Lectura

La foto quemada

Por Liyanet Caraballo Ulloa · Cuba · Historia real

La foto quemada
La foto estaba en la mesa, dentro de un marco de madera barata, de esos que se compran en la calle. Mis padres. Los dos. Él con su guayabera blanca, ella con su vestido de flores. La única foto que quedaba de ellos. La única. La que mi hermana había salvado del incendio de la casa vieja, la que había guardado durante años, la que me había dado para que yo la cuidara.
-Es lo único que tenemos de ellos -dijo ella cuando me la dio-. Cuídala.
Yo prometí que sí.
Eran las once de la noche. La corriente se había ido a las siete, como siempre. La casa estaba a oscuras, solo la luz de una vela en la mesa. La botella de aguardiente, medio vacía. La foto, al lado.
No recuerdo cuándo la agarré. No recuerdo cuándo la levanté. Solo recuerdo el calor en la mano. La llama de la vela, acercándose al papel. El borde de la foto, ennegreciéndose. El humo, subiendo.
-¿Qué estás haciendo? -preguntó mi hermana desde la puerta.
No la había oído llegar.
-Nada -dije.
-¿Qué es ese olor?
-No sé.
-Eso es humo.
-No es nada.
Caminó hacia la mesa. La vela temblaba. La foto, en mi mano. El borde carbonizado.
-¿Qué hiciste? -preguntó, con la voz quebrada.
-No fue a propósito.
-¿Qué hiciste, carajo?
-No fue a propósito.
-Esa era la única foto de mamá y papá.
-Lo sé.
-Te la di para que la cuidaras.
-Lo sé.
-Y la quemaste.
-No fue a propósito.
-¿Cómo que no fue a propósito?
-La vela. La vela se cayó.
-Mientes. Tú quemaste la foto.
-Sí. La quemé. Yo la quemé.
-¿Por qué?
-No sé.
-¿Cómo que no sabes?
-No sé, carajo.
Y entonces ella la agarró. La foto. La arrancó de mi mano. La miró. El borde negro. El rostro de mi madre, chamuscado. El de mi padre, intacto.
-Mira lo que hiciste -dijo, mostrándomela.
-No fue a propósito.
-Mira.
-No quiero mirar.
-Mira, carajo.
Miré. Mi madre, sin mitad de la cara. Mi padre, completo, mirándome desde el papel quemado.
-Todavía se puede salvar -dije.
-¿Cómo?
-No sé. Pero se puede.
-No se puede. Ya no.
-Sí se puede.
-No se puede, carajo.
Hermana: Yo no quemé la foto a propósito. Fue la vela. Fue la botella. Fue el aguardiente. Fue todo menos yo. Tú no entiendes. Tú no sabes lo que es tener la mano que no obedece. La mano que hace lo que la botella le dice. Yo no quería quemar la foto. Yo quería verla. Quería verlos. Quería que ellos me vieran. Pero la vela estaba ahí. Y la botella estaba ahí. Y yo estaba ahí. Y no sé qué pasó. Solo sé que el humo subió. Y que tú llegaste. Y que me miraste como si yo fuera un extraño. Pero no soy un extraño. Soy tu hermano. El mismo que jugaba contigo en el patio. El mismo que te llevaba a la escuela. El mismo que te prometió que nunca te iba a fallar. Y te fallé. Pero no fue a propósito. No fue a propósito, carajo.
-Dame la foto -dije.
-No.
-Dámela.
-No.
-Dámela, carajo.
-No, carajo.
-Dámela.
-No.
-Dámela.
-No.
-Dámela, carajo.
-No, carajo.
-Dámela.
-No.
-Dámela.
-No.
-Dámela, carajo.
-No, carajo.
Y entonces ella se fue. La foto en la mano. La puerta de madera, con el cerrojo oxidado, se cerró detrás de ella.
Yo me quedé en la silla. La botella en la mano. La vela, temblando. El humo, todavía en el aire. El olor a quemado, en la nariz.
No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que la vela se apagó. Que la oscuridad llegó. Que la botella se vació.
Y que la foto ya no estaba.
Al día siguiente, mi hermana volvió. No entró. Se quedó en la puerta.
-La foto está en el zafacón -dijo.
-¿Qué?
-La foto. La tiré. Está en el zafacón.
-¿Por qué hiciste eso?
-Porque ya no sirve.
-Sí sirve.
-No sirve. La quemaste. Ya no sirve.
-Todavía se ve la cara de papá.
-Pero no la de mamá.
-Se ve un poco.
-No se ve nada.
-Se ve.
-No se ve, carajo.
Y ella se fue.
Yo me quedé en la puerta. Mirando el zafacón. La foto, adentro. Mi madre, sin cara. Mi padre, mirándome.
Caminé hasta el zafacón. Lo abrí. La foto estaba ahí. En el fondo. Entre cáscaras de plátano y periódicos viejos.
La saqué. La miré.
El borde, negro. El rostro de mi madre, chamuscado. El de mi padre, intacto, mirándome. Como si supiera.
Como si siempre hubiera sabido.
Me senté en el piso, al lado del zafacón. La foto en la mano. La botella vacía en el piso. La casa vacía.
Y en mi cabeza, la voz de mi hermana:
"Te la di para que la cuidaras."
Y la mía:
"No fue a propósito."
Pero ella no me creyó.
Y yo tampoco.
No sé cuánto tiempo estuve ahí. Solo sé que el sol se fue. Que la noche llegó. Que la corriente no volvió.
Y que la foto, en mi mano, ya no era una foto.
Era un papel quemado.
Como yo.
Como todo.
Al día siguiente, mi hermana no volvió.
No volvió al otro. No volvió al otro.
Pasó una semana. Dos. Tres.
La foto, en la mesa. El rostro de mi madre, chamuscado. El de mi padre, intacto.
Yo, en la silla. La botella vacía. La casa vacía.
Y en la cabeza, su voz:
"Te la di para que la cuidaras."
Y la mía:
"No fue a propósito."
Pero ella no me creyó.
Y yo tampoco.
Porque fue a propósito.
Fue la botella.
Fue el odio.
Fue el vacío.
Fue todo.
Y la foto, quemada.
Como la memoria.
Como el amor.
Como todo.

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