Lectura

Cristo Redentor

Por Lord Markus · Chile · Historia real

Cristo Redentor
CRISTO REDENTOR"

I
La fría noche, oscura y callada, poco
a poco comenzaba a desvanecerse con el
amanecer cordillerano. La vida empezaba
mas temprano que de costumbre, había una
misión, clara y desafiante.
El tiempo comenzaba a correr y los
primeros vistazos de claridad se manifestaron,
el viento aún frío, enfriaba nuestra joven piel,
y su desafiante voz quiso insinuar algo que
no lograría: nuestro fracaso.

II.
¿Qué era el hombre?, solo un ser con aire
de grandeza; ¿qué era el cóndor?, un ser que
del aire hacía su grandeza. El hombre en su afán
de llegar alto, alto como los cóndores y contem-
plar lo mismo que ellos, busco la forma de
conquistar la cima, pero muchos quedaron en el
camino, y jamás nunca volvieron a bajar. A esos
mismos caminos evocaríamos nuestro andar, sin
miedo a la muerte, confiados y en manos de Dios,
pues hacia él íbamos

III
Subimos a un camión, con mochilas, una
fruta, pan, y algo mas, debíamos pensar en todo
el camino seria largo y duro, tan así que podríamos
refugiarnos allá o incluso no volver. Nuestro espí-
ritu lleno de ansias por conocer aquel santuario,
la montaña no es un juego, es altanera, preciosa
arrogante, traicionera, desafiante, gloriosa, un
atractivo e inmenso llamado a la aventura, su
vientre blanco era la fría pasión que invernaba du-
rante siglos, esperando con ansias el momento de
tragar toda vida que se atreviese a desafiarla. El
viento era un inocente niño jugando con nuestra
suerte, tratando de detener y frustrar todo intento
por llegar al santuario de las altas cumbres.


IV
La hora de comenzar a subir se acercaba,
mi corazón estaba en una extraña sensación,
algo no comprensible, palpitaba mas rápido, me
sentí un poco nervioso, con miedo y con alegría,
ansioso y deseoso por llegar a nuestro destino,
no era el único, todos sentimos lo mismo, la
incertidumbre y las dudas se evocaban a lo des-
conocido para nuestros ojos, aquello que era un
refugio para el cóndor, una tumba para otros.

V
El largo viaje comenzó, unos tras otro
en una sola fila, como una tropa de hormigas
camino al hogar; la marcha era lenta e insegu-
ra, la muerte estaba en cada paso, en cada mo-
vimiento, venia con el viento, asechando sin
perdernos de vista, alerta como un tigre a su
presa, latente y audaz, siempre a nuestro
alrededor, esperando el mas mínimo error,
espera que al final fue en vano, ya que Dios
nos acompaño en cada etapa de nuestra aven-
tura, nuestro camino, camino del santuario
andino, refugio de la luz, hielo y nieve bendita
cima primordial, santa imagen, hijo de Dios.

VI
Alta columna nevada, blanca y pura como
el corazón de la virgen María, inocente y mortal,
fría como la soledad, callada como la muerte,
arrogante como el destino, atractiva como una
mujer, altanera como el orgullo, traicionera como
el amor. Alto cielo azul decidme: aquí están tus
temores, tu pasado murió, tu presente es la cruz
que lleva al futuro; llévame hasta el altar, para
contemplar tu inmensidad, báñame de tu amor
quiero ver tu brillar, permitidme tus pies besar.


VII
Nieve tras nieve el hombre aquí estuvo,
aire tras aire el cóndor aquí estuvo, siglo tras
siglo el frío aquí estuvo.
Señaladme los tiempos que estuvieron
sobre los que cayeron y nunca volvieron, contad-
me todo gota a gota, cada nube, cada sol, y de-
jadme temblar, horas, años, siglos congelados
inertemente perdidos.
Dadme el recuerdo, la palabra y el silencio,
dadme la dicha, tus luces y almas, apegadme la
memoria sin dejarla hablar, escuchad nuestra
esperanza de hermandad, hablad con mis palabras
y mi sangre.

VIII
Viento que abrazas las cumbres nevadas,
lluvia invisible, fuego sin vida, sol sin calor, hais
presenciado la creación y la evolución, decidme
donde están aquellos que quisieron llegar, mostrad-
me el lugar en que descansan, llevadme a su
última morada.
Quiero invocar las frías almas perdidas que
están atrapadas en tu blanco vientre, dejadme oír
sus lamentos, traed montaña a mi los ruegos andinos
quiebra el maldito silencio que consume la existencia
extinguida por tu frialdad.


IX
Oh gran columna andina, nieve virgen
y pura, hemos de llegar sin novedad, conquis-
taremos la meta sin ser expertos, solo jóvenes
obligados a llegar. Nuestro Dios nos guiara en
cada paso que demos, no fracasaremos. El sol
se esconde entre nubes y vuelve a asomar, ¿quién
sois? ¿Por qué nos observáis? ¿Por qué intentáis
detenernos?, muéstrate, destruye nuestros miedos,
quitaos la mascara. Seguiremos tratando hasta
llegar a él, nada nos detendrá jamás, somos
Chilenos de honor y gloria.


X
Seguimos el frío rumbo, callados en nuestro
silencio, sumergidos en un mar de ansias, la hora
parecía no avanzar, pero estaba mas adelantada
de lo que parecía, la cordillera se tornaba cada
vez mas verdugo, mas tentaba a la fatalidad.
El cambiante tiempo, mezcla de sol, nubes
frío y calor, miedo y valor, el cielo estaba mas
cerca; el cóndor ave valuarte y eterno símbolo
de libertad, recorrió desde el Aconcagua hasta
los Andes sobre las alturas indomables refugian-
dose en las cumbres, no hay obstáculo que le impida
volar, o en las nubes descansar.
Los ánimos por llegar hacían del alma un
goce espiritual, la nieve blanca trataba de ganar.


XI
Cóndor de andino volar abres tus alas
con majestuosa impetud, desafiando la gravedad
cordillerana, sin limites ni fronteras, quien como
tu ve el mundo, quien como tu puede volar sobre
las cumbres y posarse a descansar sin miedo a
caer al vacío, sin miedo a morir.
Quisiera tener alas y ser inmune al frío
quisiera ser un cóndor y volar sobre la cima del
monte Aconcagua y bajar al valle para saciar la
sed, y emprender un largo viaje hacia el cielo y su
paraíso. Quisiera volar en las nubes, anidar en la
cumbre, vivir sin vivir, morir sin morir, volar
hacia el templo.

XII
Soñaba despierto, paramos a descansar,
el paisaje se tornaba un poco gris, sentimos frío
sentimos hambre y ganas de volver.
El descanso fue corto, había que seguir,
dejamos el equipo en pabellones, nos alivianamos,
seguimos en fila, la hora seguía avanzando con
el viento, las ganas de ver el santuario me llenaban
de energía, si la muerte hubiera cobrado mi vida,
hubiera sido después de llegar al santuario. Devoto
en mi corazón, el frío era calor y el calor era frío,
sentía las voces, sentía una presencia extraña,
comprendí que alguien quería decirme algo y nunca
comprendí lo que era.

XIII
El largo camino nevado parecía nunca
terminar, de pronto el mando dijo que ya era
tarde y no alcanzaríamos a cumplir nuestro
noble propósito. Debemos volver, se escucho,
a la vuelta de ese cerro nos devolvemos, eso
bajó nuestros ánimos y nos sentimos frustrados,
con ganas de gritar maldiciones al tiempo y al
cielo; seguimos avanzando, cuando de pronto se
fue escuchando uno a uno: allí esta, avanzamos
un poco mas y logre ver la cruz, era él, maravilloso
quieto, esplendoroso, era el guardián que resguarda
la cordillera, era el santo, el santuario de los va-
lientes, era el hombre, el hijo del padre, el que nos
guiaba, el Cristo Redentor, con su cruz, era como
estar en el cielo, era como estar en el paraíso,
¿qué importa el frío físico si esta presente su calor
espiritual?, nunca había visto algo tan maravilloso
como la imagen del Cristo Redentor, resguardando
la alta cordillera, refugio del cóndor y del frío,
morada de los valientes.


XIV
Oh gran señor, dejadme postrarme
a tus pies, escuchad mi oración, bendecid mi
alma, entibiad mi congelado corazón.
Desde aquí, en medio de la nieve andina
dejad ver la luz celestial, mostradme los fragmen-
tos de mi pasado, aliviad el futuro que tu, solamente
tu conocéis. Ho gran padre santo, escuchad mi voz
ofrezco mi vida por estar en ti, por verte en vida
sin esperar la muerte para conocerte. Aliviad los
miedos, alejad el peligro, nuestras vidas están en
vuestras gloriosas manos, no nos abandonéis,
aunque en mi conciencia llevo el peso de avando-
narte pudiendo lo contrario. Ho Dios, bendito soy
por estar aquí, cerca de ti, en nombre del padre
del hijo y del espíritu santo, amen.


XV

El gozo era inmenso, la alegría también, un
vistazo hacia el monte Aconcagua, el cual no
pudimos ver, orgulloso, alegre, fuera de mi, todo
era calor espiritual, pero físicamente, el frío nos
congelaba, tan así que se escucho la orden de calzar
Skies, y comenzar la vuelta, vuelta que evocaba otra
riesgosa aventura: bajar esquiando sin las pieles
y con mochilas.
Comenzamos a bajar con cierto respeto, no
era un juego, no era algo cotidiano, era un pasaje
seguro a la muerte, todo dependía de que forma lo
hacíamos. Era también la oportunidad de sentir el
vértigo de un cóndor, imaginar y sentir que volábamos,
era una extraña sensación, mezcla de miedo y placer
espiritual, (los placeres de la carne no eran nada
con lo que fue el placer de navegar en las nieves
del santuario), de muerte y renacimiento, opresión
y libertad.


XVI
Nieve de los cóndores, agua sólida, pura,
fría como la muerte, altanera, inmensidad de las
alturas, limite del cielo y la tierra, cordillera his-
tórica, serpiente de hielo, el eco del pasado vuelve
hecho tormenta y relámpago.
El tiempo vuela y pasa sobre nosotros, el sol
cada vez invisible, hacía su camino al ancho mar,
pero aun había claridad.
La sorprendente bajada no era fácil, la
montaña podía vomitarnos en cualquier momento
cuando de pronto a lo lejos el camino se divisaba
como una fina y delgada línea de color negro en
una hoja blanca .
Cada vez nos acercábamos más y más a toda
velocidad, sentimos ganas de lanzarnos en línea
recta, pero significaría una muerte segura, debía-
mos ser pacientes y cuidadosos, debíamos contar
la gran experiencia vivida, debíamos recordar al
Cristo.


XVII
Un esfuerzo mas y todo concluiría, la
imagen de aquella simbólica estatua, inmensa
e inmóvil, jamás se borraría de mi mente, era
un goce santo, luminoso, lleno de paz y calma.
El Cristo Redentor era la meta propuesta
meta satisfactoriamente cumplida, mi corazón
latía con la fuerza espiritual de la tranquilidad
era algo maravilloso. El haberse deslizado por
aquella poderosa montaña de nieve virgen, por
aquellos flancos de desafiante inmensidad, fue
una experiencia inolvidable que Dios puso en mi
camino, algo que no se termina de agradecer,
algo que volveria a realizar, si Dios así me lo
impusiera.


XVIII
Ya estando en el camión, nos pusimos en
marcha de regreso al refugio, aquel día lleno de
adrenalina, merecía un brindis, el brindis de la
montaña: "brindo por la hembra brava, que es
orgullo de esta tierra, por la inocencia que encie-
rra en su desnudes de esclava, por su majestuoso
porte y su magnifico pecho, su amor fatídico lecho
del tímido que la ignora, que en sus brazos gime
y llora y de angustia desespera. Brindo por los
placeres del que sabe conquistarla, del que sabe
que el amarla es morir cuando ella quiera, y es
placer de los audaces el gozarla en sus entrañas
y es un goce que no daña, el deslizarse por sus
flancos o por su vientre blanco...Brindo por la
montaña.


XIX
El dia comenzaba a apagarse lentamen-
te y el frío siguió inundándonos, la meta
estaba cumplida, misión cumplida, ya no había
mas que hacer, solo recordar la voz que el viento
llevaba hacia mi: ¿qué hacéis aquí?,¿buscáis
al maestro?,¿tenéis fe?, sigue adelante, las difi-
cultades te llevaran a la meta, luchad, confiad en ti
mismo, Dios te acompaña. El mensaje era claro:
con fe y luchando se logra lo que se propone, sin
fe y sin luchar solo se fracasa. Aquel día aprendí
el valor de la vida, el respeto por la muerte, pues
con ella estubimos jugando, aprendí que encomen-
dansose a Dios, es encomendarse a la gloria y la
proteccion divina. Aprendí también que el compa-
ñerismo y la amistad es un don y un regalo que se
debe cuidar y guardar en el alma hasta que el
silencio apague el ser.
La noche cayo y su manto estrellado nos
Cubrió, el cansancio nos cerro los ojos y los
sueños y los recuerdos flotaban en la mente y
allí se instalaron para siempre, se tornarían
inolvidables, como la memoria de un primer amor.


XX
Ho gran Dios de las alturas, resguardad
los momentos de gloria, apagad la sed de la
muerte, proteged a quien busca en la montaña
el goze de contemplar al guardián, dejad al cóndor
volar sin fronteras, aliviad el dolor de las almas
que un dia tascaron y en el hielo su tumba encon-
traron.
Monte Aconcagua, inmensidad dormida, nie-
ve indómita, fiera indomable, acoged al osado mon-
tañista que con respeto y amor busca tu inmensidad,
no lancéis tu furia sobre los débiles, no descarguéis
tu ira con los inocentes.
Ho Cristo Redentor, oíd mi voz, dadme el
silencio, la nieve, la esperanza, dadme la fuerza,
el hielo, tu historia. Entonadme los cantos, los
recuerdos, acudid a mis miedos, hablad en mis
palabras, guiad mi vida, bendecid mi suerte, sigue
mi camino antes vacío, ahora lleno con tu luz
y santidad, glorioso protector, santo pastor,
Cristo Redentor.


AUTOR : MARCOS DIAZ D.


Basada en una marcha realizada al Cristo redentor en la cordillera en
Agosto Septiembre del 2000. 1ra Compañía Andina Regimiento de Infantería
de montaña N 3 Yungay , San Felipe.


inscripción n° 253405.- DDI (Departamento de Derechos Intelectuales)

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