La brisa vespertina balanceaba incesante las matas de mango y hacía que estos cayeran ruidosamente sobre los techos de zinc. El cielo del caserío se pintaba de un anaranjado caluroso. En el zaguán de la casa flotaba el olor a café recién colado, mientras mi vieja mecía sus ochenta años en una mecedora de mimbre que crujía al compás del canto de los cristofues.
A sus pies, el pequeño Manuel intentaba cazar una lagartija con un envase de mantequilla vacío. El muchacho, que apenas tenía siete abriles, mostraba, sin embargo, una viveza chispeante en los ojos, una luz que parecía ganarle la carrera a la sombra de los árboles.
—Abuela —preguntó el niño, secándose el sudor con la manga de la franela—, ¿por qué dice el tío Juan que yo tengo una flor en el bolsillo? Cada vez que voy a la bodega de don Hilario, salgo con un caramelo de coco regalado.
La abuela detuvo el balanceo. Una sonrisa mansa, arrugada por el tiempo pero fresca por el recuerdo, se le dibujó en los labios. Dejó los lentes de lectura sobre el regazo y miró las manos inquietas de su nieto.
—Tu tío lo dice porque tú no viniste al mundo como los demás, carricito. Tú entraste a este llano con el favor de Dios completico. La noche que tú naciste, el cielo estaba cerrado en un aguacero de esos que lavan hasta las culpas; pero en el cuarto de la partera, la luz de la vela no parpadeó ni una vez. Cuando asomaste la cabecita, no traías llanto, sino un silencio sagrado. Venías envuelto en un velo de seda fina, blanco como los lirios del río, que tapaba tu carita y el pecho. Naciste enmantillado, Manuelito.
El niño dejó el envase de plástico y se acercó, atrapado por el misterio que salía de la boca de su abuela, cuya voz sonaba como las hojas secas cuando las mueve el viento.
—¿Y eso qué es, abuela? ¿Una ropa?
—Eso es el manto de la Virgen, mi niño —susurró la viejecita bajando el tono de su voz como quien comparte un secreto de Estado—. Una gracia que la naturaleza le regala a uno entre miles. Las manos de la partera te quitaron aquella mantilla con el cuidado de quien deshoja una rosa mística. Esa es la razón de tu suerte. Por eso el perro más bravo del callejón te menea la cola cuando te mira, por eso la lluvia te esquiva si vas corriendo a la escuela, y por eso la gente te observa y se le ablanda el corazón.
Manuel miró sus propias manos, buscando algún rastro de ese hilo invisible que lo ataba a la fortuna.
—¿Y dónde está esa mantilla ahora, abuela? ¿La puedo ver?
La abuela volvió a mecerse y su mirada se perdió en el follaje del totumo que adornaba el patio.
—Eso se secó con el primer sol de tu infancia y se guardó en el fondo del baúl, donde duermen los milagros. Pero no la busques con los ojos, búscala con el corazón. La mantilla no es para lucirla ni para andar mostrándola. La suerte que te dio el cielo se cuida con la humildad. El que presume su manto, amanece desnudo.
La tarde comenzó a recoger sus últimos retazos de luz y las primeras luciérnagas, como chispas de un fogón invisible, empezaron a titilar entre las matas de cambur. Manuel se quedó callado, sintiéndose de pronto arropado por un calor distinto, un abrigo antiguo que no dependía del clima del pueblo, sino de la certeza de saberse protegido por una bendición tan vieja como la tierra misma.
Valoración: 5.0/5 (1 votos)
Comentarios
Aún no hay comentarios. Sé la primera persona en compartir una opinión respetuosa.