Lectura

Cuentos de un veterinario

Por Guillermo · Italia · Histórico

Milagro

Ya pasaban las diecinueve horas y comenzaba a anochecer en aquella fría tarde de invierno. La entrega de números en la policlínica había terminado y todos mi compañeros se habían retirado; yo era el único que continuaba en el departamento.

Sentado, casi tendido sobre una cómoda silla, dedicaba al descanso los últimos minutos de un agitado día. No solo me había ocupado de los casos médicos que se presentaron en la tarde, sino que también me había tocado operar un tumor mamario en una perra de trece años.

Mi reposo no duró mucho. A través de la puerta entreabierta de mi escritorio, escuché el eco de unos pasos que retumbaban en la desierta antesala de los consultorios. De inmediato, oí la voz nerviosa y agitada de una mujer que dialogaba con el agente de policía que quedaba de guardia por la noche.

-¿Cómo que está cerrado? -dijo la voz femenina-. No puede ser, vengo de Malvín Norte caminando. El ómnibus no me quiso llevar con un perro; tuve que venir a pie. ¡A pie, me entiende! -exclamó la señora con aspereza, alzando la voz.

El guardia trataba de calmarla, pero era inútil. Como la conversación había subido de tono, cometí el error de salir de mi escritorio. Cuando el policía me vio, una expresión de alivio se dibujó en su rostro.

-Doctor -exclamó-, todavía estaba por aquí, pensé que se había retirado. La señora no quiere entender que está cerrado, que no hay atención hasta mañana a las ocho.

Miré a la señora. Era mucho más joven de lo que su voz delataba: más bien baja, de cabello castaño peinado con una cola de caballo, aparentaba unos treinta y cinco años. Vestía un tapado marrón y apretaba contra su pecho una manta rosada por debajo de la cual se adivinaba la silueta de un cachorro.

Ella me miró fijo, me repitió su odisea para llegar y agregó que en el camino había pasado por tres veterinarias: en dos le dijeron que debía pagar la consulta y en la tercera se apiadaron un poquito, pues le aplicaron suero subcutáneo y le indicaron que fuera a la facultad.

Quise decirle que volviera mañana, que estaba cerrado, como ya le había dicho el guardia. Sin embargo, al ver sus ojos marrones, vidriosos por las lágrimas, en vez de pedirle que se retirara, la hice pasar al consultorio.

Sin que se lo pidiera, apoyó la manta rosada sobre la fría mesa de acero. Quedó al descubierto el pequeño cuerpo de un cachorro mestizo macho, de pelo corto blanco y negro, de aproximadamente cuatro meses y medio.

-¿Cómo se llama? -pregunté.

-Raquel -respondió ella.

-No, no usted; el perrito.

-Pirata -me contestó, esbozando una leve sonrisa.

En ese momento, Pirata trató vanamente de incorporarse y expulsó una deposición diarreica sanguinolenta con el olor fétido y nauseabundo típico de la parvovirosis. Estaba sumamente deshidratado; si la diarrea y los vómitos continuaban, en poco tiempo moriría.

Me fatigué tratando de canular una vena casi invisible, pero lo logré. Comencé a pasarle suero fisiológico y, por la misma vía, le inyecté un antibiótico.

Luego de unos veinte minutos de hidratación, Pirata parecía sentirse un poco mejor, pero para estabilizarlo por completo se necesitarían varias horas. Ambos estábamos cansados. Raquel había trabajado todo el día como doméstica y, cuando llegó a su casa, sus dos hijos la esperaban en la puerta; el más chico lloraba con la noticia de que Pirata estaba mal. Tuvo que salir corriendo en busca de un veterinario.

Los dos sabíamos que no podíamos continuar allí toda la noche. Así que, pasados otros veinte minutos, decidimos desconectar la vía y darle una última dosis de antibiótico.

Raquel lo envolvió de nuevo en su manta rosada. Mientras la ayudaba, noté que el abdomen de Pirata seguía dilatado y lleno de contenido líquido; la diarrea iba a continuar durante la noche.

Pero ¿cómo iba a pasar el cachorro toda la noche sin tratamiento alguno? Me armé de valor, tomé el frasco de xilacina -un potente tranquilizante- e inyecté una dosis generosa. Por lo menos, pensé, moriría durmiendo y sin sufrir.

Con cuidado, lo coloqué en los brazos de Raquel y le mentí diciéndole que volviera por la mañana temprano, porque Pirata estaba mejorando. Ella, por su parte, me prometió que a primera hora estaría aquí.

Nos mentimos los dos. Ni el cachorrito estaba mejorando, ni ella volvería. Pero para conjurar la grave realidad, ambos decidimos creer mutuamente en nuestra mentira y nos despedimos.

Al día siguiente, el turno matutino estaba agitado. Había un movimiento constante y no paraba de atender casos. En un momento en que decidí sentarme a respirar, me avisaron que tenía una llamada telefónica. Atendí y una voz lejana, pero reconocible, me dijo:

-Hola, doctor. Habla la dueña de Pirata. Sí, la del perrito de anoche... Era para avisarle que está mejor. Sí, sí, hoy temprano se levantó, tomó agua y no vomitó. Y parece que tiene hambre.

-Me alegro muchísimo -respondí, completamente estupefacto.

Le iba a dar algunas sugerencias para continuar con el tratamiento en casa, pero la línea se cayó, interrumpiendo la conversación. Esperé unos minutos pensando que volvería a llamar, pero no lo hizo, así que regresé a mi trabajo de la mañana.

No podía ser. Estaba estupefacto. No había pasado ni un día desde que el animal estaba tan grave que decidí aplicarle xilacina para que pasara a mejor vida durmiendo, y ahora no solo vivía, sino que estaba bien. Era lo más cercano a un milagro que había visto en mi carrera.

Unas semanas después, mientras revisaba las novedades en la biblioteca de la facultad, me topé con un artículo científico que no conocía, pero que develó gran parte del misterio de aquella noche. Su título era: Uso de la xilacina en el tratamiento de la gastroenteritis viral y parvovirus en caninos.

Aun así, a mí me gusta seguir pensando que lo de Pirata fue, simplemente, un milagro.

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