Eran las cinco de la tarde. Los niños ya habían vuelto de la escuela. Yo sabía el horario. Siempre lo supe. Aunque ya no viviera ahí, aunque ya no tuviera llave, aunque ella me hubiera dicho que no volviera, yo sabía a qué hora llegaban. Y llegué.
La puerta de metal, con el óxido de siempre, estaba cerrada. Toqué. No abrió. Toqué otra vez. Nada. Toqué más fuerte.
-¿Quién es? -preguntó ella desde adentro.
-Soy yo. Abre.
-No puedo. No estás invitado.
-Son mis hijos. Déjame verlos.
-Ya no son solo tuyos. Son nuestros.
-¿Nuestros? ¿Desde cuándo?
-Desde que te fuiste.
-Yo no me fui. Me echaste.
-Te fuiste con la botella. Con el alcohol. Con todo menos con nosotros.
-Eso no es verdad.
-Es verdad. Y lo sabes.
-Solo un minuto. Déjame verlos un minuto.
-No puedo.
-Abre, carajo. Solo un minuto.
La puerta se abrió. Pero no fue ella. Fue él. El otro. El que ahora vivía ahí. El que ocupaba mi lugar.
-¿Qué quieres? -preguntó, con la mano en el marco.
-¿Quién eres tú?
-Ya sabes quién soy. El que está con ella. El que cuida a tus hijos. El que no bebe.
-Sal de mi casa.
-Ya no es tu casa. Cuando te fuiste, dejó de ser tuya.
-No me fui.
-Te fuiste. Te fuiste con la botella. Te fuiste con el alcohol. Te fuiste con todo menos con ellos.
-Déjame entrar.
-No puedo.
-Déjame, carajo.
Y entonces yo entré. No sé cómo. No recuerdo. Pero entré. Y lo vi: a él en mi casa, a mis hijos en la mesa, a mi exmujer al lado de él. Los niños me miraron con los ojos abiertos, como si no me reconocieran. La mano de mi hija pequeña estaba sobre el vaso de agua, como si lo estuviera protegiendo.
-¿Por qué no has bebido el agua? -pregunté.
Ella me miró. No con odio. Con algo peor. Con indiferencia.
-No tengo sed.
-Siempre has tenido sed.
-Ya no.
-Siéntate -dijo él.
-No quiero sentarme.
-Siéntate.
-No.
-Siéntate, carajo.
-No, carajo.
-Vete -dijo ella.
-No me voy.
-Vete.
-No.
-Vete, carajo.
Y entonces pasó. No sé quién pegó primero. No recuerdo. Solo recuerdo el puño. El mío. El suyo. Los dos. El ruido de la mesa al caer. El vaso de agua, rompiéndose. El agua derramándose. Los niños gritaron. Mi exmujer gritó. Yo grité. Él gritó. Y llegó la policía.
-¿Qué pasa aquí? -preguntó el primero.
-Nada -dije.
-Sí pasa -dijo mi exmujer.
-¿Qué pasa?
-Él. Llegó borracho. Quería pegarle a mi pareja.
-Mientes.
-Mientes tú.
-Ustedes dos, cálmense -dijo el policía.
-Llévenselo -pidió ella.
-No me lleven -dije.
-Llévenselo, por favor.
-No me lleven.
-Llévenselo.
-No me lleven.
Y entonces me llevaron.
Mujer: Yo no vine a pelear. Vine a ver a mis hijos. Vine a decirte que todavía puedo cambiar. Pero él estaba ahí, ocupando mi lugar. Y no pude quedarme callado. Ahora estoy aquí, en la comisaría, con las manos esposadas, pensando en el vaso de agua. El vaso que dejé en tu mesa. El agua que no tomaste. El silencio que me diste.
En la comisaría, me sentaron en un banco. La celda no tenía puerta. Solo barrotes.
-¿Por qué lo hiciste? -preguntó el policía.
-No sé.
-Claro que sabes.
-No.
-Dime la verdad.
-No tengo nada que decir.
-Entonces quédate aquí hasta que tengas algo que decir.
Y se fue.
Me quedé solo. En la celda. En el banco. En el silencio.
A la mañana siguiente, me soltaron. Caminé hasta su casa. La puerta de metal, con el óxido de siempre, estaba cerrada. Toqué. No abrió. Toqué otra vez. Nada. Toqué más fuerte. Nada.
-Abre -dije.
Nada.
-Abre, carajo.
Nada.
Y entonces entendí.
El vaso ya no estaba. El agua ya no estaba. Ella ya no estaba. Solo yo. En la puerta. Con la mano levantada.
Y el silencio. El silencio que no se bebe. El silencio que no se rompe. El silencio que se queda.
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