Publicado en Plumagrafito — 06-08-2026 21:05 · 3 min de lectura
Entro con el pie izquierdo en Cuba. Hace años la gente no era así. Quizás sea solo conmigo y lo merezco. ¿Qué habrá pensado Carlos de mí antes de suicidarse? Si me hubiera mirado en ese momento lo hubiese hecho con los ojos de toda esa gente que no para de observarme como si yo fuera el último elefante con colmillos del África. El paso a las bandas de recogida del equipaje está flanqueado por dos mesas alargadas. Parecen pupitres de escuela y sentada en ellos, una mujer vestida de blanco se aburre. Debe tener unos sesenta años. Buenos días, ¿es usted cubano?, dice la señora y me conquistan sus ojos bondadosos. ¿No se nota mi cubanía? No, no se nota. La mujer sonríe e incluso me trata de Usted. ¿habré envejecido tanto? Me alegra que la risa no se ha extinguido en Cuba. ¿Me puede decir desde dónde viaja, por favor?, pregunta la mujer. Su por favor es natural y no impuesto. Esta mujer es el último pelo en la cabeza de un calvo. ¿Estaré de verdad en Cuba o habré llegado por accidente a otro país? Su pregunta sobra porque solo ha aterrizado un avión, pero es amable y me agrada. ¿No tendrá por ahí unos chocolaticos o unas galleticas?, llevo más de seis horas aquí y ni merienda nos dan, exclama la buena mujer y me guiña un ojo. Claro que sí, lo hago con un enorme placer. En silencio saco tres paquetes grandes de chocolates del equipaje y se los regalo. La mujer me abraza, me besa y esconde varios chocolates entre las tetas. Del último paquete se mete algunos en la boca y en su desespero olvida quitarles la envoltura. Eres un tesoro, ¿sabías?, dice la mujer que no para de masticar y sonreír mientras se mete media mano en la boca para sacar las envolturas olvidadas. Me place ayudar a la gente, pero con esa mujer la alegría es doble. Donde yo vivo nadie disfruta tanto comer chocolates con envoltura. Ya la mujer se comió un paquete completo, los engulle de tres en tres. Por lo menos ya le quita el papelito de afuera. Me da otro beso y otro abrazo, dice que yo soy su primo. Me escribe en un papel su dirección, no tiene teléfono. Abre la boca para darme las gracias, veo su coronilla y su lengua es una masa babosa y oscura que confundo con el chocolate. Le faltan tres muelas en el maxilar inferior. La mujer besa un crucifijo que le cuelga de una cadena que fue de oro y se había vuelto de color verde. El crucifijo fue de oro y ahora es de chocolate.
Del libro Fata Morgana
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