-Espera, Lola, casi no puedo caminar. Parece que hoy tienes ganas de correr, espera un poco -balbuceó Tomás. Mientras hablaba, se detenía cada vez que podía a jugar con pequeñas cosas que encontraba en el piso. Un papel arrugado que parecía un barco, una piedrita brillante o una rama seca que servía de espada.
-¡Muévete, Tomás! -la voz de su hermana sonaba fuerte, resonando en la calle solitaria de la mañana otoñal.
De repente, la atmósfera cambió. Un susurro juguetón empezó a acariciarles las orejas. Algo invisible, pero con la fuerza de un gigante invisible, los empujó por la espalda y, antes de que pudieran reaccionar, los hizo elevarse por los aires. Suspendidos en la nada, flotaban sin poder descender, como si la gravedad se hubiera tomado vacaciones. Solo oían un lindo silbido rítmico que los empujaba de un lado a otro.
-Oh no, hoy no -rezongó Lola, agitando las piernas en el vacío-. Travieso, no podemos jugar. Tenemos prisa, mucha prisa, ¡bájanos ya!
El silbido se detuvo en seco, como si el viento hubiera aguantado la respiración, y los hermanos cayeron de golpe sobre la hierba fresca. Lola, sin perder un segundo y con el ceño fruncido, tomó a su hermano de la mano y comenzó a correr a toda prisa, cinchando con ganas para que el pequeño no se distrajera con las nubes.
Pero Travieso no se rendía fácilmente. El silbido comenzó de nuevo, esta vez más agudo y persistente. Lola, sintiendo que sus pies perdían contacto con el suelo otra vez, se tomó con todas sus fuerzas de la rama más baja de don Sauce.
-Perdón que me agarre de usted, don Sauce, pero quiero evitar que Travieso nos eleve de nuevo por los aires -se disculpó la niña.
El viejo árbol, que había visto pasar mil otoños, sonrió con sus hojas amarillentas. Sabía que resistirse al viento joven era una tarea inútil, y en un momento Lola lo comprobó. Sus dedos resbalaron de la corteza rugosa y, en un abrir y cerrar de ojos, Tomás nuevamente fue alzado sobre la copa de los árboles, más alto que nunca.
El niño no tenía miedo; al contrario, reía sin parar mientras daba vueltas y más vueltas en un remolino de aire cálido.
-¡Qué divertido, ja ja ja! ¡Me gusta! -gritaba Tomás con los brazos abiertos, mientras el silbido recorría sus nervaduras provocándole cosquillitas en la panza.
Lola, furiosa en el suelo, buscaba a su hermano con la mirada, pero la tarea se volvía imposible. Travieso había convocado a todas las hojas del barrio; ahora no eran solo unas pocas, sino un ejército de hojas rojas, marrones y doradas que formaban una cortina espesa. No lograba ver a Tomás, que seguía riendo y volando, oculto entre el follaje danzante.
-¡Travieso, pará de soplar y silbar! -gritó Lola hacia el cielo-. Tenemos que ir a la escuela. La señorita Palmera se enojará muchísimo si llegamos tarde, ¡ella no entiende de juegos!
Trató de razonar con el bandido viento, pero aquella linda mañana de otoño, Travieso se había levantado con ganas de fiesta. Como si no hubiera escuchado, siguió empujando las hojas por los aires y doblando las ramas de los árboles más robustos mientras silbaba una melodía burlona.
-¡Escúchame bien! -amenazó Lola, plantándose firme-. ¡Si no te detienes ahora mismo, iré a tu casa y le contaré al señor Ventarrón lo que nos haces cuando vamos a la escuela!
Su voz se elevó por encima del silbido. Ante la mención de su padre, el señor Ventarrón -famoso por sus tormentas de mal humor-, Travieso se detuvo un instante. Miró a Lola, todavía riéndose entre dientes, pero descubrió que la cara de la niña estaba roja de un enojo auténtico.
-Ufa -resopló el viento, dejando caer a Tomás suavemente sobre un montón de hojas secas-. No te gusta divertirte. Está bien, los dejo en paz... por ahora -agregó con un silbido que sonaba a sonrisa.
Lola buscó a su hermano entre las hojas para proseguir el camino. Al encontrarlo, se llevó las manos a la cabeza.
-Si te viera mamá... ¡estás todo desarreglado! Perdiste tu lápiz y el cuaderno debe estar lleno de pasto.
Tomás no dejaba de reír. Tenía los pelos parados en todas direcciones y la camisa torcida, pero no le importaba; le encantaba jugar con su amigo Travieso.
Llegaron a la escuela justo en el momento en que el director, el señor Pino, estaba cerrando la pesada puerta de entrada.
-Menos mal que llegaron en hora -exclamó al ver a los hermanos, aunque arqueó una ceja con extrañeza-. Pero, ¿qué sucedió? ¿Tuvieron una riña con el viento? Tomás, estás muy desarreglado y no hablemos de tus pelos, parecen un nido de pájaros.
Los hermanos se miraron en silencio. Lola trató de alisarse la falda y Tomás intentó bajarse los pelos con la mano, sin éxito. Caminaron hacia sus clases bajo la mirada severa pero curiosa del director.
Detrás de un viejo Roble, cerca de la reja escolar, Travieso se asomó sutilmente, haciendo vibrar una última hoja.
-¡Los espero a la salida, amigos! -gritó con un silbido final que solo ellos pudieron entender.
Lola suspiró profundamente mientras entraba al salón. Sabía que, al sonar la campana de regreso, otra vez encontrarían en el camino al viento que solo quería jugar.
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Comentarios
Gracias por tu comentario. Me gustaría agregar más aventuras y crear un libro para los peques..
Muy bonito y ameno para los niños. Debía publicarlo también en un sitio donde ellos puedan acceder.