Nací a los finales de la década del 50, en Semana Santa en Finca Cámara (Campo Quijano) Departamento Rosario de Lerma-Provincia de Salta, Argentina. Mis recuerdos me remontan a mi infancia, cerros altos e inmensos de 2500 m, vivíamos en un rancho de adobe y piedra y techo de paja con mi abuela Jacinta, 6 primos, y 4 tíos. Criábamos un pequeño rebaño de ovejas, cabras y vacas, solo para una digna subsistencia.
En la finca, mi madre era niñera, mi padre trabajador ferroviario del pueblo. A él le gustaba ir a las fincas a fiestas rurales: marcadas, señaladas de animales, con bailes populares, etc. En una de esas conoció a mi madre, de 14 años. Dos años después, ella me trajo al mundo y allí mi historia comienza.
En los momentos en que mi joven mamá trabajaba, muy lejos del rancho, mi amada tía Esperanza hacía de madre de "pecho", con uno amamantaba a su hija, mi prima Carmen Rosa, y con el otro a mí, con una ternura inmensa.
Un día, lamentablemente mi padre muere en un accidente ferroviario. El tren lo arrolló y le corto las piernas y, horas más tarde, falleció desangrado. Fue un gran impacto emocional para mi que tenía 3 años, y mi madre para mantenerme emigra a la ciudad de Salta para trabajar de doméstica, dejándome a cargo de mi abuela y en compañía de mis primos.
Aun hoy, en mis sueños veo imágenes, cuando por las mañanas, ordeñaba leche, traía agua del rio que se encontraba cuesta abajo, soltaba las ovejas y cabras, hacia quesos, buscaba leña, y pasteaba las manadas. Y por las noches, contaba estrellas y los rezos. Así mismo, recuerdo las rondas a caballos y los juegos infantiles, las interminables travesuras con mis primas hasta el crepúsculo, cuando nos disfrazábamos y "representábamos" a algunos lugareños de los cerros que nos visitaban para hacer trueque con nuestra producción de quesos.
Doña Sixta una pastora, don Tiburcio un pequeño ganadero, don Matías Toconas un puestero de las altas cumbres, don Gervasio un granjero.
Luego que ellos se retiraban, se nos ocurría con mi prima "representar" de forma caricaturesca, los gestos y acciones de las visitas al puesto. Con vestuario improvisado, con choclos que me ponía para simular la barba de anciano y con ropaje viejo, inventaba diálogos exagerados y cómicos, que provocaba la alegría y risa de nuestros tíos y la abuelita, ante la teatralización y las ocurrencias espontaneas.
Además, como éramos pobres no teníamos lápices de colores, ni cuadernos. Por eso, dibujaba con carbón sobre piedras planas, las distintas escenas del paisaje y de todos los animales. Las carencias hicieron que desarrollara una gran creatividad y un espíritu libre en medio de la bella naturaleza.
Otra vivencia plena que me viene a la memoria, es la pena por los chivitos guachitos -sin madre- que, al oírlos gritar en el corral, corría apresurado a liberarlos y ellos salían con desesperación en busca de las cabras que quizás los dejaran amamantarse. Lo hacía sin pensar en las consecuencias, como perder la producción de leche de ese día, pero no había reprimenda de mi abuela, ya que ella entendía que mis acciones se debían a mi bondadoso corazón y porque era "huérfano".
Por otra parte, un recuerdo recurrente es el de mi cabra "la cheschila". A ella se le murió el chivito, así que mi abuela le saco el cuerito y lo dejo secar al sol. Se me ocurrió entonces, ponerme el cuerito en la espalda todos los días y cuando "la cheschila", bajaba del cerro balando para dar la leche a su "chivito", corría de cuatro pies y me ponía debajo de ella, quien, oliéndome el cuerito, me abría sus patas para darme leche de sus tetas llenas. De esa forma, esa entrañable cabrita se constituyó en otra "madre" para mí. Esta escena era contemplada por toda mi familia con gran complacencia, risas y felices por mi infantil ocurrencia.
Pasado el tiempo, llego la hora de iniciar la escuela, fui a la nacional Nº 4.328 "República de Venezuela", pluri-grado de finca Cámara, camino a la usina Corralito.
Mis tíos Angel y Tomasa, vivían un poco más debajo de la casa de mi abuela, y al no tener hijos todavía, me llevaron a vivir con ellos. Él trabajaba en potreros a 2 y 3 km del rancho, yo recorría el camino silbando y con onda al cuello, acompañado de pájaros y de aves en el cielo, para llevarle la comida que consistía en guiso de charqui, con choclos y queso. De regreso recogía leña para el fuego. Lo admiraba por su destreza y su honestidad, era un formidable hachero, trabajador como pocos, y también un extraordinario guitarrero, que amenizaba algunas noches con melancólicas melodías y las cuerdas parecían llorar con su eximio punteo.
Aun cansado todos los días, este tío me sentaba en su falda y con la paciencia de un "padre", tomaba en sus manos el libro de primer grado: "Semillita" y me enseñaba a leer, deletreando palabra por palabra, ¡que paciencia! . Yo era un niño muy curioso e inquieto con un sinfín de preguntas, y él me atendía de maravilla con el amor de un papa verdadero. Hoy le agradezco profundamente porque fue uno de los que más contribuyo para mi desarrollo escolar y sobre todo a procurar en ser humilde y bueno.
Para esa época, nos habíamos trasladado a la llanura, zona baja de la montaña, a orilla del río Toro. Por ser muy traviesos, con mis primas y primos, nuestra abuela nos inscribió en la escuela como oyentes, (teníamos unos 4 años). El trayecto a la misma era largo, 8 km hacia el norte, pero nosotros convertimos esa travesía diaria en "aventuras" de toda naturaleza, bajábamos algunas veces a caballo, pero la mayoría a pie. Éramos varios niños de distintos puestos, quienes cruzábamos los potreros de vacas y toros cebúes, a los que provocábamos con palos en la cola, hasta hacerlos enojar y nos corrían por todo el campo. Otras veces "tomábamos" naranjas de las quintas, mientras nos escabullíamos en medio de los arbustos; entre angustias y risas lográbamos sortear estos escollos, para luego disfrutar del "botín" obtenido.
Otros días nos internábamos a bañarnos en las vertientes de agua que recorre de norte a sur, en zona de arboledas tupidas. Allí jugábamos a las escondidas con "los duendes", hasta que cierto día descubrimos una vertiente profunda en un pozo de 6 o 7 m, donde creíamos ver en el fondo del mismo un rostro, que asociamos a la de una lugareña Doña Ermela. Incluso observamos que se movía y gesticulaba, lo cual nos aterrorizaba, pero nuestro espíritu aventurero, nos hacía cada tanto volver al lugar por el solo hecho de revivir esas intensas sensaciones de miedo.
Las noches alrededor del fogón, se llenaban con los cuentos y relatos de mi abuela sobre apariciones, duendes, sustos, anécdotas de sus ancestros, de Dios, del niño Jesús, cuentos de los animales, que luego le encontré increíbles similitudes en Horacio Quiroga. Lo llamativo era que ella no sabía leer ni escribir.
Regresando al tema de la escuela, en mi primer grado inferior la maestra Lili Gómez, a mi corta edad de 4 años y ante mi constante "hiperactividad", dotado con cualidades orales e imaginativas muy desarrolladas, acompañado con alto rendimiento escolar, solicito asesoramiento a gabinete psicopedagógico del ministerio de Educación, los cuales vinieron posteriormente a la institución y me sometieron a dos evaluaciones, concluyendo que tenía coeficiente intelectual de 135, y una personalidad hiperkinetica, que hoy se denomina Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH)), por lo que recomendaron a mi madre que me llevara a vivir con ella y me trasladara a la ciudad, donde podrían atender mejor mis necesidades y optimizar el rendimiento. Paradójicamente así empezó el largo camino de asistir a 5 escuelas diferentes.
Esto se debía a los constantes cambios de trabajo de mi madre, y a que no siempre los patrones la dejaban que yo estuviera con ella ("cama adentro"). Estas situaciones me generaban angustias y estrés, el dejar a algunos circunstanciales amigos que había hecho en esos pequeños lapsos de tiempo, el sentimiento de perdida que iba en incremento. Durante ese proceso, fue vital la comprensión y acompañamiento de mis maestras, que yo devolvía el gesto siendo el abanderado.
Finalmente, reflexionando sobre estas presuntas "cualidades" debido a que era hiper dinámico, lo que contribuyó positivamente para mi desarrollo creativo fueron los relatos de mi abuelita, sumado a quien me enseñó a leer, mi tío Ángel y por supuesto, años después, a los diálogos con mi madre que me inculco los valores y principios, además de comprarme con enorme sacrificio, varios libros que yo disfrutaba: el Martin Fierro, Cuentos de la Selva, Heidi, Becquer, y las infaltables revistas Billiken, Anteojito, Toni, Dartagnan, Superman, y hasta las fotonovelas que ella leía,. Y sin olvidar el rol de mis maestras queridas: Mirian Colque y Emilce Chámale, que creyeron en mí. La primera me inculco la ciencia, las matemáticas y la ultima el lenguaje y la poesía.
Esa avidez de aprender en mí fue creciendo, y desarrollo la aspiración y motivación de querer progresar, ser alguien y hacer cosas trascendentes. Todo esto generaba que mi conducta no fuera muy común, quería llamar continuamente la atención, mi necesidad de afecto era enorme. Esto no quiere decir que el amor que me dieron mis queridos tíos, tías, abuelita y primas hermanas no fuera grande, pero ahora comprendo más, que la ausencia de una madre y padre marcan para siempre.
Actualmente, creo que, como resultado de todas las experiencias vividas, buenas y malas, y gracias al amor de mi madre y de la afectuosa familia, con mis falencias y debilidades, soy un simple pastor de sueños. Cumplí muchos de ellos, conocí casi todo mi país: las Cataratas, los Esteros del Ibera, la Patagonia toda, el Nahuel Huapi, el Atlántico sur, el canal de Beagle y Tierra del Fuego. Igualmente, viajé por varios países: Chile, Paraguay, Uruguay, Brasil, Bolivia, Perú y Ecuador, siempre intentando ayudar a los demás.
Le agradezco a Dios, quien me concedió una extraordinaria esposa, 4 hijos maravillosos hijos. Estudiar es mi vocación, estoy graduado en 5 carreras universitarias (áreas de la ingeniería, microbiología, medio ambiente y psicología). Hasta el día de hoy sigo en continua formación, trabajo asociado a mis hijos mayores: abogado e ingeniero y a mi señora licenciada en educación. De igual manera, escribo poemas y cuentos, soy un dibujante y pintor aficionado, autodidacta. Otras metas que sigo persiguiendo son comprar unas hectáreas en aquel lugar de mi origen, construir una cabaña y pasar mi última estación de vida, contemplando y pintando la belleza de los cerros y reflexionando sobre las encrucijadas de la vida. Por ello sostengo que lo importante es no olvidar de dónde venimos, pero sobre todo adonde queremos llegar y que al final lo esencial no es la meta en sí, sino el recorrido.
Poetafantasma LV
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