Un rottweiler había llegado a la policlínica con valores sanguíneos muy por debajo de lo normal; se imponía hacer de inmediato una transfusión de sangre. No es una técnica muy complicada, pero sí poco utilizada.
Por ese motivo, en el hospital no había banco de sangre, sino que recurríamos a los donantes vivos: tres canes que cumplían también funciones de guardia nocturna junto a los vigilantes. De día, vagaban a sus anchas por el parque de la facultad. Así que bastaba con llamarlos para poder extraer el volumen de sangre que necesitábamos.
Durante la transfusión, es necesario quedarse a controlar que el animal permanezca relativamente quieto y verificar que la sangre fluya de manera regular. Como todos tenían algo que hacer, me ofrecí a quedarme para cuidar que todo procediera con normalidad.
Me entretenía viendo cómo fluía la sangre por las tubuladuras. Me sentía tranquilo.
Sin embargo, la paz no duró mucho: no habían pasado diez minutos cuando entraron en el consultorio tres personas de mediana edad. El último llevaba un revólver en la cintura.
Ver que tres desconocidos irrumpían sin pedir permiso -y, para colmo, uno de ellos armado- me puso nervioso; pero en cuanto se identificaron como policías, me tranquilicé.
Estos tres personajes estaban interesados, más que nada, en la bolsa de plástico con anticoagulante que contenía la sangre. Querían saber cómo las obteníamos, dónde se vendían, si la venta estaba regulada, etcétera.
Luego de este interrogatorio, me mostraron una foto en la que se veían unas cincuenta o sesenta bolsas de sangre, idénticas a la que estaba usando, desparramadas en un terreno baldío; unas todavía con contenido, otras vacías y otras rotas a medio llenar.
Mientras observaba detenidamente la foto, el agente de policía puso sobre la mesa en la que se encontraba el rottweiler -que continuaba con tranquilidad su transfusión- un recorte de diario en el que se leía: "Hallan en un basural gran cantidad de bolsas conteniendo sangre". Debajo de la nota, había una foto similar a la anterior; al pie de la misma, se anunciaba que los peritos habían descartado que se tratara de sangre humana.
Como en ese momento mi mente estaba más ocupada pensando en mi paciente que en las bolsas esparcidas entre la basura, no se me ocurrió nada útil para decirles que los pudiera ayudar en la pesquisa que motivó el interrogatorio.
La transfusión ya casi había terminado de pasar al cuerpo del rottweiler, así que me despedí cordialmente de los policías y pedí a dos enfermeros que trasladaran al perro en una camilla hacia las jaulas de internación. Más tarde pasaría a verlo.
Necesitaba sentarme un rato. Me despedí de los tres individuos prometiéndoles que, si me enteraba de algo, los llamaría. Ya en la sala de computación de la biblioteca, mientras descansaba sentado frente a la pantalla, me seguía dando vueltas en la cabeza la misma pregunta: ¿para qué se precisaría tanta sangre de animales y por qué tirarla en un baldío? Pensé que bastaba con buscar usos de la sangre en grandes cantidades y en diferentes especies.
Los primeros resultados fueron desalentadores, pero, insistiendo en la búsqueda, llegué a un artículo: "Granjas de sangre en Argentina y Uruguay".
Allí se explicaba que estas granjas están formadas por planteles de yeguas preñadas y que no están autorizadas en la mayoría de los países europeos, a excepción de Islandia, donde hay una gran cantidad; algunas de estas, incluso, con planteles de varios miles de yeguas.
Continuaba diciendo que, últimamente, se habían instalado en Uruguay y Argentina porque las leyes referentes a la tenencia y el maltrato de animales son más permisivas que en Europa.
Estas llamadas granjas de sangre utilizan la sangre de las yeguas preñadas para la extracción de la hormona gonadotrofina coriónica equina (PMSG). Esta hormona es muy codiciada por la industria farmacéutica debido a su alto precio en el mercado; es muy utilizada, sobre todo, en la reproducción de cerdos.
A cada yegua se le extraen más de cinco litros de sangre por semana. El proceso se caracteriza por el maltrato y los escasos cuidados sanitarios. En general, los animales terminan tan debilitados que pueden llegar a morir exhaustos.
Haciendo una búsqueda más completa, encontré denunciadas por maltrato animal dos granjas de sangre en Uruguay; en ambas constaba el nombre del veterinario responsable. Ambas granjas estaban autorizadas por el ministerio correspondiente. El artículo agregaba que no podía precisarse el número total en el país, pues se sabía de varias que funcionaban de forma clandestina.
Esta información ordenó mis pensamientos. Con seguridad, la procedencia de la sangre del baldío era de uno de estos establecimientos. Eran los descartes de la obtención de la hormona o, tal vez, un lote de sangre en mal estado a causa del fallo de algún refrigerador.
La confirmación casi absoluta de mis sospechas llegó al día siguiente, cuando un estudiante de laboratorio me comentó que la policía había llevado una muestra de la sangre hallada en el basural: el análisis de proteínas había demostrado que era de caballo.
"De yeguas preñadas", pensé.
Del caso no se volvió a hablar; la denuncia, se ve, no prosperó. Había veterinarios responsables y autorizaciones ministeriales de por medio. Todo debe haber quedado, a lo sumo, en una pequeña multa por tirar desechos donde no corresponde.
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Comentarios
Muchas gracias
En realidad soy un italo-uruguayo viviendo en Italia . En cuanto a mi historia he escrito un breve resumen en mi perfil.
Ha sido un placer conocerte y muchas gracias de nuevo
Imagino que es una historia real, Interesante, en realidad lo que me tiene intrigado, puedo deducir que eres un Italiano viviendo en Argentina o Uruguay, pero solo son deducciones
seria interesante saber tu historia Guillermo y Bienvenido a Pluma...