Lectura

Cuentos de un veterinario

Por Guillermo · Italia · Histórico

Los terneros

Todo iba de maravilla en aquella prirmavera. Me encontraba más tranquilo, pues me habían alejado de Farmacología y me dedicaba pura y exclusivamente a la clínica; disfrutaba de los primeros calores de la estación.

Una mañana, me llamó la atención un movimiento fuera de lo común en el patio del hospital: habían clavado unas ocho estacas de hierro en el cantero central. Me preguntaba para qué diablos servirían, pero como debía ocuparme de la atención en la policlínica, no tuve tiempo de averiguar.

Recién al mediodía mi curiosidad se vio satisfecha. Cuando terminé con la atención de los pacientes y pasé de nuevo por el patio, vi que a cada estaca habían atado un pequeño ternero. A los ocho se les había practicado una fístula ruminal.

Utilizada con fines experimentales, la fístula ruminal consiste en comunicar un estómago del animal -el rumen- con el exterior a través de la piel del abdomen, mediante un orificio de unos diez centímetros de diámetro. Su objetivo es acceder a la cavidad del rumen de manera fácil y continuada, ya sea para extraer contenido o para introducir alimentos y otras sustancias.

Pasaron unos días y la investigación procedía dentro de lo normal, hasta que algunos de los animales comenzaron a desmejorar. A los pocos días, uno de los terneros murió; no obstante, la investigación continuó con el resto de los animales vivos.

Silvia entró en mi escritorio y apoyó sobre la mesa un balde con ración. Nos saludamos. Ella dirigía una sociedad de protección animal y se ocupaba de animales abandonados o maltratados, más precisamente de caballos. Era de estatura media, cabellos rubios y ojos oscuros; vestía pantalones negros y una blusa blanca. Luego de charlar un rato, tomó el balde y me preguntó si la acompañaba a darle de comer a un caballo que tenía a su cargo y que se encontraba internado en tratamiento.

Miré mi reloj: eran las dos y cinco. Hasta las tres estaba libre, así que con gusto la acompañé.

Al cruzar el patio central quedamos frente a los terneros fistulizados. Era imposible ignorarlos: estaban allí, mostrando el agujero que tenían en el flanco, apenas cubierto con un tapón de gasa.

Silvia preguntó inmediatamente qué era aquella herida en el costado. Le expliqué qué era una fístula ruminal y para qué servía. Con qué fin lo hacían no pude explicarlo, pues desconocía qué se habían planteado investigar. También agregué que el experimento había comenzado hacía unos días y que en ese lapso ya había muerto uno de ellos. Al tomar conciencia de los detalles, Silvia se indignó primero y se puso furiosa después.

Ambos sabíamos que algo había que hacer; aquello no podía continuar. Con un torbellino de ideas en la cabeza y casi sin hablarnos, enfilamos nuestros pasos hacia donde estaba atado el caballo, un tordillo de mediana edad. Le acercamos el balde de ración y de inmediato se puso a comer.

Nos despedimos y volví a tiempo para comenzar con la policlínica. Yo todavía dudaba, pero Silvia ya estaba decidida: nada ni nadie la detendría.

A los dos días hubo un gran revuelo. No solo llegó la prensa y la televisión a la facultad para ver a los terneros, sino que vinieron acompañados de la policía y de un juez con una orden de allanamiento. Los animales fueron evaluados por un perito veterinario que dictaminó que se encontraban en pésimas condiciones.

Hubo protestas y contraprotestas por parte de Silvia y las autoridades de la facultad, y al final terminamos todos declarando en un juzgado. El juicio se prolongó por meses, y luego por años, adornado de intimidaciones y demandas de ambas partes. Al final, el juez falló a favor de Silvia.

Fue una victoria a medias, pues en su momento no fue posible requisar los animales; el juez no lo permitió. La experiencia continuó con los sobrevivientes en un campo vecino, lejos de miradas indiscretas. Sin embargo, nunca más volvieron a exponer a la vista del público animales sometidos a proyectos de investigación que implicaran mutilaciones.

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