Microcuento
Al parecer, era una velada más en esa casona a las afueras de Bogotá. Pero, al llegar la medianoche hizo presencia aquel
ectoplasma sombrío que se dirigió directamente al viejo espejo ovalado, enmarcado con filigranas. De su oscuro ser salió un aliento gélido y pútrido que empañó aquel cristal. Con lo que, supongo, era su dedo índice derecho escribió lo siguiente en el área deslucida:
¡Fuera los cuentistas!
Ese espectro aparentó mirarme e, inmediatamente, desapareció.
Después de aquel trasnocho, ya me identifico solo como un humilde celador que alguna vez fue cronista de la noche.
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