Y cuando de nuevo se apaga la noche y la ciudad se enciende, los recuerdos se confunden con los sueños y escuecen las heridas que tatúan mi piel. Y sé que no fue solo un sueño.
Y ya no soy la misma. Una parte de mí se ha quedado en Oniria a merced de los cuervos carroñeros que sobrevuelan el cementerio lleno de quien tiene la osadía de soñar. Allí donde los sueños se confunden con la vida y los susurros del ayer se deslizan por las rendijas del presente, como aire que acaricia la memoria.
Los relojes pierden su ritmo, y con cada latido no sabe si recordar o imaginar.
En Oniria, las ruinas del deseo aún palpitan, y las máscaras del alma se funden con las de los fantasmas. Los árboles susurran nombres olvidados y las lágrimas que nunca se derramaron resbalan ahora por los muros, allí donde habita el soñador.
Bajo las estrellas que nadie detiene a ver, mis pasos se repiten sobre el mismo sendero, y aunque sé que estoy despierto, mi sombra aún baila en el umbral de los mundos, donde los que regresan jamás lo hacen intactos y ya nada vuelve a ser igual.
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