de la jaula con sus patas traseras. Es el único medio que tienen para "pedir auxilio", para que las liberen de esa injusta prisión. El ruido de las patadas fue el sonido que retumbó en mis oídos durante las dos semanas que duró la experiencia. Durante ese intervalo, los encargados se ocuparon de analizar la sangre y la orina, de alimentarlas con no sé qué mezcla y de restringirles el agua.
Cuando por fin dieron por terminado el trabajo, cesó el ruido de los golpes y llegó el ansiado momento de sacarlas de la jaula. Luego de un mes de inmovilización forzada, las desdichadas no podían caminar; se arrastraban como podían. Una de ellas murió al tercer día de ser liberada debido a una infección urinaria aguda, provocada por la permanencia prolongada del catéter uretral. Las dos restantes comenzaron a caminar lentamente y fueron llevadas a un pequeño corral. En poco tiempo estarían repuestas y listas para otro experimento.
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