Mucho antes de que la luz de las estrellas besara por primera vez los mundos...
En lo más profundo y primordial de la existencia, donde el cosmos aún guarda secretos que ni los dioses osan pronunciar, existía Bhell.
No era un dios.
No era un demonio.
Bhell era el aliento anterior a la creación. La sombra que danzaba antes de que existiera la luz. Un ser sin tiempo, sin forma, sin principio... y sin muerte.
Los sabios de la constelación de Lyra, aquellos que contemplaban el universo no con los ojos, sino con el alma, dedicaron siglos a una única obsesión: atrapar lo inatrapable. Anhelaban anclar el poder absoluto a esta frágil realidad. Anhelaban domar a Bhell.
Tras un pacto directo con aquella entidad, Bhell accedió a anclar una parte de su poder en este plano de existencia.
Y así lo lograron.
En un ritual que hizo temblar los cimientos del firmamento, fracturaron la esencia del Primordial. Aquella chispa de poder infinito fue sellada, no en oro, ni en gemas, ni en acero forjado por manos mortales...
Sino en los huesos de la última criatura cósmica de su especie.
Una bestia majestuosa, hoy extinta. Sacrificada para que su esqueleto se convirtiera en la prisión eterna del poder absoluto.
El artefacto fue creado.
El poder fue contenido.
Y Bhell, bajo términos desconocidos incluso para las generaciones futuras de lyrianos, cedió parte de su poder a una máscara. Sin embargo, solo aquellos que fueran compatibles genéticamente podrían utilizarla.
-O, al menos, eso es lo que cuenta la leyenda... -comentó un hombre a su hijo, que descansaba sobre sus hombros mientras ambos, junto a cientos de espectadores, observaban la ceremonia del Patriarca.
El ambiente en la gran sala del consejo era solemne y pesado. Enormes columnas de piedra sostenían la estructura y, al fondo del recinto, el Patriarca permanecía sentado en su trono, flanqueado por sus seis generales más poderosos.
Frente a ellos, Mitsuru avanzó con paso firme hasta detenerse en el centro del salón. A su alrededor, una multitud de lyrianos observaba expectante. Aquella sería la primera misión con la que su civilización comenzaría a mover sus piezas.
-Mitsuru -comenzó el Patriarca, cuya voz resonó por toda la sala-. Has sido llamado porque tenemos una misión para ti. Una que sabemos has esperado durante mucho tiempo.
El público estalló en vítores al escuchar el anuncio.
Mitsuru, acompañado por sus dos estudiantes, Ryoma y Naomi, permaneció en silencio. Su expresión seguía siendo imperturbable, aunque la tensión en su cuerpo delataba la emoción que intentaba ocultar.
El Primer General tomó la palabra.
-Tu nueva misión consiste en viajar al Planeta Cárcel para liberar a Takeshi. Sabes perfectamente que ese planeta es una zona de alto peligro. Sin embargo, debemos correr ese riesgo. Rescatar a Takeshi será de gran ayuda para lo que está por venir.
-Entiendo -respondió Mitsuru sin vacilar-. No tengo ningún inconveniente en ir. ¿Cuándo debo partir?
-Mañana al amanecer -sentenció el Tercer General.
Los lyrianos levantaron los brazos y comenzaron a corear el nombre de Mitsuru.
-Bien. Estaré listo.
Mitsuru hizo una leve reverencia al Patriarca y al público antes de disponerse a marcharse junto a sus alumnos.
-Mitsuru, no irás solo -añadió el Tercer General, obligándolo a detenerse.
Mitsuru giró lentamente.
-La masacre provocada por Kira acabó con una gran parte de nuestra población. Ya no disponemos de suficientes guerreros.
Aquellas palabras cayeron sobre él como un balde de agua fría.
Los ojos de Mitsuru se abrieron de par en par, perdiendo la compostura por primera vez.
A su lado, Ryoma y Naomi intercambiaron una mirada. En ambos brilló una mezcla de emoción y determinación.
-¡Pero si no están listos! -protestó Mitsuru, elevando la voz-. ¡Puedo enfrentar cualquier amenaza por mi cuenta! Y si las cosas se complican, recurriré al poder de la máscara de Bhell si es necesario... ¡Pero no los involucren!
El Cuarto General intervino con un tono glacial, casi clínico.
-Mitsuru, desconocemos cuánto ha crecido el poder de Kira durante todos estos años. No podemos permitir que vayas solo y mueras en el intento; sería la perdición absoluta para nuestra raza. La máscara es nuestra única esperanza, y tú eres el único capaz de utilizarla.
El Quinto General puso fin a la discusión con una autoridad incuestionable.
-Si no aceptas las condiciones de esta misión, enviaremos a otro general en tu lugar... pero tus alumnos irán a ese planeta de todos modos. Es momento de que comiencen a adquirir experiencia en combate.
Mitsuru apretó los dientes con tanta fuerza que sintió un dolor punzante en la mandíbula. Sus puños temblaban de impotencia. El silencio se adueñó de la sala durante unos largos segundos, hasta que finalmente dejó escapar un suspiro cargado de resignación.
-Está bien... -masculló entre dientes-. Aceptaré esta misión. Iré con ellos.
El Patriarca observó al grupo durante unos instantes. Antes de dar por concluida la audiencia, una curiosidad cruzó por su mente.
-Ryoma, Naomi... antes de finalizar esta reunión, me gustaría conocer las razones que los llevaron a convertirse en guerreros de nuestra civilización.
Ryoma dio un paso al frente. Sus puños volvieron a cerrarse con fuerza mientras los recuerdos del pasado afloraban en su memoria.
-¡Mi madre, señor! -respondió con firmeza-. Era muy pequeño cuando ocurrió la masacre que destruyó nuestro planeta original y apenas conservo recuerdos de ella... pero jamás olvidaré la forma en que mi madre me miraba. Quiero hacer justicia por su muerte.
El Patriarca asintió lentamente, conmovido por la determinación del muchacho. Después dirigió su mirada hacia Naomi.
-¿Y tú?
La joven bajó la vista por un instante, recordando la soledad que marcó su infancia.
-Mitsuru me salvó cuando era pequeña. Yo era huérfana... así que, cuando ocurrió la masacre de nuestro planeta, no perdí nada.
Hizo una breve pausa antes de levantar la mirada.
-Solo gané.
Una tenue sonrisa apareció en su rostro.
-Quiero demostrarle que puedo convertirme en la mejor guerrera de todas.
Mitsuru contempló a ambos con solemnidad. Conocía el peso que cada uno cargaba sobre sus hombros.
El Patriarca asintió con satisfacción.
-Excelente. Aférrense a esos motivos y recuérdenlos en los momentos más difíciles. Permitan que sean el combustible que alimente su voluntad. Mitsuru, Ryoma, Naomi... su viaje comenzará mañana al amanecer. No podemos perder más tiempo.
Con el peso de aquella responsabilidad sobre sus hombros, Mitsuru abandonó la Casa del Patriarca.
-Ryoma, Naomi... vayan a descansar -ordenó con voz serena, aunque cansada-. Mañana iniciaremos nuestra primera misión oficial en el Planeta Cárcel. Necesito que estén preparados para cualquier situación.
El sol comenzaba a ocultarse en el horizonte de Kepler-442b, tiñendo el cielo de tonos púrpuras y anaranjados. Ryoma y Naomi regresaban en silencio hacia sus hogares, intentando asimilar la enorme responsabilidad que recaería sobre ellos al día siguiente.
Las islas flotantes donde habitaban los lyrianos permanecían suspendidas sobre la exuberante naturaleza del planeta, una forma de convivir con la fauna y la flora sin alterar su equilibrio.
Horas más tarde, la noche cubrió por completo Kepler-442b.
Frente a su hogar, Naomi permanecía sentada junto a una pequeña fogata. Observaba el baile de las llamas mientras intentaba combatir el frío nocturno.
El crujido de unas hojas secas rompió el silencio.
Era Ryoma.
Llevaba sobre los hombros un enorme pez recién capturado y sonreía con orgullo.
-¡Vaya! Así que trajiste la cena.
Sin decir una palabra, Ryoma se sentó junto a ella y comenzó a preparar el pescado sobre el fuego.
Durante unos minutos ninguno habló.
Solo se escuchaba el crepitar de la leña y el suave viento que recorría las islas flotantes.
Por un instante, la tensión de la misión del día siguiente pareció desaparecer. Bajo un cielo repleto de estrellas, ambos compartieron aquella sencilla comida en un silencioso pacto de compañerismo.
Al amanecer, la calma de la pequeña isla dio paso a una reunión de urgencia.
Ryoma, Naomi y Mitsuru permanecían reunidos frente al portal de transporte. El aire estaba cargado de una tensión casi palpable mientras su instructor realizaba los últimos ajustes del dispositivo.
-Esta cápsula será nuestra vía de regreso a Kepler sin dejar rastros de nuestro destino en el espacio-tiempo -explicó Mitsuru mientras la entregaba a Naomi-. Guárdala bien. Este portal fijo nos llevará directamente a los cielos del Planeta Cárcel para evitar ser detectados. Prepárense para una caída libre.
Sin perder un segundo, los tres ocuparon sus posiciones dentro del círculo grabado en el suelo.
Una interfaz holográfica apareció frente a ellos e inició la cuenta regresiva.
-Ha llegado el momento -dijo Mitsuru con la autoridad propia de un comandante-. Quiero máxima concentración. Iniciando portal de ingreso...
Respiró profundamente.
-Tres...
-Dos...
-Uno...
-¡Click!
El círculo tecnológico comenzó a irradiar una intensa luz blanca.
El espacio-tiempo vibró violentamente a su alrededor. La realidad pareció retorcerse sobre sí misma...
Y, en un instante, las figuras de los tres guerreros desaparecieron por completo.
Casi al instante, la realidad volvió a tomar forma en un escenario hostil.
Los tres aparecieron suspendidos en el vacío, sobre los cielos del Planeta Cárcel. Por puro instinto militar adoptaron la posición de caída libre, atravesando el viento a gran velocidad. El descenso fue vertiginoso, pero lograron aterrizar de forma limpia y coordinada sobre el suelo, justo frente a una imponente pirámide de arquitectura maya.
Mitsuru se incorporó de inmediato y recorrió el lugar con una mirada aguda.
-Hemos llegado. Manténganse alerta -ordenó en un tono firme, aunque apenas por encima de un susurro-. Reduzcan su Newen al mínimo. El sello de este planeta detecta cualquier energía espiritual que no sea originaria de aquí. Esta es la prisión de Takeshi. Cúbranme mientras encuentro la forma de vulnerar el sello.
Ryoma y Naomi empuñaron sus armas y adoptaron posiciones defensivas alrededor de su maestro mientras este conectaba un dispositivo holográfico al antiguo sello de la estructura.
El silencio del páramo apenas duró unos segundos.
Un profundo estruendo comenzó a retumbar bajo tierra, semejante al lento despertar de un gigantesco mecanismo oxidado.
Naomi fue la primera en reaccionar.
-¿Escuchaste eso? -preguntó, girándose hacia Ryoma con evidente preocupación-. ¡Apuesto a que activaste la alarma del sello! ¡Ryo, eres un terco!
-¡No fui yo! -replicó él, sintiendo cómo el sudor frío recorría su frente-. ¡Tengo mi Newen al mínimo!
Antes de que pudieran seguir discutiendo, toda la pirámide comenzó a estremecerse.
Los bloques de piedra de la escalinata principal se resquebrajaron y cayeron en una lluvia de escombros, abriendo un enorme agujero en su interior.
Desde aquella oscuridad emergió una figura espeluznante.
Parecía un demonio biomecánico, una aberración nacida de la unión entre metal viviente y tejido orgánico.
Los ojos de Ryoma se abrieron de par en par.
-¿¡Qué mierda está saliendo de esa pirámide!?
La criatura permaneció inmóvil durante unos instantes. Un zumbido mecánico recorrió su cuerpo mientras varias luces rojas analizaban a los intrusos.
Entonces habló.
-Escaneando energías...
Su voz sonó metálica y distorsionada.
-Energía no originaria de este planeta detectada.
Hubo un breve silencio.
-Objetivo... eliminar.
La criatura desapareció.
O, al menos, eso fue lo que percibieron los ojos de Ryoma.
En una fracción de segundo ya estaba frente a él, con las garras extendidas.
El muchacho quedó completamente paralizado.
Todo ocurrió demasiado rápido.
-Maldición... yo... yo no estoy preparado para esto...
Esperó el impacto.
Pero nunca llegó.
Sin apartar una mano del terminal holográfico con el que continuaba vulnerando el sello, Mitsuru levantó la otra con absoluta tranquilidad.
Una ráfaga de energía atravesó el aire.
La cabeza del demonio explotó al instante.
Fragmentos de metal y materia oscura salieron despedidos en todas direcciones mientras el cuerpo sin vida caía pesadamente al suelo, deteniéndose a escasos centímetros de Ryoma.
El joven se dejó caer de espaldas, respirando con dificultad.
Su corazón golpeaba con tanta fuerza que parecía querer escapar de su pecho.
Naomi soltó un largo suspiro de alivio.
La explosión llamó la atención de los habitantes de la zona.
Un hombre vestido con ropas tradicionales mayas irrumpió corriendo en el claro y, al contemplar el cadáver del monstruo, levantó los brazos hacia el cielo.
-¡Nos han salvado! ¡Gracias, dioses! ¡Escucharon nuestras plegarias!
Luego se volvió hacia los demás aldeanos.
-¡Todos! ¡Los dioses han respondido a nuestros rezos! ¡Preparen los sacrificios para honrarlos!
Mitsuru frunció el ceño.
-No hace falta, humano. Mantengan a su gente alejada de este lugar.
Naomi observó a los aldeanos con evidente desconcierto.
-¿Van a sacrificar personas... para agradecernos?
-Naomi -la interrumpió Mitsuru con severidad, sin apartar la vista del sello-. No interfieras en su cultura. Nosotros solo hemos venido a cumplir una misión.
En ese instante, una voz áspera y burlona resonó desde lo alto de la pirámide.
-¿Dioses? ¿De verdad creen que los dioses tendrían esa cara de idiotas?
Los tres levantaron la vista.
Descendiendo lentamente entre los restos de la antigua prisión apareció un hombre demacrado, de barba descuidada y aspecto famélico tras incontables años de cautiverio.
Era Takeshi.
Una leve sonrisa apareció en el rostro de Mitsuru.
-Viejo amigo... Sigues exactamente igual. Ni mil años encerrado lograron quitarte ese maldito sentido del humor.
Takeshi llegó hasta la base de la pirámide y observó a los dos jóvenes.
-¿Ahora trabajas de niñero? ¿Quiénes son esos dos mocosos?
Una vena se marcó en la frente de Naomi.
-¿¡Cómo que mocosos, imbécil!?
Dio un paso al frente, dispuesta a lanzarse sobre él, pero Ryoma la sujetó por los brazos antes de que pudiera hacerlo.
-Son mis alumnos, Takeshi -respondió Mitsuru con calma.
Su expresión cambió de inmediato.
-Y también... parte de los supervivientes.
La sonrisa de Takeshi desapareció.
-¿Supervivientes...? ¿De qué estás hablando?
Mitsuru guardó silencio durante unos segundos.
-Llevas más de mil años encerrado. Durante ese tiempo, Kira atacó nuestro planeta. Nos vimos obligados a huir a otro mundo... y él lo destruyó por completo.
Takeshi sintió que las piernas le flaqueaban.
-¿Qué...?
Su voz apenas fue un susurro.
Entonces una idea atravesó su mente.
-¿Y... mi hermana?
Mitsuru bajó la mirada.
Fue incapaz de sostener sus ojos.
-No pude encontrarla. Durante estos mil años regresé una y otra vez a las ruinas de nuestro hogar... pero jamás encontré su cuerpo.
Takeshi bajó lentamente la cabeza.
Sus puños se cerraron con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron blancos. La impotencia y la resignación se mezclaban en su expresión.
-Vaya, vaya... Justo estaban hablando de mí.
Una voz fría, impregnada de una malicia enfermiza, atravesó el páramo y heló la sangre de todos los presentes.
-¿Acaso quieren recordar los viejos tiempos?
Takeshi y Mitsuru levantaron la vista al mismo tiempo.
Emergiendo entre las sombras del páramo apareció Kira.
El mismo hombre que, mil años atrás, había aniquilado a toda su nación.
A su izquierda caminaba Ryusei, un demonio con apariencia de niño. Su rostro transmitía un sadismo perturbador, acentuado por un gigantesco piercing que atravesaba su pecho de lado a lado, justo donde debería estar su corazón.
A la derecha avanzaba Ahau.
Medía más de dos metros de altura. Su cuerpo deforme estaba cubierto por decenas de ojos vivientes que observaban en todas direcciones, mientras que donde deberían estar sus propios ojos solo existían dos pozos negros, tan profundos que parecían contener el vacío mismo.
La ira explotó dentro de Takeshi.
-¡¡Hijo de puta!! ¡Te mataré!
Kira soltó una leve carcajada.
-¿En esas condiciones?
Negó lentamente con la cabeza.
-No lo creo.
Mitsuru reaccionó de inmediato y se interpuso entre el enemigo y sus alumnos.
Sabía que enfrentarlos directamente sería un suicidio.
-¡Ryoma! ¡Naomi! ¡Activen la cápsula de escape y márchense! ¡Es una orden!
-¡Entendido!
Ambos retrocedieron sin perder un segundo.
Kira sonrió con diversión.
-¿Por qué esas caras tan largas?
Avanzó un paso más.
-¿Acaso no me extrañaron?
Ryoma y Naomi alcanzaron una zona relativamente segura. Naomi observó la cápsula entre sus manos y permaneció inmóvil.
No podía apartar la vista de Mitsuru.
-¿Qué haces? ¡Tenemos que irnos! -insistió Ryoma.
Naomi respiró profundamente.
-Lo siento...
Apretó la cápsula con fuerza.
-No pienso abandonar a Mitsuru.
Le entregó el dispositivo.
-Llévatela.
Ryoma abrió los ojos con incredulidad.
-¡¿Qué estás diciendo?! ¡¿Quieres que me vaya solo?!
Naomi asintió con la cabeza.
-ya sabes cuál será mi decisión.
Se dio media vuelta y comenzó a regresar hacia el campo de batalla.
-¡Mierda...!
Ryoma apretó los dientes.
-Está bien... me quedo contigo.
Respiró hondo antes de continuar.
-Pero, si las cosas salen mal, activaremos la cápsula con Mitsuru.
-De acuerdo.
Frente a ellos, Mitsuru y Takeshi adoptaron sus posiciones de combate.
Mitsuru llevó una mano al rostro.
La máscara de Bhell cubrió lentamente su cara.
Una presión espiritual abrumadora inundó todo el valle.
A su lado, Takeshi reunió las pocas fuerzas que le quedaban y materializó dos dagas de energía pura.
Kira observó la escena con una sonrisa cargada de ironía.
-Así que... al fin conseguiste la máscara que tu nación durante siglos intentó crear.
A unos metros del combate, un anciano maya levantó nuevamente los brazos hacia el cielo.
-¡No teman, hermanos! ¡Nuestro dios nos salvará...!
Ryusei desapareció.
Ni siquiera se escuchó un paso.
Solo un destello.
Un instante después...
La cabeza del anciano rodó por el suelo.
Su cuerpo permaneció inmóvil durante apenas un segundo antes de desplomarse.
Ryusei limpió la sangre de su espada con una sonrisa infantil.
-Qué aburrido...
El pánico se propagó entre los aldeanos.
Los gritos invadieron el valle mientras todos huían desesperados en distintas direcciones.
Mitsuru observó el cadáver con la mandíbula tensa.
Una furia silenciosa comenzó a consumirlo.
-Siguen disfrutando esto...
Ryusei respondió con una carcajada estridente.
A su lado, Ahau dio un pesado paso al frente.
Su enorme cuerpo comenzó a estremecerse mientras una voz gutural escapaba de su garganta.
-Matar...
Otro paso.
-Matar...
Y uno más.
-Matar...
Mitsuru desvió apenas la mirada hacia Takeshi.
-Sé que no estás en las mejores condiciones...
-Ni lo menciones.
Takeshi sonrió con amargura mientras ajustaba el agarre de sus dagas.
-Si hubiera sabido lo que encontraría aquí... quizá habría sido mejor seguir encerrado.
No hubo tiempo para planear.
Ahau cargó directamente contra él.
Su enorme puño descendió como un martillo.
Takeshi no esquivó.
Plantó ambos pies en el suelo y recibió el impacto con el hombro.
La colisión desató una explosión de energía espiritual que levantó una espesa nube de polvo.
Aprovechando la cortina de humo, Takeshi desapareció de la vista del monstruo.
Un destello.
Su daga atravesó el pecho de Ahau.
La criatura soltó una risa grotesca.
Como si no sintiera dolor.
-No te rías demasiado...
Takeshi sonrió.
-Ese veneno es mortal.
Ahau levantó un brazo para arrancarse la daga.
-Ni lo intentes.
Con un movimiento limpio, Takeshi trazó un arco con su segunda hoja y amputó el brazo del monstru
mi hija esfanatica a este tipo de literatura.