Lectura

el único testigo

Por Kingligth33 · chile · Terror

el único testigo
Capítulo 1: La playa y el susurro del cambio

El sol de la tarde descendía oblicuo sobre la playa de Antofagasta, tiñendo las olas de un cálido tono cobrizo que se fundía con el horizonte. Damián estaba sentado en la orilla, con las rodillas abrazadas contra el pecho y un cuaderno abierto sobre la arena todavía húmeda. Tenía el cabello café oscuro, ligeramente revuelto por la brisa marina, y unos ojos cafés claro que reflejaban una mezcla de cansancio y melancolía. Entre sus dedos giraba un lápiz sin que este llegara a tocar el papel.
A su alrededor se extendía un vacío inquietante: ni familias paseando, ni perros corriendo, ni vendedores ambulantes ofreciendo sus mercancías. Solo el rumor constante y monótono de las olas rompiendo contra las rocas cercanas llenaba el aire.

-Últimamente me he dado cuenta de que la ciudad donde nací y crecí ha cambiado bastante... -murmuró para sí mismo, casi en un susurro.

Se levantó con un suspiro pesado, sacudiéndose la arena de los pantalones. Mientras caminaba de regreso hacia su casa, el contraste lo golpeó con fuerza abrumadora. En la avenida principal, los autos se acumulaban en un atasco interminable. Los conductores gritaban groserías por las ventanillas abiertas, con los rostros enrojecidos por la ira y la frustración. Más adelante, las calles estaban saturadas de comercios: luces de neón parpadeantes, carteles gigantes anunciando ofertas imposibles y personas cargadas de bolsas que corrían de un lado a otro con la mirada perdida y apurada.

El consumismo se respiraba en el aire como un humo tóxico y asfixiante.
De repente, un ladrón pasó a toda velocidad junto a él, le arrancó el celular del bolsillo y desapareció entre la multitud sin dejar rastro. Damián ni siquiera intentó perseguirlo. Se quedó allí de pie, con los brazos caídos a los costados y la mirada vacía. Ya estaba demasiado acostumbrado a ese ritmo implacable. Sin embargo, algo dentro de él se quebró en ese preciso instante: un clic silencioso pero definitivo.

-Quizá deba alejarme por un tiempo de esta ciudad... -susurró, casi como si hablara con el viento-. Buscar algo más tranquilo

Capítulo 2: La noche en la discoteca

Esa misma noche, desde el balcón del segundo piso de su departamento, Damián observaba las luces de la ciudad parpadeando como un pulso febril. El ruido lejano de bocinas y sirenas lo envolvía, un recordatorio constante del caos que intentaba dejar atrás. Decidió que necesitaba distracción. Tal vez estaba siendo anticuado. Tal vez solo necesitaba olvidar.
La discoteca era un hervidero de cuerpos sudorosos y luces estroboscópicas que cortaban el aire como cuchillos. Una chica ebria se le acercó tambaleándose, con una sonrisa torcida y la voz pastosa.

-Hola, guapo... ¿bailamos?

Damián aceptó por inercia. Bailaron un rato bajo las luces intermitentes. Ella reía demasiado fuerte, pedía tragos que él pagaba sin protestar. El ambiente lo sofocó rápidamente: el olor a alcohol, perfume barato y sudor, la música que retumbaba en el pecho como un segundo corazón desbocado. Se excusó y subió a la terraza de fumadores en busca de aire fresco y silencio.

Allí, apoyada contra la barandilla con la elegancia despreocupada de quien ya ha visto demasiado, estaba ella. Una joven de piel pálida y complexión equilibrada, ni delgada en exceso ni robusta, cuya presencia parecía absorber la luz tenue del lugar. Su melena corta, de un blanco platino salpicado de mechones morados que caían en ondas suaves y rebeldes alrededor de su rostro, contrastaba con la oscuridad de su atuendo: una chaqueta de cuero negra ceñida, pantalones oscuros y botas pesadas que le daban un aire de sombra viviente. Fumaba con lentitud, exhalando el humo hacia la noche como si soltara pensamientos invisibles. Su mirada era profunda, cargada de un aburrimiento sereno que rozaba la melancolía, pero también de un misterio inquietante; directa, intuitiva, como si pudiera desentrañar las intenciones ocultas de cualquiera con solo un parpadeo.

Damián se detuvo a unos pasos, atraído por esa soledad que parecía resonar con la suya propia.

-¿Qué miras tanto? -dijo ella sin volverse del todo, con una voz calmada pero afilada como el filo de un cuchillo-. Ni pienses que porque estamos aquí voy a tener sexo contigo.

-¿Qué? Yo no he dicho nada -respondió Damián, sorprendido por la brusquedad.

-Entonces ¿por qué miras tanto?

-Solo me llamó la atención que estuvieras sola aquí. Todas esas personas adentro me sofocan.
Ella soltó una risa corta y amarga, casi un suspiro resignado.

-Mmm... sí, es verdad. Parecen monos apareándose.

-Justo a eso me refería.
La chica dio una calada profunda y dirigió su mirada hacia las luces de la ciudad que se extendían abajo como un mar de estrellas caídas.

-Se siente como si siguieran instrucciones de cómo "disfrutar" la felicidad.

De pronto, la realidad sufrió un glitch. Por un segundo, todo se desmoronó: la terraza se convirtió en ruinas cubiertas de vegetación salvaje que trepaba por los hierros oxidados, el cielo nocturno se llenó de estrellas muertas y apagadas, y detrás de la chica, un tentáculo negro y aceitoso se movió con lentitud sinuosa. Ella misma parecía más desgastada, con ojeras profundas y piel apagada, como si el peso de años invisibles la hubiera marcado. El instante pasó tan rápido como llegó, dejando solo un eco de confusión en el aire.
Damián parpadeó, confundido, pero no dijo nada. Siguieron hablando un rato más, compartiendo palabras que flotaban entre el humo y la noche, hasta que ella decidió marcharse.

-¿Tienes WhatsApp?

-Me robaron el celular hoy.

-Mala suerte. Quizá nos veamos por ahí. Adiós.

Damián quiso detenerla, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta. Cuando bajó a la pista, vio a la primera chica ebria repitiendo el mismo ritual con otro hombre desprevenido. Al salir a la calle, la misteriosa ya no estaba. Solo un borracho balbuceaba incoherencias contra una pared húmeda, como un eco roto de la noche.

Capítulo 3: La huida

Tres días después, Damián renunció a su trabajo sin dar explicaciones ni despedidas prolongadas. Empacó una mochila con lo esencial -ropa, un cuaderno, un lápiz gastado y poco más- y caminó hasta la casa de la dueña para saldar cuentas. Luego se dirigió al terminal de buses de Antofagasta sin un destino concreto, guiado solo por la urgencia de dejar atrás el ruido.
En la fila para comprar el pasaje, una voz familiar le habló desde atrás, suave pero cargada de ironía:

-¿Escapando de este maldito teatro también?

Damián se giró. Era ella. La misma joven de la terraza, con esa presencia que parecía absorber la luz a su alrededor. Su melena corta blanco-platino con destellos morados contrastaba contra el gris del terminal, y su ropa negra le daba el aspecto de una sombra que había decidido caminar entre los vivos.

-¿A dónde vas? -preguntó ella.

-No lo sé aún. ¿Y tú?

-Iré a un pueblo al interior de Arica. Podrías acompañarme.

-No estaría mal -respondió Damián-. De hecho, tengo pensado irme para no volver.

-Así que te vas de este infierno -rió ella con una sonrisa breve y cansada-. Me llamo Rose, por cierto.

Subieron juntos al bus. Durante toda la noche conversaron en los asientos del fondo, ajenos al mundo. Hablaron de filosofía, de extraterrestres, del universo y del absurdo de la existencia. Sus risas y voces altas molestaban a los demás pasajeros, que murmuraban y lanzaban miradas de fastidio. Pero a ellos no les importaba; por unas horas, el mundo parecía reducirse a dos voces compartiendo ideas en la penumbra del camino.

Al amanecer llegaron al pueblo. Era pequeño, tranquilo, rodeado de desierto árido y montañas distantes que se recortaban contra el cielo claro. La gente era amable, con sonrisas fáciles y gestos pausados. Rose le explicó que sus padres tenían una casa de verano allí para escapar del ajetreo de la ciudad, pero ella la ocupaba casi todo el año, como si el lugar la llamara con más fuerza que las vacaciones.
Damián cerró los ojos y respiró profundamente. El aire seco y limpio llenó sus pulmones. Por primera vez en mucho tiempo, sintió un alivio genuino, como si algo pesado hubiera comenzado a soltarse de sus hombros.

Capítulo 4: La primera

noche bajo las estrellas
Esa misma tarde, en lugar de quedarse en la casa, decidieron acampar en el desierto para contemplar las estrellas. Encendieron una fogata cuyo crepitar suave rompía el silencio vasto del altiplano. Se acostaron de espaldas sobre las mantas, con las manos detrás de la cabeza, admirando el cielo infinito salpicado de luces antiguas.

El silencio era perfecto, casi sagrado. Hasta que un perro empezó a ladrar a lo lejos. Insistente, monótono. Rose se metió en la carpa. Damián se levantó para ahuyentarlo y ofrecerle algo de comida.

Al acercarse, notó que algo fallaba. El perro ladraba, pero su boca permanecía casi inmóvil. Sus ojos eran demasiado grandes, demasiado vacíos, como ventanas a un vacío que no pertenecía a este mundo. Un escalofrío le recorrió la columna. Corrió de regreso a la carpa, con el corazón latiéndole en los oídos.

-Tenemos que irnos de aquí -jadeó.

Rose se asomó con cautela. No había nada afuera. Pero a sus espaldas, sin que ninguno de los dos lo notara, una sombra larga y tentacular se deslizó con lentitud entre las dunas, fundiéndose con la oscuridad.

Capítulo 5: Las miradas del pueblo

A la mañana siguiente, mientras Damián paseaba por las calles estrechas del pueblo, sintió que lo observaban. Las miradas ya no eran amables; se habían vuelto penetrantes, incómodas, como si cada habitante midiera el peso de su alma. Al pasar junto a un grupo, notó algo imposible: las personas que caminaban detrás de él tenían las caras vueltas hacia la nuca. No las veía directamente, pero la imagen se le clavó en el pecho como un anzuelo.
De regreso en la casa, le contó a Rose con voz agitada:

-Algo raro está pasando aquí. La gente me mira de una forma... extraña.

-Yo también lo siento -
respondió ella, con el rostro más pálido de lo habitual-. Esta mañana un gato me quedó mirando fijamente, como si quisiera hablarme. Su mirada me produjo un terror que no puedo explicar.

Decidieron marcharse de inmediato. Mientras armaban sus cosas con prisa, seis personas las observaban desde la ventana, inmóviles como estatuas. Afuera, el grupo entero los contemplaba fijamente. Algunos discutían entre sí con voces bajas y roncas, casi guturales.

Al pasar frente a la carnicería, el carnicero cortaba carne con una rabia desmedida, alzando la vista un instante para clavarles una mirada inyectada en sangre. Damián sintió otro glitch: por un segundo, el pueblo entero apareció en ruinas, las calles cubiertas de camanchaca espesa, sangre seca y cadáveres desparramados.

Subieron al auto con las manos temblorosas. Por un instante, Rose pareció desnutrida, con la cara rasgada y hundida. Damián se miró las manos: estaban viejas, arrugadas, cubiertas de manchas de edad. El glitch duró menos de un segundo.

-No aguanto más -gritó Damián, con la voz quebrada-. ¡Me estoy volviendo loco!

Capítulo 6: La ilusión se desmorona

Creían haber dejado el pueblo atrás cuando un glitch más violento lo invadió todo. En esa visión fugaz, Rose se estaba muriendo: algo invisible la drenaba, succionando su vitalidad. El auto aparecía oxidado y cubierto de arena, como si nunca hubieran salido realmente de la ciudad. La realidad regresó de golpe, pero Rose seguía viva a su lado.

-Quiero que nos quedemos aquí -dijo ella con una voz dulce, casi melosa-. Compramos una casa, formamos una familia.

Le dio un beso. Sus labios estaban fríos como la piedra de una tumba.
Damián se apartó, sorprendido y perturbado.

-Lo siento... -murmuró, y salió corriendo del vehículo.
Al volver al centro del pueblo, las paredes se veían antiguas y deterioradas, envueltas en una camanchaca densa que parecía tragarse la luz. La sangre fresca manchaba las fachadas. Cadáveres yacían abandonados en las calles. Un perro se acercó con un paso lento.

-Damián... solo déjate inundar por el miedo -dijo con una voz claramente humana.

Las personas reaparecieron como si nada hubiera ocurrido, pero ahora sus caras eran grotescas, deformadas. Tentáculos negros y aceitosos emergían de sus cuerpos, manejándolos como marionetas rotas.
Damián se dio la vuelta. Rose estaba detrás de él, con sangre brotando de sus ojos.

-¿A dónde vas, Damián? No hay donde huir.

-¿Quién eres?

-Soy Rose. ¿Por qué haces como que no me conoces?

-Tú no eres Rose. Ella jamás querría una vida así.

La chica empezó a sangrar profusamente por los ojos. La realidad se desvaneció por completo.
El "pueblo" era ahora solo ruinas: casas derruidas, vidrios rotos esparcidos por el suelo, vegetación salvaje invadiendo cada rincón. Damián tuvo un momento de lucidez única, nunca salieron de la ciudad. El cadáver de Rose, muerto hacía días, permanecía de pie frente a él, hablando con una voz que ya no le pertenecía.

-¿Qué está pasando? -preguntó Damián, aterrado.

-¿Seguro que quieres saberlo? -respondió la entidad-.

Llegamos hace tiempo a este mundo para consumir a la humanidad. Son nuestro alimento.
Le mostró imágenes mentales: entidades similares extendidas por todas las ciudades del planeta, alimentándose silenciosamente de la energía humana.

-Nosotros perfeccionamos su sociedad para mantenerlos en una ilusión constante de odio, pena, exclusión y trabajo sin fin.
Damián cayó de rodillas, con la mente tambaleándose al borde del abismo.

-No... no puede ser cierto... ¿Cómo es posible que todo se haya degradado de esta forma? Los autos oxidados, las luces apagadas, las casas derruidas... ¿Cómo lo hicieron?

-Sabes hace cuánto no se cambia una ampolleta en las calles? ¿Hace cuánto se dejó de ensamblar el último auto? Siete años, Damián. Ya no hay humanos suficientes para mantener la ilusión. Las personas que conoces eran solo Una ilusión, ecos de lo que alguna vez fueron. La mayoría ya murió. Solo quedaban vivos tú y Rose.

Damián sintió cómo su cuerpo se debilitaba. Estaba desnutrido, sin aliento, al borde del colapso físico y psicológico.

-Eres el último alimento que nos queda -susurró la entidad.

El cadáver de Rose se desplomó sin gracia alguna, como un saco vacío de carne marchita, golpeando el suelo polvoriento con un sonido húmedo y definitivo. Por un instante, el silencio fue absoluto.
Entonces, la ilusión se rasgó por completo.

De la forma inerte surgió -o más bien se desenrolló- una masa ondulante y aborrecible que no parecía pertenecer a ninguna taxonomía terrenal. Era una entidad de proporciones imposibles, una abominación gelatinosa y cambiante cuya mera presencia hacía que el aire se espesara y el tiempo pareciera curvarse. Su cuerpo, si es que podía llamarse así, consistía en un amasijo vivo de tentáculos negros y aceitosos, gruesos como troncos y delgados como venas, que se retorcían en una coreografía eterna y caótica. Algunos terminaban en bocas circulares bordeadas de dientes finos como agujas, que se abrían y cerraban con un chasquido viscoso; otros se abrían en ojos pálidos y facetados que no parpadeaban, mirando hacia dimensiones que el ojo humano jamás podría percibir.

La sustancia que la componía brillaba con un lustre enfermizo, como petróleo derramado sobre carne viva, y exhalaba un olor dulzón y pútrido, mezcla de algas podridas, sangre antigua y algo infinitamente más antiguo que la propia Tierra. Los tentáculos se movían con una inteligencia propia, algunos explorando el aire con lentitud hipnótica, otros contrayéndose y expandiéndose en ritmos que sugerían una geometría no euclidiana. Aquí y allá, en la masa central bullente, se formaban y disolvían protuberancias que recordaban bocas humanas gritando en silencio, o rostros medio fundidos que se derretían antes de poder ser reconocidos.

No era simplemente un monstruo. Era una manifestación de algo que había existido mucho antes de que la humanidad soñara con las estrellas: un devorador de esencias, un pastor de rebaños ilusorios, una entidad cuya hambre trascendía la carne y se alimentaba directamente de la esperanza, la cordura y el último aliento de las almas.

Damián con sus últimas fuerzas no podía comprenderlo, murió antes de volverse completamente loco.

Capítulo 7: El único testigo

Las entidades se retiraban del planeta Tierra en un silencio absoluto, deslizándose hacia las profundidades del espacio como sombras que regresan a su origen. El mundo que dejaban atrás estaba sumergido en una quietud devastadora. Ciudades enteras yacían convertidas en ruinas cubiertas de vegetación salvaje que trepaba por los edificios derruidos. Carreteras agrietadas se perdían en el horizonte, invadidas por la arena del desierto y la camanchaca que todo lo envolvía. Un silencio profundo y definitivo lo devoraba todo; ni un solo motor rugía, ni una voz humana rompía la calma.

Nadie supo jamás qué había sucedido realmente. No hubo testigos, no hubo sobrevivientes que pudieran contar la historia. Las últimas luces de la civilización se habían extinguido sin que nadie entendiera el porqué.
Nadie, excepto Damián.
Él había sido el único que logró entrever la verdad detrás de la ilusión, el único que presenció cómo el rebaño humano fue consumido lentamente hasta desaparecer. Su muerte no fue solo el fin de una vida, sino el cierre definitivo de la última página de la humanidad. En medio de las ruinas, su cuerpo quedó tendido, con los ojos café claro aún abiertos, mirando hacia un cielo vacío que ya no pertenecía a nadie.
El planeta giraba ahora en la oscuridad del cosmos, desolado y silencioso, como un vasto cementerio olvidado.
Y Damián, el único testigo, se llevó consigo el secreto que nadie más llegaría a conocer.

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Comentarios

Luis Soto

ME GUSTA ESTE TIPO DE TEXTO: CIENCIA FICCIÓN Y FANTASIA....